Capítulo 56 — LA PRUEBA QUE ESPEJEA
LA PRUEBA QUE ESPEJEA
Apartamento de Sara Bermúdez, Madrid
Después de la conversación en el parque, Rubén pasó el domingo entero encerrado en la habitación que usaba como estudio improvisado, construyendo, pieza a pieza, algo que llevaba semanas considerando sin atreverse del todo a empezar: una prueba falsa, diseñada con la misma precisión meticulosa que había usado para todo lo demás, que replicaría exactamente el mecanismo que Irene había usado contra él hace veinticuatro años.
El plan era simple en su concepción y complejo en su ejecución: si conseguía colocar, en algún punto del proceso de revisión que el inspector Andrade ya había iniciado, un documento que pareciera implicar a Irene en algo que en realidad no había hecho —una manipulación adicional, una prueba de obstrucción activa durante las últimas semanas, algo que un tribunal pudiera interpretar como evidencia de mala fe continuada— podría asegurarse de que cualquier defensa legal que ella intentara montar resultara mucho más difícil de sostener.
No era estrictamente necesario. Las pruebas reales que ya tenía —la declaración manipulada, el testimonio del perito grafólogo, posiblemente su propia confesión si conseguía arrancarla— probablemente serían suficientes para destruir su carrera sin necesidad de añadir nada falso.
Pero Rubén, trabajando con la misma disciplina obsesiva que había aplicado a sus estudios de Derecho durante dieciséis años, quería un margen de seguridad, una garantía adicional de que ningún tecnicismo legal pudiera permitirle escapar de las consecuencias completas de lo que había hecho.
Pasó horas redactando un documento que imitaba el formato exacto de las comunicaciones internas del juzgado, insertando referencias temporales que situarían a Irene interfiriendo activamente con la investigación de Andrade en fechas concretas, citando reuniones que nunca habían existido con personas reales que, si alguien llegaba a preguntarles directamente, probablemente no recordarían con precisión suficiente para desmentir del todo la versión fabricada.
Era, sin que él se permitiera reconocerlo del todo mientras lo hacía, exactamente el mismo tipo de documento que Irene había fabricado hacía veinticuatro años: preciso, calculado, diseñado para parecer auténtico ante cualquiera que no examinara cada detalle con un escepticismo que la mayoría de los procedimientos administrativos rutinarios no aplicaban.
Guardó el documento en una carpeta digital cifrada, sin decidir todavía cuándo, ni si, iba a usarlo, pero sintiendo, mientras cerraba el ordenador esa noche, una satisfacción incómoda que no esperaba sentir: la satisfacción específica de haber construido algo con una competencia técnica que demostraba, de una vez por todas, que él también era capaz de jugar el mismo juego que lo había destruido.
Se quedó tumbado en la cama esa noche, repasando mentalmente cada detalle del documento fabricado, buscando algún error, alguna inconsistencia que pudiera comprometer su credibilidad si alguna vez llegaba a presentarlo formalmente.
No encontró ninguno que pudiera identificar con la misma meticulosidad que aplicaba a todo lo demás, y esa misma ausencia de fallos detectables, en lugar de tranquilizarlo del todo, le produjo una inquietud nueva que no había sentido en ninguno de los pasos anteriores: la sospecha de que, al construir algo tan perfecto, había necesitado activar en sí mismo exactamente el mismo tipo de frialdad calculadora que durante años había atribuido, casi como una característica esencial, únicamente a Irene Salgado.
Se preguntó, mirando el techo en la oscuridad, si esa capacidad para la frialdad calculada había estado siempre latente en él, esperando las circunstancias adecuadas para manifestarse, o si era algo que el propio sistema, con sus veinticuatro años de aislamiento y estudio obsesivo, había terminado de cultivar en él sin que se diera cuenta del proceso completo hasta este momento concreto.
No encontró ninguna respuesta satisfactoria antes de quedarse finalmente dormido, ya de madrugada, con el documento fabricado guardado, esperando una decisión que él mismo todavía no se sentía preparado para tomar, mientras la ciudad entera, al otro lado de la ventana, seguía su curso normal, ajena por completo a la guerra silenciosa que se estaba librando dentro de aquel apartamento.
A la mañana siguiente, despertó con la misma pregunta todavía sin resolver, y se quedó tumbado un rato más, escuchando la respiración tranquila de Sara a su lado, pensando que ella, al menos, seguía durmiendo con la conciencia relativamente limpia de alguien que no había necesitado fabricar nada para sostener su parte de esta historia.
Esa diferencia, por pequeña que pareciera, le pesó más de lo que esperaba mientras se levantaba, despacio, intentando no despertarla, para enfrentar solo, una vez más, las decisiones que todavía tenía pendientes.