La madre Capítulo 78 — LA LLAMADA A ANDRADE
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Capítulo 78 — LA LLAMADA A ANDRADE

LA LLAMADA A ANDRADE

Apartamento de Sara Bermúdez, Madrid

—Necesito el número directo del inspector Andrade —dijo Rubén, después de que los dos hubieran desayunado en un silencio relativamente tranquilo, el primero que habían compartido en semanas sin la tensión constante de la planificación pendiente.

Sara se lo proporcionó sin preguntar exactamente qué pensaba decirle, aunque podía adivinarlo con bastante precisión basándose en la decisión que él acababa de tomar esa misma mañana.

Rubén marcó el número con una calma que contrastaba notablemente con la agitación de los días anteriores, y esperó, escuchando los tonos de la llamada, sintiendo una extraña sensación de inevitabilidad sobre el paso que estaba a punto de dar.

—Inspector Andrade.

—Inspector, mi nombre es Rubén Sotelo Marchena. Creo que ya conoce mi caso, dado que está investigando las irregularidades del expediente original.

Hubo un silencio breve al otro lado de la línea, el tipo de pausa que sugería que Andrade estaba reorganizando rápidamente sus expectativas sobre cómo iba a desarrollarse esta conversación.

—Señor Sotelo. Sí, conozco su caso con bastante detalle. ¿En qué puedo ayudarle?

—Quiero ofrecerle mi testimonio completo, voluntariamente, sin condición alguna ni ningún requerimiento legal previo.

Quiero contarle exactamente lo que sé sobre la manipulación de pruebas en mi proceso original, y quiero hacerlo de manera que pueda usarse formalmente en cualquier procedimiento que estén considerando contra la fiscal responsable.

—Eso es... extremadamente útil, señor Sotelo. Aunque debo preguntarle, dada la naturaleza personal evidente de su interés en este caso, ¿hay alguna razón por la que decide ofrecer esto precisamente ahora?

Rubén se quedó pensativo un momento, eligiendo cuidadosamente cómo formular una respuesta que fuera completamente honesta sin necesitar revelar más de lo estrictamente relevante.

—Porque he pasado las últimas semanas considerando seriamente tomar la justicia en mis propias manos, de maneras que no habrían sido legales ni moralmente defendibles.

Y he decidido, esta misma mañana, que la única manera correcta de conseguir lo que necesito es a través de la verdad completa, presentada de la manera más limpia posible, sin que yo manipule nada más.

—Le agradezco esa honestidad, señor Sotelo. ¿Estaría dispuesto a venir a comisaría esta misma tarde para formalizar su declaración?

—Estaré ahí a la hora que me indique.

Colgó el teléfono, y se quedó sentado un momento más en la cocina, sintiendo el peso de la decisión que acababa de poner en marcha de manera irreversible.

A diferencia de cada paso anterior de su plan original, cuidadosamente calculado para mantener el control total sobre cómo y cuándo se revelaría la información, esta llamada representaba exactamente lo contrario: entregar voluntariamente el control del proceso a las autoridades formales, confiando en que el sistema, esta vez, funcionara correctamente.

Sara lo observó terminar la llamada con una mezcla de alivio y aprensión que no intentó disimular del todo.

—¿Cómo te sientes después de hacer eso?

—Extraño. Llevo veinticuatro años desconfiando completamente de cualquier proceso oficial, convencido de que el sistema siempre encuentra la manera de proteger a quienes tienen poder e influencia. Y ahora acabo de poner mi caso, voluntariamente, exactamente en las manos de ese mismo sistema.

—¿Y si te vuelve a fallar?

—Entonces, al menos, voy a poder decir que esta vez hice lo correcto, independientemente del resultado.

Eso es algo que no podía decir durante el primer juicio, cuando no tenía ningún control sobre nada de lo que me estaba pasando.

Esta vez, sea cual sea el desenlace, va a ser el resultado de una decisión que yo mismo tomé, con plena conciencia de las alternativas disponibles.

Se preparó para la cita de esa tarde con una meticulosidad distinta de la que había aplicado a la planificación de su venganza original: ya no calculando cada palabra para conseguir un efecto estratégico específico, sino simplemente organizando, con la claridad que solo la honestidad completa permite, cada detalle de lo que necesitaba contar para que la verdad quedara registrada con toda la precisión que merecía.

Sara lo acompañó hasta la puerta de la comisaría, sin entrar con él, respetando su necesidad de afrontar este momento completamente solo, después de semanas en las que ella había estado presente en cada paso del proceso.

Se quedó esperando en el coche, viendo el edificio donde Rubén iba a pasar las próximas horas reconstruyendo, con palabras propias y sin manipular nada, la historia completa que había definido su vida entera desde aquella noche de hace veinticuatro años.