La madre Capítulo 66 — EL REFUERZO
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Capítulo 66 — EL REFUERZO

EL REFUERZO

Unidad de Casos Archivados, Comisaría General de Madrid

—¿Qué impresión te ha dado? —preguntó Cabrales, en cuanto Irene salió de la sala de entrevistas.

—La de alguien entrenada durante décadas para no revelar nada que no quiera revelar.

—Andrade se quedó mirando sus propias notas, repasando cada respuesta con la atención meticulosa que aplicaba a cualquier testimonio complejo—.

Pero también la de alguien que sabe, con la misma certeza que nosotros, que el cerco se está cerrando.

—¿Crees que va a intentar algo? ¿Destruir pruebas adicionales, presionar a algún testigo?

—No lo sé. Pero prefiero no arriesgarme.

Quiero refuerzos en este caso, Cabrales.

Necesito a alguien dedicado exclusivamente a revisar cualquier movimiento que pueda intentar hacer en los próximos días, y necesito que aceleremos la obtención de cualquier prueba adicional antes de que ella tenga oportunidad de neutralizarla.

Cabrales asintió, ya escribiendo en su propio cuaderno la lista de tareas inmediatas que aquella conversación generaba.

—¿Vamos a contactar con Rubén Sotelo directamente? Si alguien tiene información de primera mano sobre lo que pasó realmente esa noche, es él.

—Todavía no. Quiero que el caso se sostenga sobre pruebas documentales sólidas, no sobre el testimonio de alguien con un motivo evidente de venganza personal contra la acusada.

Si su testimonio termina siendo necesario, prefiero que llegue después, como refuerzo de algo que ya tenemos confirmado por otras vías, no como la base principal de la acusación.

—Es una estrategia prudente.

—Es la única estrategia que va a sobrevivir el escrutinio de cualquier abogado defensor competente, y dado quién es la acusada potencial, podemos asumir que su defensa va a ser exactamente así: extremadamente competente.

Andrade se quedó pensativo un momento más, mirando por la ventana de su despacho hacia el tráfico de la calle, calculando mentalmente cuánto tiempo más podía permitirse antes de que la presión política, inevitable dado el perfil de la persona implicada, empezara a complicar un proceso que necesitaba avanzar con la máxima limpieza procesal posible.

—Hay algo más que me preocupa —dijo finalmente, volviéndose hacia Cabrales—.

Si Rubén Sotelo está, como sospecho, detrás de parte de la información que nos ha llegado de manera indirecta, necesitamos asegurarnos de que él no decida tomar ningún tipo de acción paralela que pueda comprometer la integridad del proceso judicial formal.

Un hombre que ha pasado veinticuatro años esperando este momento podría sentirse tentado a acelerar las cosas por su cuenta, especialmente si percibe que el proceso oficial avanza con la lentitud burocrática habitual.

—¿Quieres que establezcamos algún tipo de vigilancia sobre él?

—Discreta, sí. No quiero interferir con su vida ni tratarlo como sospechoso de nada. Pero necesito saber si está planeando algo que pueda poner en riesgo todo lo que hemos construido hasta ahora con tanto cuidado procesal.

Cabrales tomó nota de la instrucción, y los dos continuaron repasando los siguientes pasos del procedimiento, conscientes de que el caso, ya complejo en sus dimensiones puramente legales, se complicaba todavía más por las pasiones personales que inevitablemente lo rodeaban desde todos los ángulos posibles.

—Una cosa más —añadió Andrade, antes de que Cabrales saliera del despacho—.

Quiero que prepares también un resumen ejecutivo del caso, accesible para cualquier superior que pueda necesitar entenderlo rápidamente si la presión mediática o política se intensifica una vez que esto se haga público.

No quiero que nos pille desprevenidos si el caso termina atrayendo la atención que probablemente va a atraer, dado el perfil de la persona implicada.

—Lo tendré listo para mañana.

Andrade se quedó solo en su despacho, repasando una vez más cada pieza del expediente, sintiendo la satisfacción profesional habitual de un caso bien construido, mezclada con una conciencia incómoda de que, detrás de cada documento, cada firma, cada fecha cuidadosamente verificada, había vidas humanas reales que su trabajo estaba a punto de transformar de manera irreversible.

Pensó, brevemente, en su propia hija, de una edad similar a la que tenía Marta Lago cuando murió, y sintió que aquel pensamiento, aunque profesionalmente irrelevante, le recordaba con una claridad incómoda por qué este tipo de trabajo, a pesar de su frialdad procesal aparente, importaba tanto como importaba: porque detrás de cada expediente archivado había una persona que merecía que alguien, eventualmente, se tomara la molestia de descubrir la verdad completa.