Capítulo 53 — LO QUE QUIERE
LO QUE QUIERE
Parque del Retiro, Madrid
—Lleva mucho tiempo construyendo un caso completo contra mí —dijo Irene, después de un silencio que ninguno de los dos pareció dispuesto a romper primero—.
Documentos, pruebas, un perito grafólogo, según parece.
Si quiere justicia formal, ya tiene casi todo lo necesario para conseguirla a través de los canales legales correspondientes.
—Los canales legales me condenaron a mí, hace veinticuatro años, sin que la verdad importara demasiado frente a la conveniencia de cerrar un caso rápido. No tengo ninguna confianza ciega en que esos mismos canales vayan a hacer ahora lo correcto solo porque las pruebas apuntan en otra dirección.
—Entonces qué espera. Concretamente. Si no es el sistema legal, ¿qué es exactamente lo que está esperando de mí en este momento?
Rubén se quedó pensativo, mirando hacia un grupo de niños que jugaban cerca de la fuente, completamente ajenos a la conversación que estaba teniendo lugar a pocos metros de distancia.
—Quiero que confiese. No a la policía, no en un tribunal, aunque eso pueda venir después.
Quiero que confiese ante su hijo, ante su marido, ante usted misma, sin ninguna de las protecciones profesionales que ha usado durante veinticuatro años para evitar mirar de frente lo que hizo.
Quiero que diga, en voz alta, sin matices legales ni justificaciones maternales, que destruyó la vida de un hombre inocente para proteger la de su hijo, y que viva el resto de su vida con esa frase pronunciada, sin poder retirarla nunca.
—¿Y eso le daría paz?
—No lo sé. —Por primera vez, algo en la voz de Rubén dejó entrever una grieta, una incertidumbre que contrastaba con la firmeza de todo lo anterior—.
Llevo veinticuatro años imaginando este momento sin saber, con certeza absoluta, qué necesito exactamente de él para sentir que algo se ha resuelto.
Quizá nada lo resuelva del todo. Quizá esa sea la parte más cruel de todo esto: que ni siquiera su confesión completa me va a devolver los años que perdí.
Irene se quedó mirándolo, sintiendo, por primera vez desde que había llegado al parque, algo parecido a la comprensión genuina de la magnitud de lo que había hecho, no como un concepto abstracto que llevaba semanas evitando examinar de cerca, sino como el peso concreto de la vida de un hombre real, sentado a pocos metros de distancia, todavía buscando algo que quizá no existiera en ninguna forma que ella pudiera ofrecerle.
—¿Y si le digo que estoy dispuesta a confesar? —preguntó finalmente—. No solo ante usted. Formalmente. Ante un tribunal, si es necesario.
—Entonces le creería, si estuviera dispuesta a hacerlo sin que yo tuviera que presionarla más de lo que ya lo he hecho.
Pero algo me dice que esa disposición no es completamente genuina todavía.
Sospecho que todavía está calculando cómo minimizar el daño antes de aceptar que el daño completo, sin minimizar, es exactamente lo que se merece.
—No es tan sencillo, Rubén. Tengo un hijo. Tiene una familia propia ahora, hijos que no tienen ninguna responsabilidad en nada de esto. Cualquier confesión completa los arrastra también a ellos, a una exposición pública que no han elegido y que no merecen.
—Yo tampoco elegí la exposición pública que sufrí, Irene.
Y tenía diecinueve años, casi la misma edad que tienen ahora mismo los hijos de Hugo.
Nadie se preocupó, en su momento, por cómo mi familia iba a cargar con las consecuencias de mi condena.
¿Por qué debería preocuparme ahora, de manera especial, por proteger a la familia de la persona que causó todo esto?
Irene no tuvo ninguna respuesta inmediata para eso, y el silencio que siguió, cargado de la asimetría evidente entre ambas situaciones, le confirmó algo que ya sospechaba: que cualquier argumento que intentara construir para proteger a su propia familia iba a sonar, inevitablemente, igual de hueco que cualquier justificación que ella misma hubiera podido inventar hace veinticuatro años para explicar por qué la vida de Hugo importaba más que la de un desconocido.
Se quedó observando el agua de la fuente, buscando algo que decir que no sonara a excusa fácil, y finalmente sólo consiguió ofrecer la verdad más simple que tenía disponible.
—Tiene razón. No tengo ninguna manera de defender esa asimetría sin sonar exactamente igual de egoísta de lo que fui entonces.