Capítulo 64 — LA CITACIÓN FORMAL
LA CITACIÓN FORMAL
Despacho de Irene Salgado, Audiencia Provincial de Madrid
La notificación llegó por canal oficial, no por la llamada cordial e informal de semanas anteriores: una citación formal para una entrevista en calidad de testigo cualificado en relación con la revisión del caso conocido administrativamente como expediente Lago, a celebrarse en dependencias policiales, con fecha fijada para dentro de cuatro días.
Irene leyó el documento dos veces. La diferencia de tono entre esta notificación y la llamada telefónica original —de la cortesía profesional entre departamentos a la formalidad fría de un procedimiento que ya empezaba a tratarla, aunque todavía no explícitamente, como sospechosa potencial— confirmaba que el inspector Andrade había encontrado algo concreto, algo lo bastante sólido para justificar este cambio de registro.
Llamó a un abogado penalista de su confianza, alguien con quien había colaborado profesionalmente durante años en casos completamente distintos, y le explicó, con la mínima información posible, que necesitaba asesoramiento sobre sus derechos en una entrevista de este tipo.
—¿Eres sospechosa de algo, Irene? —preguntó el abogado, con la directness que solo permite años de confianza mutua.
—Todavía no lo sé con certeza. Pero prefiero estar preparada para cualquier escenario.
—Entonces te aconsejo, antes que nada, que no acudas sin representación legal. Y que cualquier respuesta que dés sea cuidadosamente medida, sin ofrecer información adicional a la estrictamente solicitada.
Colgó, y se quedó sentada frente al escritorio.
El reloj que llevaba semanas corriendo de manera abstracta había adquirido ahora una fecha concreta, una hora exacta, un lugar físico donde tendría que enfrentar, ya de manera oficial, las preguntas que durante veinticuatro años había conseguido evitar a través de la autoridad incuestionable de su propio cargo.
Pensó en llamar a Rubén, pedirle directamente que confirmara si había sido él quien había proporcionado la información que llevó a esta citación, pero descartó la idea casi de inmediato: cualquier contacto directo, en este punto, solo podría interpretarse como un intento de obstrucción que empeoraría todavía más su posición legal.
Pasó el resto de la mañana repasando, una vez más, cada documento que pudiera todavía conservar relación con el caso original, intentando anticipar qué preguntas concretas podría formular Andrade durante la entrevista formal, y qué respuestas podía ofrecer sin comprometerse más allá de lo estrictamente necesario.
Llamó a Sonia y le pidió, con un pretexto administrativo cualquiera, que reorganizara su agenda de los próximos días para liberar el tiempo necesario antes y después de la entrevista, sin explicar el motivo real de la solicitud.
Cuando finalmente salió del despacho esa tarde, notó que ya no estaba simplemente reaccionando a las acciones de Rubén Sotelo.
Estaba enfrentando, de manera directa y oficial, exactamente el tipo de proceso que durante veinticuatro años había evitado con éxito, y esa sensación, por aterradora que fuera, le producía también algo parecido a un alivio extraño: el alivio de que, finalmente, la incertidumbre prolongada empezaba a convertirse en algo concreto con lo que podía, al menos, intentar lidiar directamente.
Condujo hacia casa pensando en cómo contarle a Hugo lo que se avecinaba, sabiendo que su hijo, dada su tendencia reciente a actuar impulsivamente sin pensar en las consecuencias, necesitaría instrucciones muy claras sobre la importancia de no intervenir de ninguna manera en el proceso formal que ya estaba en marcha.
Se preguntó, no por primera vez en las últimas semanas, si todavía tenía la autoridad moral necesaria para pedirle a su hijo que asumiera la responsabilidad y la contención que ella misma nunca había sido capaz de demostrar en el momento más importante de su propia vida.
Llegó a casa ya entrada la noche, y se quedó sentada en el coche durante varios minutos antes de entrar, reuniendo la energía necesaria para enfrentar, una vez más, el silencio de una casa que ya no se sentía completamente suya sin Fernando presente.
Pensó que, de todas las consecuencias que esta situación había desatado, quizás la pérdida de la normalidad doméstica era, paradójicamente, la que más le costaba sobrellevar día a día, más incluso que la amenaza legal formal que ahora se cernía sobre su carrera entera.
Aparcó frente a la casa vacía, apagó el motor, y se quedó un momento más dentro del coche antes de reunir la energía necesaria para entrar.