Capítulo 62 — LA PERIODISTA
LA PERIODISTA
Cafetería cerca de la Gran Vía, Madrid
Fernando había decidido, después de varios días dándole vueltas a la idea, que necesitaba entender al hombre cuya vida Irene había destruido, no a través de los documentos fríos que ella misma le había mostrado, sino a través de alguien que lo conociera de verdad, alguien capaz de contarle quién era Rubén Sotelo más allá del nombre en un expediente judicial.
Localizar a Sara Bermúdez no le resultó especialmente difícil: sus artículos eran públicos, su información de contacto profesional figuraba en varias publicaciones, y cuando finalmente la llamó, presentándose simplemente como «el marido de Irene Salgado», hubo un silencio largo al otro lado de la línea antes de que ella aceptara, con una cautela comprensible, reunirse con él.
—No vengo a defenderla —dijo Fernando, en cuanto se sentaron en una mesa apartada de la cafetería—.
Vengo porque necesito entender, de alguien que lo conozca de verdad, quién es Rubén Sotelo.
Mi mujer me ha contado lo que hizo. Necesito saber qué le hizo a él, en sus propias palabras, no en las mías.
Sara se quedó observándolo un momento, calibrando la sinceridad de la petición, y finalmente empezó a hablar, describiendo con un detalle que solo años de dedicación al caso podían ofrecer: la juventud robada, los años de estudio obsesivo, la negativa sistemática a fingir un arrepentimiento por algo que nunca había hecho.
—Es el hombre más íntegro que he conocido en mi vida —dijo finalmente—.
Y también es alguien que, después de veinticuatro años, está empezando a hacer cosas que me preocupan profundamente.
No sé si todavía es completamente el hombre que entró en esa cárcel, o si el sistema ha terminado creando, sin querer, una versión de él capaz de cosas que el chico de diecinueve años nunca habría considerado.
—¿Qué tipo de cosas?
Sara dudó, evaluando cuánto podía revelar sin traicionar la confianza de Rubén, y finalmente decidió ofrecer solo lo esencial.
—Cosas que se parecen, cada día más, a lo que le hicieron a él. Y eso me asusta, porque significa que ya no sé con certeza dónde va a terminar todo esto, ni qué clase de persona va a ser él cuando finalmente termine, si es que alguna vez termina del todo.
Fernando se quedó pensativo, procesando aquella respuesta con la misma atención meticulosa que aplicaba a cualquier documento legal complejo en su antigua profesión de notario.
—¿Cree que hay alguna manera de que esto termine sin que nadie más resulte destruido en el proceso?
—Sinceramente, no lo sé. Pero agradezco que alguien, por primera vez en esta historia, se haga esa pregunta pensando en el bienestar de todos, no solo en proteger a una sola persona.
Fernando se quedó callado un momento más, removiendo el café que se le había quedado frío durante la conversación, antes de hacer la pregunta que en realidad le había costado más esfuerzo formular que ninguna de las anteriores.
—¿Cree que él podría perdonar a Irene algún día? No le pido que me diga si debería hacerlo. Solo le pregunto si, en su opinión, alguna vez será posible.
Sara se quedó considerando la pregunta con la misma seriedad con la que la había planteado Fernando, sin ofrecer una respuesta apresurada.
—No lo sé. Hay días en que pienso que sí, que Rubén tiene una capacidad de comprensión que muy pocas personas en su situación habrían conservado después de tanto sufrimiento.
Y hay otros días, como los últimos, en que veo en él algo más oscuro, más decidido a hacer pagar a quien sea responsable, sin importar el coste.
Creo que la respuesta depende, en gran medida, de lo que Irene esté dispuesta a hacer en los próximos días.
Si encuentra alguna manera de ofrecer verdad completa, sin condiciones ni cálculos adicionales, quizá exista todavía un camino hacia algo parecido a la reconciliación.
Si sigue protegiéndose, sospecho que el desenlace va a ser mucho más destructivo para todos los implicados.
Fernando asintió, pagando la cuenta antes de que Sara pudiera ofrecerse, y se despidieron en la puerta de la cafetería con un apretón de manos que, sin ninguna palabra adicional, comunicaba un respeto mutuo inesperado entre dos personas que, hasta esa tarde, habían existido únicamente como nombres en la historia complicada de la otra.