Capítulo 58 — LA GRIETA
LA GRIETA
Apartamento de Sara Bermúdez, Madrid
A la mañana siguiente, Rubén se despertó antes que Sara, y se quedó tumbado en la oscuridad, repasando la conversación de la noche anterior con una atención que no había aplicado a ninguna de sus propias dudas en semanas.
Sabía que ella tenía razón. Lo sabía con la misma claridad intelectual con la que entendía cualquier argumento legal bien construido, esa capacidad analítica que había desarrollado durante dieciséis años de estudio metódico.
Pero también sentía, con la misma intensidad, una resistencia visceral a abandonar la única garantía adicional que tenía contra la posibilidad de que, después de todo lo que había sacrificado para llegar hasta aquí, el sistema legal encontrara alguna manera técnica de proteger a Irene de las consecuencias completas de lo que había hecho.
Se levantó sin despertar a Sara, y se preparó un café que no consiguió terminar, sentado en la misma silla de la cocina donde había leído, días atrás, las veinte páginas que había guardado durante todo el tiempo de su condena.
Pensó en la frase que había escrito hacía quince años, en la página doce de aquel cuaderno: Si algún día salgo, no va a ser para hacerle daño. Va a ser para que entienda.
Esa frase, pronunciada con tanta convicción cuando todavía era solo una idea abstracta, ahora le resultaba difícil de reconciliar con el documento que tenía guardado en una carpeta cifrada, diseñado específicamente para hacer daño de una manera que iba mucho más allá de simplemente hacer entender.
Sara entró en la cocina poco después, y se quedó de pie en el umbral, observándolo con una expresión cautelosa, como si no supiera todavía qué versión de Rubén iba a encontrarse esa mañana después de la conversación de la noche anterior.
—¿Lo has pensado? —preguntó finalmente.
—Lo he pensado. —Rubén levantó la vista hacia ella, con una determinación que, por primera vez en semanas, no parecía completamente sólida—.
Y todavía no sé qué voy a hacer. Sigo creyendo que necesito ese documento, por si acaso.
Pero también empiezo a entender que mantenerlo guardado, aunque nunca llegue a usarlo, ya me está cambiando de una manera que no estoy seguro de querer aceptar.
—Eso es un comienzo, al menos.
—Quizá. —Se levantó, dejando el café sin terminar—. Pero todavía no es una decisión, Sara. Solo es una grieta. Y no sé todavía si esa grieta va a ensancharse hasta convertirse en algo real, o si voy a terminar cerrándola otra vez en cuanto la presión vuelva a apretar.
Salió del apartamento sin decir nada más, necesitando caminar, despejar la cabeza con el ritmo físico de sus propios pasos, algo que había descubierto durante las últimas semanas como una de las pocas estrategias efectivas para procesar pensamientos demasiado complicados para resolverlos sentado en una habitación cerrada.
Caminó durante casi una hora sin rumbo concreto, repasando cada conversación que había tenido con Sara desde su salida de prisión, cada advertencia que ella le había hecho y que él había escuchado sin terminar de internalizar del todo, hasta este momento.
Pensó en la frase que había escrito hacía quince años, en la página doce de su cuaderno, y se preguntó si todavía era el mismo hombre que había escrito esas palabras con tanta convicción, o si los últimos meses, con toda su planificación meticulosa y sus pruebas calculadas, lo habían transformado en alguien que ese hombre de hace quince años apenas reconocería.
Cuando volvió al apartamento, ya entrada la tarde, encontró a Sara trabajando en uno de sus artículos pendientes, y se sentó frente a ella sin decir nada durante un buen rato, hasta que finalmente habló.
—Voy a darte el documento. No para que lo destruyas todavía, sino para que lo guardes tú, lejos de mí, donde no pueda acceder a él en un momento de presión sin que tú lo sepas primero.
Sara levantó la vista, sorprendida por la propuesta, y asintió despacio, entendiendo que aquel gesto, modesto en apariencia, era probablemente lo más cerca que Rubén iba a llegar, por ahora, de aceptar que necesitaba alguien capaz de frenarlo cuando él mismo no consiguiera hacerlo.
Le tendió la mano, y él le entregó el dispositivo donde había guardado el documento, sintiendo, mientras lo hacía, una mezcla extraña de alivio y pérdida, como si entregar ese seguro adicional significara también renunciar a una parte del control absoluto que había mantenido sobre cada aspecto de su plan desde el primer día.