La madre Capítulo 65 — LA ENTREVISTA
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Capítulo 65 — LA ENTREVISTA

LA ENTREVISTA

Comisaría General de Madrid

La sala de entrevistas era pequeña, funcional, sin ninguna de las formalidades arquitectónicas de las salas judiciales donde Irene había pasado la mayor parte de su carrera profesional, y esa diferencia, por pequeña que pareciera, le produjo una sensación de desorientación que se esforzó por no dejar traslucir en su expresión.

—Gracias por venir, señoría —dijo Andrade, con una cortesía profesional que no ocultaba del todo la tensión subyacente de la situación—.

Esto es solo una entrevista informativa, no una declaración formal bajo juramento, aunque quiero que sepa que cualquier cosa que diga aquí puede tener relevancia en el procedimiento que estamos llevando a cabo.

—Lo entiendo. Mi abogado está presente, como puede ver.

—Por supuesto. Empecemos, si le parece, por el procedimiento estándar de la época para la custodia de documentación sensible en un caso de este tipo.

La entrevista avanzó durante casi una hora, con Andrade formulando preguntas aparentemente rutinarias sobre protocolos administrativos generales, antes de empezar, gradualmente, a estrechar el cerco hacia aspectos cada vez más específicos del caso original.

—¿Recuerda quién tenía acceso directo a las firmas originales de los testigos durante la fase de instrucción?

—El equipo de instrucción completo, según el protocolo habitual de la época.

—¿Y usted, en su calidad de fiscal a cargo, tenía acceso sin supervisión adicional a esos documentos?

Irene sintió la pregunta acercarse exactamente al punto que más necesitaba evitar, y respondió con la cautela profesional que su abogado le había recomendado.

—Tenía el acceso habitual de cualquier fiscal a cargo de una instrucción, sí.

Andrade asintió, anotando algo en su cuaderno, y continuó con preguntas que, una a una, construían un perímetro cada vez más estrecho alrededor de la misma conclusión que el informe pericial ya había confirmado.

Cuando la entrevista terminó, casi dos horas después, Irene salió de la comisaría con la certeza absoluta de que Andrade ya sabía, con un grado de seguridad que probablemente excedía lo que ella misma estaba dispuesta a admitir, exactamente lo que había pasado hace veinticuatro años.

Su abogado la acompañó hasta el coche, repasando en voz baja algunas de las preguntas más comprometedoras de la entrevista, intentando evaluar qué nivel de exposición legal real existía ya en este punto del proceso.

—Has manejado bien las preguntas más directas —dijo él, una vez dentro del vehículo, lejos de oídos ajenos—.

Pero no me ha gustado el tono de las últimas, las relacionadas con el acceso sin supervisión a la documentación original.

Sonaba como alguien que ya tiene una conclusión clara y solo está completando los detalles formales antes de actuar sobre ella.

—¿Crees que va a presentar cargos?

—Creo que va a presentar un informe muy sólido ante el juez de instrucción, y que ese informe probablemente va a incluir tu nombre de una manera que ningún tecnicismo legal va a conseguir suavizar del todo.

Necesitamos empezar a preparar una estrategia de defensa real, Irene, no solo respuestas evasivas para entrevistas informativas.

Irene asintió, sintiendo el peso completo de aquella recomendación, y se quedó en silencio durante el resto del trayecto de vuelta a su despacho, repasando mentalmente las opciones que todavía le quedaban disponibles, cada una de ellas, por primera vez en toda su carrera, completamente fuera de su control directo.

Cuando llegó a su despacho, encontró a Marina esperándola con una expresión preocupada, claramente al tanto, aunque solo de manera parcial, de que algo significativo estaba sucediendo.

—Señoría, ¿necesita que cancele algo de su agenda para los próximos días?

—Sí, Marina. Cancela todo lo que pueda posponerse sin generar demasiadas preguntas. Y si alguien pregunta por mi ausencia, simplemente di que estoy gestionando un asunto personal urgente. No necesitas saber más detalles que esos, y prefiero que sea así, por tu propia protección.

Marina asintió, sin hacer ninguna pregunta adicional, pero su expresión dejaba claro que entendía, con una intuición que nueve años de trabajo conjunto le habían proporcionado, que la situación había escalado hacia algo mucho más grave de lo que cualquiera de las explicaciones parciales que Irene le había ofrecido hasta entonces sugería.

—Señoría, antes de que se vaya. Sea lo que sea esto, quiero que sepa que para mí sigue siendo la misma jueza que he admirado durante nueve años. No sé qué está pasando exactamente, pero confío en que tiene sus razones, sean las que sean.

Irene sintió aquellas palabras como un peso adicional más que como un consuelo, sabiendo que la confianza ciega de Marina, sostenida sobre una versión incompleta de los hechos, probablemente no sobreviviría intacta una vez que la verdad completa saliera finalmente a la luz.