La madre Capítulo 87 — LA SALIDA
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Capítulo 87 — LA SALIDA

LA SALIDA

Audiencia Provincial de Madrid

Irene se quedó trabajando hasta bien entrada la tarde, no porque tuviera ningún asunto pendiente verdaderamente urgente, sino porque necesitaba ese tiempo adicional para procesar la sensación extraña de estar, posiblemente, viviendo sus últimas horas en aquel despacho que había ocupado durante años, rodeada de los libros y los diplomas que documentaban una carrera que estaba a punto de transformarse de manera irreversible.

Recogió algunos objetos personales, no todos, solo los que sentía que necesitaría tener cerca independientemente de lo que sucediera en los próximos días: una fotografía de Hugo cuando era pequeño, otra de su boda con Fernando, un pisapapeles de cristal que su madre le había regalado al licenciarse, hacía más de treinta años.

Sonia entró justo cuando estaba terminando, con una expresión que mezclaba tristeza y una lealtad que no había vacilado a pesar de las semanas de comportamiento extraño que Irene había mostrado.

—¿Necesita algo más antes de irse, señoría?

—No, Sonia. Gracias por todo, durante todos estos años.

Sonia se quedó un momento más en la puerta, como si quisiera decir algo adicional, y finalmente, con una valentía que sorprendió a las dos, se atrevió a formular la pregunta que probablemente toda la planta llevaba días haciéndose en privado.

—¿Va a estar bien, señoría?

Irene se quedó pensativa, sopesando cómo responder con honestidad sin comprometer información que todavía no era oficialmente pública.

—No lo sé, Sonia. Pero voy a intentarlo, sea lo que sea que eso signifique a partir de ahora.

Salió del edificio por la puerta principal, en lugar de la salida discreta que normalmente usaba para evitar encuentros innecesarios con el público.

Necesitaba, por última vez, cruzar ese vestíbulo con la cabeza alta, recordando exactamente cómo se sentía ocupar ese espacio con la autoridad incuestionable que había definido su identidad profesional durante más de veinte años.

El vestíbulo principal, a esa hora de la tarde, tenía el bullicio habitual de funcionarios terminando su jornada, abogados recogiendo documentación de última hora, algún ciudadano todavía esperando información en el mostrador de atención al público.

Nadie pareció reconocerla con ninguna atención especial, lo cual le produjo un alivio momentáneo, sabiendo que probablemente sería de las últimas veces que podría caminar por aquel espacio sin que cada gesto fuera observado e interpretado por desconocidos que ya habrían formado una opinión sobre ella basándose en titulares de prensa.

El coche la esperaba en el aparcamiento habitual, y mientras conducía hacia casa, en el atardecer madrileño de un lunes cualquiera de octubre, sintió que estaba cruzando, sin ningún ritual formal que marcara la transición, la línea invisible entre la mujer que había sido durante toda su vida adulta y la persona, todavía sin nombre completo, que estaba a punto de convertirse.

Se detuvo en un semáforo, esperando el cambio de luz, y se quedó observando a los peatones cruzar la calle, gente corriente viviendo sus vidas corrientes, completamente ajenos a la tormenta que estaba a punto de desatarse sobre la suya.

Pensó que, hasta hace apenas unas semanas, ella misma había sido exactamente así: una persona más caminando por la ciudad, asumiendo, sin cuestionarlo nunca, que su pasado seguiría enterrado bajo el peso de su prestigio profesional acumulado.

Llegó a casa con la sensación física concreta de que cada kilómetro recorrido la alejaba un poco más de la versión de sí misma que había sido durante veinticuatro años, y la acercaba, sin que ella tuviera ya ningún control real sobre el proceso, hacia algo completamente desconocido que todavía no sabía cómo nombrar.

Aparcó frente a su casa, apagó el motor, y se quedó sentada un momento más dentro del coche, mirando la fachada del hogar donde había construido, junto a Fernando, treinta años de vida compartida, preguntándose si esa misma casa seguiría siendo un hogar reconocible una vez que todo lo que estaba a punto de suceder terminara de desarrollarse completamente.

Finalmente, respiró hondo, salió del coche, y caminó hacia la puerta principal con los pasos lentos de alguien que sabe que está cruzando un umbral hacia algo irreversible.

Cada gesto cotidiano, a partir de esta noche, iba a cargar un peso simbólico que antes nunca había tenido.