Capítulo 60 — EL ALEGATO DE LA DEFENSA
EL ALEGATO DE LA DEFENSA
Audiencia Provincial de Madrid, Sala Segunda
La sesión de la tarde se centró en el alegato final de la defensa, y el abogado de Cristina Olmedo, un hombre de mediana edad con una voz pausada que contrastaba deliberadamente con la urgencia de sus argumentos, construyó su defensa alrededor de una idea que golpeó a Irene con una fuerza que no esperaba.
—Señoría, mi clienta no actuó como una criminal calculadora.
Actuó como actúa cualquier madre cuando su instinto más primario, el de proteger a su hijo, entra en conflicto directo con sus obligaciones como ciudadana.
Pedimos que el tribunal considere que existe una diferencia fundamental entre la persona que comete un delito para beneficiarse a sí misma, y la persona que comete un delito, igualmente grave en sus consecuencias legales, motivada exclusivamente por un amor que el propio sistema legal reconoce, en otros contextos, como una de las fuerzas más poderosas y comprensibles de la experiencia humana.
Irene sintió que cada palabra del abogado, sin que él tuviera ninguna manera de saberlo, describía con precisión exacta la justificación que ella misma había usado, durante veinticuatro años, para vivir con lo que había hecho.
El amor como excusa. El instinto maternal como atenuante moral, incluso cuando las consecuencias legales y humanas de ese instinto resultaban devastadoras para alguien completamente ajeno a la situación.
—No estoy pidiendo que se ignore la gravedad de lo que hizo —continuó el abogado—.
Estoy pidiendo que el tribunal reconozca que la severidad del castigo debe considerar no solo el acto en sí, sino la naturaleza completamente comprensible, aunque legalmente inaceptable, de la motivación que lo produjo.
Irene escuchó el resto del alegato con una atención dividida entre su responsabilidad profesional inmediata y una introspección que no conseguía silenciar del todo, preguntándose si ella, en algún tribunal hipotético donde finalmente tuviera que responder por sus propios actos, encontraría algún abogado capaz de construir un argumento similar en su defensa, y si ese argumento, por elocuente que fuera, podría alguna vez compensar realmente el peso de veinticuatro años robados a un hombre inocente.
Cuando la sesión terminó, se retiró a su despacho para empezar a redactar la sentencia, sabiendo que cualquier decisión que tomara sobre Cristina Olmedo iba a estar, inevitablemente, contaminada por la pregunta más grande y más personal que llevaba semanas sin conseguir responder: qué sentencia, si alguna, merecía ella misma por lo que había hecho hace veinticuatro años.
Se sentó frente al ordenador y empezó a redactar, eligiendo cada palabra con un cuidado que excedía ampliamente lo que cualquier sentencia rutinaria habría requerido, consciente de que estaba escribiendo, sin que ningún lector pudiera saberlo todavía, algo mucho más personal que un simple fallo judicial sobre un caso de encubrimiento familiar.
Pensó en las palabras exactas del abogado defensor, en la distinción que había trazado entre el delito cometido por beneficio propio y el delito cometido por amor, y se preguntó cuántas veces, a lo largo de su carrera, había aplicado esa misma distinción, sin nombrarla nunca explícitamente, para justificar internamente decisiones que en cualquier otro contexto habría condenado sin reservas.
Trabajó en la sentencia durante varias horas, deteniéndose con frecuencia para repasar lo que ya había escrito, tachando frases que sonaban demasiado severas, suavizando otras que de pronto le parecían excesivamente comprensivas, atrapada en un ejercicio de equilibrio que sabía, en algún nivel, que nunca conseguiría resolver del todo mientras su propia situación siguiera sin resolverse.
Cuando finalmente guardó el borrador, ya entrada la noche, se quedó sentada en la oscuridad del despacho, sintiendo que cada palabra que había escrito sobre Cristina Olmedo era, de algún modo extraño, también una palabra escrita sobre sí misma, sin que ningún tribunal llegara nunca a leerla con esa doble intención.
Apagó el ordenador, recogió sus cosas, y salió del edificio casi a oscuras, siendo una de las últimas personas en abandonar la planta, llevando consigo el peso de una sentencia que todavía no sabía si sería capaz de pronunciar sin que la voz, por primera vez en su carrera, terminara de quebrársele del todo delante de toda la sala.
Condujo hacia casa en silencio, sin radio, sin ninguna distracción que pudiera apartarle la atención de los pensamientos que llevaba toda la tarde acumulando, y al llegar, encontró la casa exactamente como la había dejado esa mañana: vacía, silenciosa, sin ningún rastro de Fernando, que llevaba ya más de una semana entera sin volver, ni siquiera para recoger ropa o revisar el correo acumulado sobre la mesa de la entrada.