La madre Capítulo 51 — LA CITA
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Capítulo 51 — LA CITA

LA CITA

Despacho de Irene Salgado, Audiencia Provincial de Madrid

Irene tomó la decisión aquella misma mañana, después de una noche entera dándole vueltas a las dos columnas de su cuaderno: necesitaba hablar con Rubén directamente, en persona, antes de que la situación se le escapara del todo de las manos.

No sabía exactamente cómo contactar con él sin pasar por Sara Bermúdez, y la idea de llamar directamente a la periodista que llevaba años escribiendo artículos defendiendo la inocencia de Rubén le resultaba, en sí misma, profundamente incómoda. Pero no tenía ninguna alternativa mejor.

Marcó el número de la consulta de abogados donde, según había podido averiguar a través de una búsqueda discreta, Sara mantenía una colaboración ocasional como asesora legal para casos de revisión penal.

—Necesito hablar con Sara Bermúdez. Es urgente.

—¿De parte de quién?

—Dígale que es Irene Salgado.

Hubo un silencio al otro lado, y después la voz de la recepcionista, visiblemente desconcertada por la combinación de nombres que probablemente nunca había esperado escuchar juntos.

—Voy a transmitirle el mensaje. ¿Algún número de contacto?

Irene dio su número personal, no el del despacho, consciente de que cualquier comunicación a través de canales oficiales dejaría un rastro que prefería evitar a toda costa, y colgó, quedándose sentada frente al escritorio con una sensación extraña de haber cruzado, finalmente, una línea que llevaba semanas evitando cruzar.

La respuesta llegó dos horas después, un mensaje de texto desde un número que no reconocía: Rubén está dispuesto a hablar. Mañana, 11.00h, Parque del Retiro, junto a la fuente del Ángel Caído. Solo usted. Sin grabadoras, sin teléfonos visibles, sin nadie más informado de este encuentro.

Irene leyó el mensaje tres veces. La cita, formulada con tanta precisión y tantas condiciones, confirmaba exactamente lo que ya sospechaba sobre el carácter metódico del hombre al que estaba a punto de conocer en persona después de veinticuatro años de existir, para ella, únicamente como un nombre en un expediente.

Contestó con un mensaje breve: De acuerdo. Allí estaré.

Y se quedó mirando la pantalla del teléfono un buen rato, preguntándose qué versión de Rubén Sotelo iba a encontrarse al día siguiente: el hombre frío y calculador que se desprendía de cada prueba plantada con precisión quirúrgica, o algo más complicado, más humano, que ella todavía no había conseguido imaginar del todo.

Pasó el resto de la tarde intentando concentrarse en el trabajo pendiente, sin demasiado éxito, repasando una y otra vez los argumentos que pensaba usar, las preguntas que necesitaba hacer, los límites que no estaba dispuesta a cruzar bajo ninguna circunstancia.

Pensó en llamar a algún abogado de confianza para que la acompañara, alguien que pudiera asesorarla sobre los riesgos legales de un encuentro así, pero la condición explícita del mensaje —solo ella, sin teléfonos, sin grabadoras— le dejaba claro que cualquier intento de añadir protección adicional probablemente cancelaría la cita por completo.

Esa noche, sin Fernando en casa para hacerle compañía, se sentó en el sofá del salón con un vaso de vino que apenas tocó, repasando mentalmente cada detalle del mensaje recibido, cada palabra elegida con la misma precisión calculada que había caracterizado todo lo demás.

Pensó que, si Rubén Sotelo había construido su vida entera, durante los últimos veinticuatro años, alrededor de la disciplina necesaria para llegar exactamente a este punto, ella merecía, como mínimo, presentarse al encuentro con la misma seriedad y la misma preparación.

Se acostó temprano, aunque sabía que el sueño tardaría en llegar, decidida a presentarse a la cita del día siguiente con la mente lo más despejada posible, consciente de que cualquier error de cálculo en aquella conversación podría determinar el curso del resto de su vida.

Repasó mentalmente, una última vez antes de cerrar los ojos, cada escenario posible, cada respuesta que pudiera necesitar.

Se preparaba para aquel encuentro con la misma intensidad con la que se habría preparado para el caso más importante de toda su carrera judicial, consciente de que ningún año de experiencia profesional la había preparado realmente para una conversación como la que tenía por delante.

Pensó, ya casi dormida, en lo extraño que resultaba que después de veinticuatro años evitando incluso pensar en el nombre de Rubén Sotelo, ahora se encontrara repasando mentalmente, con el mismo cuidado que dedicaría a cualquier negociación profesional de alto riesgo, exactamente qué palabras usar al encontrarse cara a cara con él por primera vez.

Se preguntó si esa preparación meticulosa era una forma de control, o simplemente la única manera que conocía de afrontar el miedo: convirtiéndolo en algo que pudiera planificar, estructurar, anticipar, en lugar de sentirlo simplemente como lo que era, un terror puro ante lo desconocido.