Capítulo 63 — EL INFORME CONFIRMADO
EL INFORME CONFIRMADO
Unidad de Casos Archivados, Comisaría General de Madrid
El informe del perito grafólogo oficial, solicitado por la propia unidad de Andrade tras semanas de revisión preliminar, llegó aquel viernes con una conclusión que confirmaba, con el peso de la autoridad pericial completa, lo que la observación inicial de Andrade solo había sugerido.
—Las firmas son falsificadas —dijo Cabrales, dejando el informe sobre el escritorio de Andrade con una expresión que mezclaba satisfacción profesional y la gravedad evidente de lo que el documento implicaba—.
El perito confirma con un noventa y siete por ciento de certeza que ambas firmas fueron reproducidas por la misma mano, distinta de la mano original del firmante registrado, usando una técnica de imitación consistente con alguien con acceso directo a múltiples muestras auténticas previas.
Andrade leyó el informe completo, línea por línea, sintiendo que la confirmación oficial, aunque esperada, todavía conseguía producirle una descarga de adrenalina que solo los casos verdaderamente significativos lograban activar después de once años en este puesto.
—Esto cambia todo el caso. Ya no hablamos de una irregularidad administrativa menor de hace veinticuatro años. Hablamos de falsificación documental deliberada en un proceso penal que resultó en una condena de prisión íntegra.
—¿Quién habría tenido el acceso necesario para hacer algo así?
Andrade se quedó pensativo, repasando mentalmente la lista de personas que habrían tenido autoridad suficiente sobre el expediente original para manipular documentos sin levantar sospechas inmediatas.
—Alguien con acceso directo y sin supervisión al expediente completo durante la fase de instrucción. Probablemente alguien con autoridad oficial sobre el caso, no un funcionario subalterno que habría necesitado justificar cada acceso ante un superior.
—La fiscal del caso —dijo Cabrales, completando el pensamiento que Andrade todavía no había verbalizado del todo.
—La fiscal del caso —confirmó él—. Que ahora, según mis últimas comprobaciones, es magistrada de la Audiencia Provincial y candidata a una vacante en el Tribunal Supremo.
Cabrales se quedó en silencio un momento, procesando la magnitud política de lo que aquella conclusión implicaba.
—¿Cómo quieres proceder?
—Con extremo cuidado. Y con toda la documentación posible antes de hacer ningún movimiento que pueda alertarla de la solidez exacta de lo que ya tenemos confirmado.
Andrade se levantó de su escritorio y caminó hasta la ventana de su despacho, mirando hacia el tráfico de la calle mientras organizaba mentalmente los siguientes pasos del procedimiento.
Once años dirigiendo esta unidad le habían enseñado que los casos con mayor relevancia política eran, precisamente, los que exigían mayor meticulosidad procesal, porque cualquier error de forma, cualquier irregularidad en la cadena de custodia de las pruebas, sería utilizado de inmediato por la defensa para intentar desacreditar el conjunto de la investigación.
—Quiero una copia certificada del informe pericial enviada inmediatamente al juez de instrucción de guardia, junto con una solicitud formal de medidas cautelares sobre cualquier documentación adicional que pueda existir todavía en los archivos de la Audiencia Provincial relacionada con este expediente.
No quiero arriesgarme a que, una vez que ella sospeche la solidez de lo que tenemos, algún documento adicional desaparezca antes de que podamos asegurarlo.
—¿Crees que sería capaz de algo así? Destruir pruebas activamente, quiero decir.
—No lo sé con certeza. Pero después de once años en este trabajo, he aprendido que subestimar la capacidad de autopreservación de alguien con tanto que perder es siempre el error más caro que se puede cometer en una investigación como esta.
Cabrales asintió, y empezó a redactar la solicitud formal mientras Andrade seguía revisando el informe pericial completo, buscando cualquier detalle adicional que pudiera reforzar todavía más la solidez del caso antes de su presentación formal.
Pasó el resto de la mañana comparando, línea por línea, las conclusiones del perito con las propias notas que había tomado durante su revisión inicial del expediente, asegurándose de que cada pieza del razonamiento encajara sin ninguna fisura que un abogado defensor competente pudiera explotar más adelante.
Era un trabajo meticuloso, casi obsesivo, pero Andrade había aprendido, a lo largo de once años en este puesto, que la diferencia entre un caso que prosperaba judicialmente y uno que se desmoronaba en los tribunales residía, casi siempre, en este tipo de verificación exhaustiva que pocos investigadores tenían la paciencia de completar del todo.