La madre Capítulo 83 — LA DECISIÓN DE FERNANDO
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Capítulo 83 — LA DECISIÓN DE FERNANDO

LA DECISIÓN DE FERNANDO

Casa del hermano de Fernando, Madrid

Fernando llevaba semanas en casa de su hermano, procesando la confesión completa que Irene le había hecho hacía ya casi dos semanas, y aquella mañana, después de la conversación que había tenido con Sara Bermúdez días antes, finalmente se sentó a escribir, con su propia letra cuidadosa de notario retirado, una lista de las preguntas que necesitaba responderse a sí mismo antes de poder decidir el rumbo del resto de su vida.

¿Podía seguir amando a la mujer que había conocido durante treinta años, sabiendo lo que ahora sabía sobre la decisión más determinante de su vida adulta?

¿Era posible separar a la persona íntegra que él había experimentado en su matrimonio cotidiano de la persona capaz de fabricar pruebas para condenar a un inocente?

¿Qué le debía, exactamente, a sus propios principios morales, y qué le debía a la complejidad real de una relación de tres décadas que no podía reducirse a una sola decisión, por terrible que esa decisión hubiera sido?

Su hermano Joaquín entró en la cocina mientras él seguía escribiendo, y se sentó frente a él con la paciencia silenciosa que había caracterizado siempre su relación.

—¿Has decidido algo?

—Creo que sí. —Fernando dejó el bolígrafo sobre la mesa, mirando la lista incompleta de preguntas que probablemente nunca terminaría de responder del todo—.

Voy a volver. No porque perdone completamente lo que hizo, ni porque pretenda fingir que esto no cambia nada entre nosotros.

Voy a volver porque, después de treinta años, todavía creo que la mujer que conozco es más que ese único error, terrible como fue.

Y porque creo que enfrentar las consecuencias de esto, sea lo que sea que esas consecuencias terminen siendo, es algo que ella necesita hacer sabiendo que no está completamente sola.

—¿Y si las consecuencias son una condena de prisión?

—Entonces voy a estar ahí también, de la manera que pueda estarlo.

No aprobando lo que hizo. Como la promesa que le hice hace treinta años, de estar a su lado en lo bueno y en lo malo, incluso cuando lo malo resulta ser mucho más grave de lo que cualquiera de los dos imaginó nunca cuando hicimos esa promesa.

Llamó a Irene esa misma tarde, y le dijo, sin ningún preámbulo innecesario, que iba a volver a casa esa noche, no como si nada hubiera pasado, sino como alguien dispuesto a afrontar, junto a ella, lo que fuera que viniera a continuación, con todo el peso y toda la complejidad que esa decisión necesariamente implicaba.

Antes de colgar, añadió algo más, con la misma precisión cuidadosa con la que había redactado durante décadas los documentos legales más delicados de su carrera notarial.

—Irene, necesito que entiendas algo importante.

Volver no significa que finja que esto no cambia nada entre nosotros.

Significa que he decidido, después de mucho pensarlo, que la versión completa de quién eres, incluyendo el peor error de tu vida, sigue siendo alguien con quien quiero seguir construyendo lo que nos queda de vida juntos.

Pero vamos a necesitar reconstruir muchas cosas, despacio, con honestidad completa de ahora en adelante, sin ningún secreto adicional escondido en ningún cajón cerrado con llave.

—Lo entiendo, Fernando. Y te prometo que no va a haber más secretos. Ya no tengo fuerzas para sostener ninguno más, ni siquiera si quisiera.

—Entonces nos vemos esta noche.

Colgó el teléfono, y Fernando se quedó sentado en la cocina de su hermano un rato más, sintiendo el peso de la decisión que acababa de tomar, una decisión que no le ofrecía ninguna garantía sobre cómo se desarrollaría el resto de su vida, pero que, al menos, le devolvía algo parecido a un propósito claro en medio de la incertidumbre absoluta que las últimas semanas habían instalado en cada aspecto de su existencia cotidiana.

Joaquín lo abrazó antes de que se marchara, sin ofrecer ningún consejo adicional, simplemente confirmando con ese gesto que estaría ahí, exactamente igual que siempre, fuera cual fuera el rumbo que tomara la historia de su hermano a partir de esa misma noche.

Fernando condujo de vuelta a casa con las ventanas bajadas, dejando que el aire fresco de la tarde le despejara un poco la cabeza antes de llegar, repasando mentalmente las palabras exactas que quería decirle a Irene en cuanto la viera, consciente de que esta conversación, aunque continuara una que ya habían empezado semanas antes, representaba en realidad el inicio de algo completamente nuevo entre los dos: un matrimonio reconstruido sobre la honestidad completa, en lugar de sobre el silencio cómodo que lo había sostenido durante treinta años enteros.