Capítulo 77 — EL FUEGO
EL FUEGO
Apartamento de Sara Bermúdez, Madrid
Rubén se levantó de la mesa, llevando el documento impreso en la mano, y caminó hacia la cocina con una determinación distinta de la que había mostrado en cualquier paso anterior del plan: no la frialdad calculadora de las últimas semanas, sino algo más parecido a un alivio que todavía no terminaba de reconocer del todo en sí mismo.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó Sara, siguiéndolo, aunque ya sospechaba la respuesta por la dirección que estaba tomando.
—Quemarlo. Aquí mismo, ahora, antes de que tenga oportunidad de cambiar de opinión otra vez.
Encendió uno de los fogones de la cocina, ajustando la llama a una intensidad moderada, y sostuvo el documento sobre el fuego con una mano firme, observando cómo el papel empezaba a ennegrecerse por los bordes antes de prender del todo.
El fuego consumió rápidamente las páginas, las fechas fabricadas, los nombres de personas reales insertados en un contexto que nunca había existido, cada detalle meticulosamente construido durante semanas de planificación obsesiva, reducido en cuestión de segundos a cenizas que cayeron sobre el fregadero de acero inoxidable.
Rubén se quedó observando los restos carbonizados, sintiendo algo que no esperaba sentir con tanta intensidad: no la satisfacción de la justicia consumada, ni la frustración de un plan abandonado, sino algo más parecido a la sensación física de soltar un peso que había cargado, sin darse cuenta del todo, durante mucho más tiempo del que la propia fabricación del documento había requerido.
—Se ha ido —dijo, casi para sí mismo, observando cómo el agua del grifo terminaba de dispersar las últimas cenizas hacia el desagüe.
—¿Cómo te sientes?
Rubén se quedó pensativo, buscando la palabra exacta que pudiera capturar la complejidad de lo que estaba experimentando.
—Libre, de una manera que no esperaba. No de las consecuencias legales que probablemente todavía me esperan por algunas de las cosas que ya he hecho.
Libre de la persona que estaba a punto de convertirme.
Eso es lo que realmente acabo de quemar, Sara.
No solo un documento. Una versión de mí mismo que ya no quiero llegar a ser.
Sara se acercó y lo abrazó. Sentía que el hombre que sostenía entre sus brazos era completamente, sin reservas ocultas, la persona que ella siempre había creído que era, antes de que veinticuatro años de espera y de rabia acumulada hubieran amenazado con transformarlo en algo distinto.
—Estoy orgullosa de ti —dijo, simplemente, sin necesidad de añadir nada más elaborado a un momento que ya contenía, en sí mismo, todo lo que necesitaba decir.
Se quedaron así, abrazados en la pequeña cocina, durante un tiempo que ninguno de los dos midió con precisión, y cuando finalmente se separaron, Rubén caminó hasta la ventana del salón, mirando hacia la calle con una expresión que Sara no le había visto nunca antes: la de alguien que, después de mucho tiempo cargando un peso enorme, finalmente empieza a sentir, aunque sea de manera incipiente, la posibilidad de un futuro que no esté completamente definido por el pasado.
—¿Sabes qué es lo más extraño de todo esto?
—dijo, sin girarse del todo—. Durante veinticuatro años, lo único que tenía claro era el objetivo.
Sobrevivir, estudiar, entender exactamente qué me habían hecho, prepararme para el día en que pudiera hacer algo al respecto.
Ahora que acabo de renunciar a la parte más oscura de ese plan, no tengo absolutamente ninguna idea de qué viene después.
Es aterrador, de una manera completamente distinta a todo lo que he sentido hasta ahora.
—Eso es lo que se siente al empezar a vivir de verdad, Rubén. Sin un objetivo de venganza organizando cada minuto de tu existencia. Da miedo, sí. Pero también es, sospecho, exactamente lo que necesitabas sentir para empezar a recuperar algo parecido a una vida normal.
Él se giró finalmente, mirándola con una expresión vulnerable que contrastaba con la determinación fría que había mantenido durante semanas, y a Sara le pareció que, esta vez, estaba viendo, sin máscara protectora alguna, exactamente quién era Rubén Sotelo cuando dejaba de calcular cada movimiento estratégico.
Se quedaron así un momento, en silencio, antes de empezar a preparar juntos algo tan simple como el desayuno.