Capítulo 74 — EL ÚLTIMO ERROR DE HUGO
EL ÚLTIMO ERROR DE HUGO
Vivienda de Hugo Salgado, Madrid
Hugo se enteró del plazo de cuarenta y ocho horas a través de una llamada angustiada de su madre, y la noticia, combinada con el peso acumulado de las últimas semanas, le produjo una sensación de pánico que no consiguió controlar con la misma disciplina que había intentado aplicar después del desastroso encuentro con Rubén.
Buscó, durante horas, alguna manera de intervenir directamente en el proceso, y finalmente localizó, a través de contactos profesionales que normalmente usaba para gestiones administrativas de su estudio de arquitectura, el número de teléfono personal del inspector Andrade.
—Inspector Andrade, soy Hugo Salgado. —Su voz temblaba, a pesar de sus esfuerzos por sonar firme—. Necesito hablar con usted sobre el caso que está investigando.
Andrade, al otro lado de la línea, reconoció de inmediato el apellido, y su tono se volvió instantáneamente más cauteloso.
—Señor Salgado, cualquier comunicación relacionada con este caso debería realizarse a través de los canales formales correspondientes, idealmente con representación legal presente.
—Solo necesito que entienda que mi madre actuó por amor, no por malicia. Que cualquier error que cometiera hace veinticuatro años fue motivado completamente por el instinto de proteger a su hijo, y que merece consideración por las circunstancias atenuantes que...
—Señor Salgado, le voy a pedir que termine esta llamada ahora mismo.
Cualquier intento de influir en una investigación en curso, especialmente viniendo de alguien directamente relacionado con los hechos investigados, puede interpretarse como obstrucción a la justicia, y le aseguro que no quiere añadir ese cargo adicional a una situación que ya es suficientemente complicada para su familia.
Hugo colgó, sintiendo que su intento desesperado de ayudar había conseguido, con una precisión casi cómica en su torpeza, exactamente el efecto contrario al que pretendía.
Andrade, después de colgar, añadió mentalmente una nota a su expediente: El hijo de la investigada ha intentado contacto directo no autorizado, sugiriendo nerviosismo familiar significativo ante el avance del proceso.
Recomiendo vigilancia adicional sobre posibles intentos de presión a testigos o de obstrucción adicional por parte de miembros de la familia.
Hugo se quedó sentado en su despacho durante un largo rato después de colgar, con las manos temblando, comprendiendo con una claridad dolorosa que cada intento que había hecho de ayudar a su madre, desde el encuentro fallido con Rubén hasta esta llamada desesperada, solo había conseguido empeorar su situación legal de maneras que él mismo era incapaz de prever del todo.
Llamó a Patricia, finalmente, decidido a contarle al menos una versión parcial de lo que estaba sucediendo, incapaz de seguir cargando solo con un peso que ya empezaba a manifestarse en problemas de concentración, insomnio y una irritabilidad que sus propios hijos habían empezado a notar en las últimas semanas.
Su mujer escuchó la versión resumida con una expresión que mezclaba shock y una preocupación genuina por el bienestar de toda la familia, prometiéndole que afrontarían juntos lo que viniera, sin que ninguno de los dos supiera todavía con certeza qué forma exacta iba a tomar ese «lo que viniera».
Esa noche, después de que los niños se acostaran, Hugo y Patricia se quedaron hablando hasta tarde en la cocina, repasando juntos las implicaciones legales y familiares de lo que se avecinaba, y por primera vez en semanas, Hugo sintió que no estaba completamente solo enfrentando las consecuencias de algo que había sucedido mucho antes de que él mismo se hubiera convertido en el hombre que era ahora.
Patricia, a pesar del shock inicial, le tomó la mano por encima de la mesa y le prometió que, sea lo que sea que pasara en los próximos días, ella y los niños seguirían a su lado, una promesa que Hugo no se sentía del todo seguro de merecer, pero que aceptó de todas formas, con una gratitud silenciosa que no consiguió expresar completamente en palabras.
Se quedaron así, sentados en la cocina, hasta bien pasada la medianoche, repasando una y otra vez los mismos temores, sin llegar a ninguna conclusión nueva, pero encontrando, al menos, algo de consuelo en no tener que enfrentar aquellos temores completamente solos.
Cuando finalmente se fueron a dormir, Hugo se quedó despierto un rato más, escuchando la respiración tranquila de Patricia a su lado, agradecido por una comprensión que, en el fondo, sabía que no había hecho absolutamente nada para merecer.