Capítulo 82 — LA RESPONSABILIDAD DE HUGO
LA RESPONSABILIDAD DE HUGO
Domicilio de Irene Salgado, Madrid
—¿Qué quieres hacer exactamente? —preguntó Irene, sorprendida por la determinación repentina en la voz de su hijo, una determinación que no le había escuchado en ninguna conversación anterior sobre este tema.
—Quiero hablar con él directamente. No de la manera en que lo hice antes, intentando convencerlo de que pare, intentando proteger lo que tengo. Quiero hablar con él para disculparme genuinamente, sin pedirle absolutamente nada a cambio, sin esperar ningún tipo de perdón ni de comprensión especial.
—Hugo, dado el estado actual de la investigación, cualquier contacto adicional con él podría interpretarse como un intento más de influir en el proceso.
—Lo sé. Y por eso voy a hacerlo a través de canales completamente formales, quizás incluso a través de su propio abogado, o del inspector Andrade directamente, dejando constancia explícita de que no busco ningún beneficio legal, solo la oportunidad de decirle, por fin, lo que debería haberle dicho hace veinticuatro años.
Irene observó a su hijo con una mezcla de orgullo y tristeza que no esperaba sentir con tanta intensidad simultánea: orgullo por verlo, finalmente, asumir una responsabilidad genuina por sus propios actos, y tristeza por comprender que esa madurez llegaba demasiado tarde para cambiar nada de lo que ya había sucedido durante veinticuatro años completos.
—Voy a contarle a Patricia toda la verdad esta misma noche —continuó Hugo—. No la versión parcial que le he estado dando hasta ahora. Todo. Lo que pasó, lo que tú hiciste, lo que yo permití que pasara sin nunca cuestionarlo ni una sola vez en veinticuatro años.
—¿Estás preparado para las consecuencias de esa conversación?
—No lo sé. Pero estoy más preparado para eso que para seguir viviendo el resto de mi vida con este secreto pesando sobre cada decisión que tomo, sobre cada mirada que les doy a mis propios hijos sin que ellos sepan la verdad completa sobre la familia a la que pertenecen.
Irene asintió. Aquella conversación, dolorosa como era, representaba quizás el primer momento genuino de crecimiento real que había visto en su hijo en mucho tiempo, un crecimiento que llegaba envuelto en la peor crisis posible, pero que, al menos, parecía auténtico de una manera que ninguna de sus interacciones anteriores había conseguido demostrar.
—¿Cómo crees que va a reaccionar Patricia? —preguntó Irene, después de un silencio que ambos necesitaban para procesar la magnitud de lo que se estaba decidiendo esa noche.
—No lo sé. Probablemente con shock, después con rabia, quizás con miedo sobre lo que esto significa para nuestra familia, para los niños. Pero prefiero enfrentar esa reacción honesta que seguir construyendo nuestra vida juntos sobre una mentira que nunca debería haber existido en primer lugar.
—¿Y si decide que no puede seguir contigo, sabiendo todo esto?
Hugo se quedó pensativo, considerando aquella posibilidad con una seriedad que no había mostrado en ninguna conversación anterior sobre el tema.
—Entonces, supongo, tendré que aceptar esa consecuencia, igual que tú vas a tener que aceptar lo que decida Fernando, igual que Rubén Sotelo tuvo que aceptar, sin ninguna opción real, las consecuencias de algo que ni siquiera había hecho.
Quizás esa es la parte más justa de todo esto: que finalmente, todos en esta familia, vamos a tener que enfrentar consecuencias reales por nuestras propias decisiones, en lugar de que alguien más cargue con ellas en nuestro lugar.
Se quedaron sentados juntos en el salón durante un rato más, sin necesidad de decir mucho más, compartiendo el peso de un momento que ninguno de los dos había anticipado tener que enfrentar de esta manera tan directa, pero que, paradójicamente, los acercaba más de lo que habían estado en años.
Cuando Hugo finalmente se levantó para marcharse, Irene lo acompañó hasta la puerta, y antes de que él saliera, lo abrazó con una intensidad que no recordaba haber sentido desde que él era mucho más joven.
Aquel abrazo, breve pero genuino, comunicaba algo que las palabras, en este momento concreto de sus vidas, ya no conseguían expresar del todo.
Se quedó en el umbral viéndolo alejarse hacia su coche, preguntándose si aquella conversación marcaría, finalmente, el inicio de una relación más honesta entre los dos, después de tantos años construidos sobre la protección excesiva y el silencio mutuo.