La madre Capítulo 59 — EL DESEO DE CASTIGAR
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Capítulo 59 — EL DESEO DE CASTIGAR

EL DESEO DE CASTIGAR

Audiencia Provincial de Madrid, Sala Segunda

La fase de conclusiones del caso Olmedo llegó esa semana, con ambas partes presentando sus argumentos finales antes de que Irene tuviera que retirarse a deliberar la sentencia, y desde el primer momento de la sesión, Irene notó algo en sí misma que la inquietó profundamente: un deseo, casi físico, de condenar a Cristina Olmedo con una dureza que ninguna prueba presentada durante el juicio justificaba del todo.

El fiscal pedía seis años de prisión por encubrimiento y obstrucción a la justicia.

La defensa argumentaba por una pena mínima, apelando a las circunstancias atenuantes de una madre actuando bajo el shock inmediato de una crisis familiar.

Irene, escuchando ambos argumentos con la atención profesional que el cargo exigía, se sorprendió a sí misma calculando mentalmente una pena que excedía ampliamente lo que el propio fiscal había solicitado, una severidad que no tenía ninguna base legal sólida más allá de un impulso que ella reconocía, con una claridad incómoda, como una forma de castigo desplazado.

No estaba juzgando a Cristina Olmedo. Estaba juzgando, a través de ella, la versión de sí misma que durante veinticuatro años había evitado cualquier consecuencia real, y ese desplazamiento, una vez reconocido, le resultó tan perturbador que tuvo que esforzarse, con todo el control profesional acumulado durante dos décadas, para apartar ese impulso antes de que contaminara cualquier decisión real que tuviera que tomar.

Durante el receso de mediodía, se quedó en su despacho, repasando mentalmente cada prueba presentada durante el juicio con una objetividad forzada, recordándose a sí misma, con la disciplina de quien ha pasado toda una carrera profesional aprendiendo a separar lo personal de lo profesional, que su trabajo no era vengarse de sí misma a través de otra mujer, sino aplicar la ley con la proporcionalidad que cualquier caso similar merecía, independientemente de las resonancias personales que pudiera tener.

Pero la lucha por mantener esa objetividad, ese día concreto, le costó un esfuerzo que no recordaba haber necesitado en ningún otro caso de su carrera, y esa misma dificultad, reconocida en privado sin que nadie más pudiera verla, le confirmó algo que ya empezaba a sospechar: que la distancia profesional que había mantenido durante veinticuatro años, esa armadura que le había permitido vivir con lo que hizo sin que afectara visiblemente a su trabajo, empezaba a resquebrajarse de una manera que ya no podía controlar del todo.

Marina entró al despacho a media tarde con unos documentos que necesitaban su firma, y se detuvo un momento, observando a Irene con una preocupación que no intentó disimular.

—Señoría, ¿se encuentra bien? Lleva toda la semana con un aspecto distinto.

—Estoy bien, Marina. Solo cansada. El caso Olmedo está resultando más complicado de gestionar emocionalmente de lo que esperaba.

—Es comprensible. Cualquiera se vería afectado por un caso así.

—Marina dejó los documentos sobre la mesa, sin prisa por marcharse—.

Si necesita hablar de algo, fuera del ámbito estrictamente profesional, sabe que puede confiar en mí.

Han sido nueve años, señoría. Conozco las señales de cuándo algo le pesa más de lo habitual.

Irene sintió una punzada de culpa al escuchar la genuina preocupación de Marina, sabiendo que su propia conducta de las últimas semanas, sus preguntas extrañas sobre seguridad, su petición de que tuviera cuidado con desconocidos, ya había generado suficiente inquietud en la vida de alguien que no merecía absolutamente ninguna parte de la carga que ella estaba arrastrando.

—Gracias, Marina. Lo tendré en cuenta.

Marina se marchó, y Irene se quedó sola otra vez, firmando los documentos pendientes con una mano que, por primera vez en mucho tiempo, no conseguía mantener completamente firme.

Se quedó mirando su propia firma en el último documento, comparándola mentalmente, sin poder evitarlo, con la firma falsificada que Rubén había hecho analizar por su perito, preguntándose cuánto de su identidad profesional entera, construida durante décadas con tanto cuidado, dependía en realidad de esa misma capacidad para proyectar una firmeza que ya no sentía del todo por dentro, una firmeza que empezaba a sentir, cada día más, como una máscara cada vez más difícil de sostener.

Recogió sus cosas para marcharse, ya entrada la tarde, y se detuvo un momento frente al espejo del baño del despacho, mirando su propio reflejo con una atención que normalmente no se permitía dedicar a algo tan vanidoso como su propia imagen.

La mujer que la miraba desde el espejo seguía pareciendo, desde fuera, exactamente la misma magistrada segura de sí misma que había sido siempre.

Solo ella sabía cuánto esfuerzo le costaba ya, cada día, mantener esa apariencia intacta.