Capítulo 79 — SIN MARGEN PARA NEGOCIAR
SIN MARGEN PARA NEGOCIAR
Despacho de Irene Salgado, Audiencia Provincial de Madrid
La noticia le llegó a Irene a través de su propio abogado, que a su vez la había recibido de un contacto dentro de la comisaría, con la rapidez informal con la que ciertas informaciones sensibles circulaban entre profesionales del sistema legal madrileño antes incluso de hacerse oficiales.
—Rubén Sotelo se ha presentado voluntariamente a testificar —dijo el abogado, sin preámbulos, en cuanto Irene contestó la llamada—. Parece que ha decidido colaborar completamente con la investigación de Andrade, ofreciendo su testimonio directo sobre lo que sabe del caso.
Irene sintió que el suelo de su despacho, por enésima vez en las últimas semanas, se inclinaba bajo sus pies con una intensidad que ya empezaba a resultarle dolorosamente familiar.
—¿Qué significa esto exactamente para mi situación?
—Significa que ya no estamos hablando de un caso construido únicamente sobre una evidencia documental, por sólida que esa evidencia ya fuera.
Ahora hay un testimonio directo de la víctima original, presentado voluntariamente, sin ninguna coacción aparente.
Eso refuerza enormemente la posición de la fiscalía si decide presentar cargos formales contra ti.
—¿Hay alguna manera de negociar en este punto? ¿Algún acuerdo posible que pueda limitar el daño?
El abogado se quedó en silencio un momento, sopesando cómo formular una respuesta que fuera honesta sin resultar completamente desalentadora.
—Irene, en mi experiencia profesional, cuando una víctima decide testificar voluntariamente, sin que medie ningún tipo de acuerdo previo o compensación, suele ser porque ya ha decidido que la verdad importa más que cualquier negociación práctica.
Eso, generalmente, deja muy poco margen para cualquier tipo de acuerdo que pueda limitar significativamente las consecuencias.
Irene colgó el teléfono, y se quedó sentada en su despacho, comprendiendo de golpe que el plazo que Rubén le había dado, el margen de tiempo que ella había estado calculando con tanta precisión, ya no tenía relevancia real alguna.
Él había decidido, por su propia voluntad, sin esperar a que ella encontrara el valor de confesar por sí misma, que la verdad completa merecía salir a la luz independientemente de lo que ella decidiera hacer.
Sintió, mezclado con el terror evidente ante las consecuencias legales inminentes, algo parecido a un alivio extraño: la sensación de que, finalmente, la decisión sobre cómo y cuándo confesar ya no dependía completamente de su propio valor, que durante semanas había demostrado ser insuficiente para actuar por sí mismo.
Llamó a Sonia y le pidió que cancelara todas las citas restantes del día, necesitando un espacio de silencio absoluto para procesar la magnitud de lo que se acababa de poner en marcha.
Se quedó sola en su despacho, con las luces apagadas a pesar de que todavía era media tarde, repasando mentalmente cada conversación que había tenido con Rubén, buscando algún indicio que hubiera podido anticipar esta decisión, y reconociendo, con una honestidad que se permitía cada vez con más frecuencia, que en realidad había subestimado completamente la profundidad moral del hombre al que durante veinticuatro años había reducido, en su propia mente, a la categoría simplificada de víctima abstracta.
Pensó en llamarlo directamente, agradecerle, de alguna manera retorcida, el hecho de haber elegido la vía honesta en lugar de la manipulación que ella misma habría esperado de cualquier persona en su posición.
Pero descartó la idea casi de inmediato, comprendiendo que cualquier gesto de ese tipo, en este momento concreto, sonaría exactamente como lo que durante toda su carrera había sido su instinto predominante: intentar gestionar y suavizar las consecuencias de sus propios actos, en lugar de simplemente aceptarlas con la dignidad que la situación finalmente exigía.
Pensó en llamar a Fernando, simplemente para escuchar su voz, pero se detuvo antes de marcar el número, sin saber todavía qué palabras usar para empezar una conversación que, fuera como fuera, iba a tener que abordar tarde o temprano la pregunta que ninguno de los dos había verbalizado del todo: si él iba a volver, y cuándo.
Se quedó sentada un rato más en la oscuridad de su despacho, sintiendo que el colapso inminente de su carrera avanzaba ahora en paralelo con una incertidumbre igual de profunda sobre el resto de su vida personal, como si el universo hubiera decidido, con una ironía casi deliberada, que ningún momento de esta historia iba a ofrecerle una sola certeza sin contaminarla con una pregunta igual de grande, todavía sin respuesta.