Capítulo 72 — LA ÚLTIMA COMPROBACIÓN
LA ÚLTIMA COMPROBACIÓN
Apartamento de Sara Bermúdez, Madrid
Rubén pasó el resto del domingo repasando, una última vez, cada detalle del documento fabricado, verificando que cada fecha, cada referencia, cada nombre incluido resistiera el escrutinio que inevitablemente recibiría si llegaba a presentarse formalmente como prueba en el proceso que el inspector Andrade ya tenía en marcha.
Las palabras de Sara seguían resonando en su cabeza, compitiendo con la rabia fría que la revelación sobre Marta había desatado, y se descubrió, varias veces durante la tarde, deteniéndose a mitad de una verificación técnica para preguntarse, con una honestidad que llevaba semanas evitando, si de verdad era esto lo que quería ser cuando finalmente consiguiera lo que había venido a buscar.
Pensó en la frase de la página doce de su cuaderno, la que había escrito hacía quince años: Si algún día salgo, no va a ser para hacerle daño.
Va a ser para que entienda. Aquella frase, que durante años había sido su brújula moral, su justificación para cada paso que había dado desde su salida de prisión, ahora le sonaba distante, casi pronunciada por otra persona, alguien más joven, menos consumido por la rabia acumulada de tantos años de espera.
Localizó, a través de los contactos de Sara, el momento exacto en que Andrade tenía previsto presentar formalmente su informe ante el juez de instrucción correspondiente: el miércoles siguiente, apenas tres días después.
Si quería que el documento fabricado se incluyera en el expediente antes de esa fecha, tendría que actuar rápido, encontrando alguna manera de introducirlo en el proceso sin que su origen pudiera rastrearse hasta él.
Pasó horas planificando la logística exacta: cómo hacer llegar el documento a la unidad de Andrade sin levantar sospechas, qué intermediario podría usar sin comprometer a Sara directamente, qué consecuencias legales podría enfrentar él mismo si el plan llegaba a descubrirse.
Cuando finalmente se acostó esa noche, el plan estaba completo, cada detalle verificado y reverificado con la misma precisión obsesiva de siempre.
Pero por primera vez en semanas, sintió, mientras cerraba los ojos, una inquietud que no conseguía aplacar del todo, una sensación de que estaba a punto de cruzar una línea desde la que ya no habría manera de volver atrás.
Se despertó varias veces durante la noche, cada vez con la misma imagen repitiéndose en su cabeza: el rostro de Irene en el parque, su voz pidiendo tiempo para encontrar una manera de confesar sin destruir completamente a su familia, y se preguntó, en cada uno de esos despertares, si la mujer que había conocido en persona era realmente compatible con la villana absoluta que necesitaba que fuera para justificar, sin ninguna reserva moral, el siguiente paso que estaba a punto de tomar.
Hacia el amanecer, agotado por la falta de sueño, se levantó y caminó hasta la ventana del dormitorio, observando las primeras luces del día extenderse sobre los tejados de Madrid, pensando que en menos de cuarenta y ocho horas, una manera u otra, esta historia que había dominado cada minuto de su vida durante tantos años, finalmente empezaría a encontrar su resolución, fuera cual fuera la forma que esa resolución terminara tomando.
Sara se despertó poco después, y lo encontró todavía junto a la ventana, con una expresión que mezclaba agotamiento físico y una determinación renovada que ella no conseguía leer del todo con claridad, sin saber todavía si aquella determinación apuntaba hacia la ejecución final del plan, o hacia algo completamente distinto que él mismo todavía no había terminado de decidir.
Se acercó a él en silencio, le puso una mano en la espalda, y los dos se quedaron mirando juntos el amanecer sobre Madrid, sin necesidad de palabras adicionales para comunicar lo que ambos sabían: que las próximas cuarenta y ocho horas iban a determinar, de una manera u otra, el resto de sus vidas.
Permanecieron así un buen rato, hasta que el sol terminó de salir por completo, y solo entonces volvieron adentro, a preparar un café que ninguno de los dos tenía muchas ganas de beber, pero que prepararon de todas formas, simplemente porque la rutina de los gestos pequeños, en momentos como este, era a veces lo único que conseguía sostener a una persona en pie.