Capítulo 49 — DOS AMENAZAS
DOS AMENAZAS
Domicilio de Irene Salgado, Madrid
Esa noche, sola en casa —Fernando seguía en casa de su hermano, y la distancia entre ellos, lejos de acortarse con los días, parecía ensancharse con cada hora que pasaba sin que se hablaran— Irene se sentó con un cuaderno en blanco y trazó dos columnas, intentando aplicar a su propia situación la misma claridad analítica que aplicaría a cualquier caso complicado.
En la primera columna escribió: Rubén Sotelo.
Debajo, anotó lo que sabía: que tenía pruebas documentales, que conocía el caso con un detalle obsesivo, que se movía con una paciencia y una precisión que sugerían un plan cuidadosamente estructurado, pero que, hasta el momento, no había mostrado ninguna intención de acudir a canales oficiales.
Su amenaza era personal, directa, pero contenida dentro de un espacio que, en teoría, todavía podía negociarse.
En la segunda columna escribió: Inspector Andrade.
Debajo: actuaba por procedimiento, no por venganza ni por interés personal, lo cual lo hacía más impredecible en cierto sentido, porque no había ninguna negociación posible con un sistema que simplemente cumplía su función.
Si encontraba algo concreto, lo seguiría hasta donde la evidencia lo llevara, sin ningún incentivo para detenerse a mitad de camino.
Las dos amenazas no se conocían entre sí, hasta donde Irene podía determinar.
Pero si en algún momento llegaban a cruzarse —si Rubén decidía, por ejemplo, entregar sus pruebas directamente a la policía, o si Andrade, tirando del hilo de la firma sospechosa, llegaba por su cuenta hasta una conclusión similar— el resultado sería una convergencia que ella no tendría ninguna manera de controlar ni de negociar.
Se quedó mirando las dos columnas durante un buen rato, pensando que, por primera vez en toda su carrera, se encontraba en la posición exacta de tantos acusados a los que había procesado a lo largo de los años: alguien atrapado entre fuerzas que no podía controlar, esperando el momento en que la combinación de circunstancias, por pequeñas que parecieran individualmente, terminara de cerrarse sobre ella sin ningún margen de escape.
Añadió una tercera columna, más pequeña, titulada simplemente: Lo que puedo controlar. Debajo, después de pensarlo largo rato, solo consiguió escribir una frase: Cómo decido responder a cada una de las dos amenazas, no si puedo eliminarlas.
Aquella frase, una vez escrita, le pareció al mismo tiempo la conclusión más obvia y la más difícil de aceptar de toda la situación.
Llevaba veinticuatro años acostumbrada a controlar resultados, a manipular variables hasta conseguir exactamente el desenlace que necesitaba.
Ahora, por primera vez, se enfrentaba a una situación donde el resultado final dependía de decisiones que otras personas iban a tomar, sin que ella tuviera ninguna manera real de influir en ellas más allá de su propia conducta.
Cerró el cuaderno, lo guardó en el bolso —el único lugar donde todavía confiaba en que algo pudiera permanecer seguro— y subió a la habitación, sola, a dormir en una cama que llevaba dos noches sintiendo demasiado grande para una sola persona.
Antes de apagar la luz, marcó el número de Fernando, sin saber todavía qué iba a decirle si contestaba.
Sonó cuatro veces antes de saltar el contestador, e Irene se quedó escuchando su propia voz pidiéndole que dejara un mensaje, sin conseguir decidir, en los segundos que tuvo disponibles, qué palabras podrían empezar a cerrar la distancia que se había abierto entre ellos.
Colgó sin dejar ningún mensaje, y apagó la luz, quedándose despierta mucho más tiempo del que habría querido admitir ante nadie, escuchando los sonidos vacíos de una casa que, sin Fernando, le resultaba extrañamente más grande y más silenciosa de lo que recordaba haberla sentido nunca en treinta años viviendo allí.
Pensó, ya muy tarde, en lo irónico que resultaba que las dos amenazas que ahora pesaban sobre ella —Rubén con su paciencia calculada, Andrade con su procedimiento meticuloso— compartieran, en el fondo, exactamente la misma cualidad que ella misma había cultivado durante toda su carrera: la convicción de que la verdad, tarde o temprano, encuentra siempre la manera de salir a la superficie, si alguien está dispuesto a dedicarle el tiempo necesario para desenterrarla.
Se durmió, finalmente, ya de madrugada, con esa idea todavía dándole vueltas en la cabeza, sin encontrar ninguna manera de hacerla menos incómoda de lo que ya le resultaba.