Capítulo 54 — EL RECHAZO
EL RECHAZO
Parque del Retiro, Madrid
—Puedo ofrecerle algo —dijo Irene, después de varios minutos de silencio compartido—.
No solo una confesión privada. Recursos.
Contactos. Podría ayudarle a reconstruir su vida de una manera que el sistema, hasta ahora, nunca le ha permitido.
Podría conseguir que su historia llegara a la gente adecuada, que su rehabilitación pública fuera más rápida, más completa de lo que conseguiría por sí solo.
Rubén la miró con una expresión que mezclaba algo parecido a la decepción con una calma que resultaba, de algún modo, más inquietante que cualquier muestra de rabia.
—¿Me está ofreciendo comprarme, Irene? ¿Después de todo lo que hemos hablado, su primera oferta concreta es exactamente el mismo tipo de transacción que el sistema usa para resolver problemas incómodos sin tener que afrontarlos directamente?
—No es eso lo que quiero decir.
—Es exactamente eso. —Se levantó del banco, dando un par de pasos hacia la fuente antes de girarse de nuevo hacia ella—.
Lleva veinticuatro años pensando en términos de recursos, contactos, soluciones prácticas para problemas que en realidad son morales.
Eso es precisamente lo que la llevó a hacer lo que hizo en primer lugar: pensar que cualquier problema, incluida la muerte de una adolescente, podía resolverse con la combinación correcta de influencia y manipulación discreta.
—No estoy intentando comprarla, perdón, comprarlo. Estoy intentando encontrar alguna manera de reparar, aunque sea parcialmente, algo que sé que no tiene reparación completa posible.
—Entonces empiece por entender que no todo en la vida se resuelve con recursos. Algunas cosas solo se resuelven con verdad, dicha en voz alta, sin condiciones ni compensaciones adjuntas.
Irene se quedó sentada, con el rechazo doliéndole más de lo que esperaba, comprendiendo que la única moneda que Rubén Sotelo estaba dispuesto a aceptar era exactamente la que más le costaba a ella entregar.
—Necesito tiempo para pensar en cómo hacer eso. En cómo confesar de la manera que usted necesita, sin que eso implique también destruir completamente la vida de mi hijo, que tiene una familia propia ahora, hijos que no tienen absolutamente ninguna culpa en nada de esto.
—Tiene hasta que se confirme su nombramiento en el Supremo —dijo, repitiendo el plazo que ya le había comunicado por escrito semanas antes—. Después de esa fecha, ya no va a depender de mí cómo se cuenta esta historia.
Se levantó del banco, dando por terminada la conversación con la misma determinación con la que la había empezado, pero antes de alejarse del todo, se detuvo un momento, mirándola con una expresión que por primera vez parecía dudar entre dos versiones distintas de lo que quería decir a continuación.
—Una cosa más, Irene. No vine aquí esperando odiarla más después de conocerla en persona.
Pensé que verla, escucharla hablar, confirmaría todo lo que había imaginado sobre usted durante veinticuatro años: una mujer fría, calculadora, dispuesta a sacrificar a cualquiera por su propia conveniencia.
Y en parte, supongo, eso es exactamente lo que es.
Pero también veo a alguien atrapada en su propia mentira durante tanto tiempo que ya ni siquiera sabe cómo sería su vida sin ella.
Eso no la disculpa de nada. Pero hace que esta situación sea más complicada, humanamente, de lo que esperaba que fuera.
Irene se quedó observándolo alejarse hacia la salida del parque, sin prisa alguna en sus pasos, exactamente la misma calma metódica que había mantenido durante toda la conversación, y se quedó sentada en el banco un buen rato después de que él desapareciera de su vista, sintiendo el peso completo de aquella última reflexión, que le había dolido, de algún modo extraño, más que cualquier amenaza explícita que hubiera recibido hasta entonces.
Caminó de vuelta hacia su coche mucho más despacio de lo habitual, repasando cada palabra de la conversación, sin conseguir decidir todavía si lo que sentía era alivio por haber sobrevivido al encuentro, o un terror nuevo ante la certeza de que el plazo que él le había dado ya corría, sin posibilidad de negociación adicional, contando ya, mentalmente, los días exactos que le quedaban.
Condujo de vuelta a casa por el camino más largo posible, sin prisa por llegar a una casa que, sin Fernando, ya no le ofrecía el refugio habitual de otros tiempos.
Pensó en llamar a Hugo, contarle al menos parte de lo que había hablado con Rubén, pero descartó la idea casi de inmediato: cualquier información adicional que le diera a su hijo en este momento, dado su historial reciente de decisiones impulsivas, probablemente solo conseguiría empeorar una situación que ya era suficientemente delicada sin necesidad de añadir más variables incontrolables.