Capítulo 73 — CUARENTA Y OCHO HORAS
CUARENTA Y OCHO HORAS
Despacho de Irene Salgado, Audiencia Provincial de Madrid
La llamada de Andrade llegó temprano, con un tono que ya no se esforzaba en mantener la cordialidad rutinaria de las primeras comunicaciones entre ellos.
—Señoría, le llamo como cortesía profesional, ya que hemos colaborado en este proceso.
Vamos a presentar formalmente nuestro informe ante el juez de instrucción este miércoles.
A partir de ese momento, el caso pasa a manos judiciales, y cualquier decisión sobre cómo proceder ya no va a depender de nuestra unidad.
Irene sintió que la fecha, pronunciada con tanta precisión administrativa, le producía una sensación física de vértigo que tuvo que esforzarse en disimular durante el resto de la breve conversación.
—Entiendo, inspector. Gracias por la cortesía de avisarme con antelación.
—Es lo mínimo que podía hacer, dada su trayectoria profesional. Aunque imagino que entiende que esto no cambia las conclusiones a las que hemos llegado.
—Lo entiendo perfectamente.
Colgaron, e Irene se quedó sentada frente al escritorio, haciendo una cuenta atrás mental que no había hecho con tanta precisión desde sus primeros años como fiscal joven, esperando un veredicto en uno de sus primeros casos importantes.
Cuarenta y ocho horas. Exactamente el mismo intervalo de tiempo que había usado, hace veinticuatro años, para decidir el destino completo de un hombre inocente.
La simetría no le pasó desapercibida, y se quedó pensando, durante el resto de la mañana, en cómo era posible que el tiempo, con una precisión casi poética, hubiera decidido devolverle exactamente el mismo plazo que ella misma había usado para destruir una vida, ahora aplicado a la destrucción de la suya propia.
Llamó a su abogado, pidiéndole que se preparara para cualquier escenario que pudiera derivarse de la presentación formal del informe, y después se quedó sola, repasando mentalmente cada opción que todavía tenía disponible, sabiendo que el margen para actuar, fuera lo que fuera que decidiera hacer, se reducía ahora a un número de horas que podía contar con los dedos de las dos manos.
Pensó en llamar a Hugo, advertirle directamente sobre la importancia crítica de no intervenir de ninguna manera en las próximas cuarenta y ocho horas, pero decidió esperar hasta la tarde, necesitando primero ordenar sus propios pensamientos antes de tener fuerzas para gestionar también el pánico previsible de su hijo.
Salió a caminar durante la hora de comida, algo que no hacía nunca entre semana, simplemente para alejarse del despacho y de la presión constante de fingir normalidad ante cualquiera que pudiera cruzarse con ella en los pasillos del juzgado.
Caminó sin rumbo concreto durante casi una hora, repasando mentalmente cada decisión de los últimos veinticuatro años, preguntándose si existía todavía alguna manera de salir de esta situación que no implicara la destrucción completa de todo lo que había construido, o si esa destrucción, examinada con la honestidad brutal que las últimas semanas le habían impuesto, era simplemente el precio justo que finalmente había llegado a cobrarse.
Pasó frente a la Audiencia Provincial sin entrar, mirando el edificio donde había construido prácticamente toda su carrera adulta, preguntándose cuántas veces más volvería a cruzar aquella entrada con la misma autoridad incuestionable que había proyectado durante dos décadas enteras, y sintiendo, por primera vez, que esa pregunta ya no le producía únicamente miedo, sino también algo parecido a un alivio extraño ante la perspectiva de finalmente dejar de cargar sola con un secreto que la había definido durante más años de los que estaba dispuesta a admitir.
Volvió al despacho ya pasada la hora habitual, y se sentó frente al escritorio sin ninguna intención real de trabajar, simplemente esperando, con una paciencia que no sabía de dónde sacaba, que las próximas cuarenta y ocho horas terminaran de definir, por fin, el rumbo del resto de su vida.
Sonia le trajo café sin que ella lo pidiera, notando, con la sensibilidad de quien lleva años trabajando codo a codo con la misma persona, que algo grave se avecinaba aunque no consiguiera identificar exactamente qué.
Irene le agradeció el gesto con una sonrisa breve, casi automática, y se quedó mirando la taza humeante sobre el escritorio durante varios minutos sin tocarla, perdida en pensamientos que ya no conseguía compartir con nadie de su entorno inmediato.