La madre Capítulo 52 — LA FUENTE DEL ÁNGEL CAÍDO
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Capítulo 52 — LA FUENTE DEL ÁNGEL CAÍDO

LA FUENTE DEL ÁNGEL CAÍDO

Parque del Retiro, Madrid

Irene llegó diez minutos antes de la hora acordada, y se quedó de pie junto a la fuente, observando el agua caer sobre la estatua del ángel derrotado con una atención que en otro momento le habría parecido completamente irrelevante, pero que ahora, con los nervios a flor de piel, le ofrecía algo concreto en lo que concentrar la mirada.

Lo reconoció antes de que él dijera nada, con la misma certeza instantánea con la que había reconocido, semanas antes, el peso de cada objeto que le había hecho llegar: un hombre de complexión media, pelo oscuro con las primeras canas, una expresión que combinaba una calma estudiada con algo más profundo, más antiguo, que ninguna fotografía de juicio había conseguido capturar nunca.

—Irene Salgado —dijo él, deteniéndose a una distancia prudencial, ni demasiado cerca ni demasiado lejos, calculada con la misma precisión que todo lo demás.

—Rubén Sotelo.

Se quedaron mirándose durante un momento que se extendió más de lo cómodo, dos personas que durante veinticuatro años habían existido la una para la otra únicamente como abstracciones, como nombres en papeles oficiales, confrontando ahora la realidad física de un rostro, una voz, una presencia que ningún documento podía haber preparado del todo para sentir.

—Gracias por venir —dijo finalmente Rubén, indicando con un gesto un banco cercano, lo bastante alejado de los caminos principales del parque para garantizar cierta privacidad sin resultar sospechosamente aislado.

Se sentaron, manteniendo una distancia que ninguno de los dos pareció dispuesto a acortar, y durante varios segundos ninguno habló, como si ambos necesitaran ese tiempo adicional para procesar la magnitud de estar, finalmente, en el mismo espacio físico después de tanto tiempo de existir solo en la imaginación del otro.

—Imagino que tiene preguntas —dijo Rubén, finalmente.

—Tengo una pregunta que importa más que cualquier otra. ¿Qué quiere de mí?

Rubén se quedó mirando la fuente durante un momento, eligiendo sus palabras con el mismo cuidado meticuloso que había aplicado a cada decisión de las últimas semanas.

—Quiero que entienda, de una manera que ningún documento ni ninguna prueba puede comunicar del todo, exactamente lo que se siente cuando alguien decide, en cuarenta y ocho horas, que tu vida importa menos que la conveniencia de otra persona.

No quiero dinero. No quiero verla en la cárcel, aunque legalmente probablemente merezca estarlo.

Quiero que sienta, aunque solo sea una vez, el peso exacto de lo que yo he tenido que cargar durante veinticuatro años.

—¿Y cree que viniendo aquí, hablando conmigo en persona, va a conseguir eso?

—No lo sé todavía. —La miró directamente, por primera vez desde que se habían sentado—. Pero es el único experimento que me queda por probar antes de decidir qué hacer con todo lo que tengo.

Irene se quedó observándolo, intentando leer en su expresión algo más allá de la calma controlada que mantenía en cada palabra, buscando el rastro de la rabia que cualquier persona en su situación tendría todo el derecho de sentir, y que sin embargo no conseguía detectar con la claridad que esperaba.

Lo que veía, en cambio, era algo mucho más complicado: una determinación construida sobre capas y capas de disciplina, donde la emoción original que probablemente lo había impulsado al principio había quedado, después de tanto tiempo, transformada en algo más parecido a un método de trabajo que a una pasión incontrolada.

—¿Puedo preguntarle algo? —dijo Irene, finalmente, rompiendo el silencio que se había instalado entre ellos—.

¿Cómo sobrevivió veinticuatro años sin perder esta claridad?

La mayoría de las personas, sometidas a algo así, se habrían consumido en la rabia, en la desesperación, mucho antes de llegar a este punto.

Rubén se quedó pensativo, observando el agua de la fuente caer con un ritmo constante sobre la estatua del ángel derrotado.

—Estuve cerca de consumirme, varias veces, especialmente los primeros años.

Lo que me salvó, supongo, fue decidir que la rabia sin dirección no servía absolutamente para nada, mientras que la rabia convertida en disciplina, en estudio, en preparación metódica, al menos me daba un propósito concreto cada día.

No sé si eso cuenta como sobrevivir bien.

Solo sé que es la única manera que encontré de sobrevivir sin destruirme completamente por dentro.

Irene asintió, sintiendo que aquella respuesta, ofrecida con una honestidad que no esperaba, le revelaba algo sobre el hombre sentado frente a ella que ninguna de las pruebas plantadas durante las últimas semanas había conseguido transmitir con tanta claridad.