Capítulo 55 — LOS AÑOS DE DERECHO
LOS AÑOS DE DERECHO
Domicilio de Irene Salgado, Madrid
De vuelta en casa, todavía procesando cada detalle de la conversación en el parque, Irene se sentó frente al ordenador y empezó a investigar, con la misma meticulosidad profesional que aplicaría a cualquier expediente, la vida exacta que Rubén Sotelo había llevado durante sus veinticuatro años de prisión.
Encontró, a través de una solicitud formal de información pública sobre programas de reinserción —una solicitud que presentó usando su cargo, justificándola con un pretexto académico sobre eficacia de programas educativos penitenciarios— que Rubén había completado, a lo largo de dieciséis años, un grado completo en Derecho a través de la educación a distancia, además de varios cursos especializados en procedimiento penal y derecho probatorio.
El expediente académico, frío y administrativo en su formato, revelaba una trayectoria que a Irene le costó procesar del todo: calificaciones consistentemente altas, sin ninguna interrupción significativa a lo largo de más de una década y media, una dedicación que sugería no solo inteligencia sino una disciplina obsesiva, la misma disciplina que ella había experimentado de primera mano en cada pieza del plan que Rubén había ido desplegando contra ella.
No era un hombre actuando por impulso ni por rabia descontrolada.
Era, comprendió con un escalofrío que no conseguía aplacar del todo, un hombre que había dedicado dieciséis años exactos a convertirse en alguien capaz de entender, con precisión profesional, exactamente cómo había sido destruido, y exactamente qué herramientas necesitaría para responder con la misma precisión que se había usado contra él.
Pensó en todos los años que ella misma había dedicado a su propia carrera, ascendiendo paso a paso desde fiscal joven hasta magistrada de prestigio, y se preguntó, con una honestidad que no se permitía con frecuencia, si la diferencia entre ambos era realmente tan grande como el sistema judicial habría querido hacer creer: ambos habían dedicado décadas a estudiar el mismo sistema, a entender sus mecanismos internos con un detalle que pocos profesionales alcanzaban, solo que ella lo había hecho desde la libertad y el privilegio, y él lo había hecho desde una celda de nueve metros cuadrados, con el único propósito de entender exactamente cómo el sistema lo había destruido.
Cerró el ordenador, y se quedó sentada en la penumbra de su despacho.
Cada nueva pieza de información sobre Rubén Sotelo no hacía sino confirmar lo que ya sabía, en algún nivel innombrable, desde el primer momento en que vio su nombre en la pantalla del sistema penitenciario: que estaba enfrentando a un adversario que, en cualquier otro contexto, ella misma habría admirado profesionalmente sin reservas.
Pensó en lo que él le había dicho en el parque, sobre verla atrapada en su propia mentira durante tanto tiempo que ya no sabía cómo sería su vida sin ella, y sintió que aquella observación, formulada por alguien que apenas la conocía en persona, capturaba algo más certero sobre su situación actual que cualquier conversación que hubiera tenido con Fernando o con Hugo en las últimas semanas.
Buscó, casi sin pensarlo, si existía algún registro público de las publicaciones académicas o trabajos que Rubén hubiera podido producir durante sus años de estudio, y encontró, para su sorpresa, un breve artículo publicado en una revista jurídica universitaria de acceso abierto, firmado con sus iniciales, donde analizaba con una sofisticación notable los problemas estructurales de las revisiones de condena en el sistema español.
Lo leyó completo. Cada párrafo, escrito por un hombre que en ese momento llevaba ya quince años encerrado, demostraba una claridad de pensamiento que muchos profesionales en ejercicio nunca llegaban a desarrollar del todo.
Cerró el navegador finalmente, ya entrada la noche, con la sensación incómoda de haber pasado la tarde entera admirando, casi sin darse cuenta, la inteligencia del hombre que tenía todo el poder necesario para destruir el resto de su vida, una admiración que no sabía cómo reconciliar con el miedo que sentía cada vez que pensaba en lo que él podría hacer con esa misma inteligencia.
Se preparó para acostarse, sola otra vez en una cama que ya no sabía si volvería a compartir con Fernando de la misma manera que antes, y antes de apagar la luz, sacó el artículo de Rubén una última vez en el teléfono, releyendo el párrafo final, donde el autor, todavía joven entonces, apenas en sus primeros años de condena, escribía sobre la importancia de que el sistema judicial reconociera sus propios errores con la misma rapidez con la que exigía que los acusados reconocieran los suyos.
Aquella frase, escrita por un hombre todavía relativamente nuevo en su propia tragedia, le resultó devastadoramente profética vista desde la distancia de casi un cuarto de siglo después.