La madre Capítulo 48 — LA LLAMADA RUTINARIA
48%

Capítulo 48 — LA LLAMADA RUTINARIA

LA LLAMADA RUTINARIA

Despacho de Irene Salgado, Audiencia Provincial de Madrid

La llamada llegó a mediodía, con la cordialidad institucional habitual entre distintos departamentos de la administración de justicia, y durante los primeros segundos Irene no sintió ninguna alarma especial, asumiendo que se trataba de uno de los muchos trámites rutinarios que cruzaban su despacho cada semana.

—Señoría, soy el inspector Pablo Andrade, de la unidad de revisión de casos archivados.

Disculpe la molestia, estamos haciendo una revisión trimestral de expedientes antiguos con nuevas técnicas forenses, y uno de los casos que nos ha tocado revisar data de su época como fiscal.

Necesitaríamos acceso a cierta documentación complementaria que no consta en el archivo digital, solo para confirmar protocolo de la época.

—Por supuesto, inspector. ¿De qué caso se trata?

—El caso Lago. De hace casi veinticuatro años.

El nombre cayó sobre Irene con un peso que tuvo que esforzarse, con cada fibra de su entrenamiento profesional, por no dejar traslucir en su voz.

—Recuerdo el caso, sí. ¿Qué tipo de documentación necesitan exactamente?

—Nada urgente, señoría. Notas internas, correspondencia interna del momento, cualquier cosa que pueda ayudarnos a entender el contexto procesal exacto en que se tomaron ciertas decisiones.

Es un procedimiento estándar, créame, no hay nada que sugiera ninguna irregularidad.

Solo estamos siendo meticulosos, como nos exige el protocolo actual.

—Entiendo. Veré qué puedo localizar y me pondré en contacto con usted.

—Se lo agradezco mucho, señoría. Y disculpe de nuevo la molestia por algo de hace tantos años.

Colgaron, y Irene se quedó sentada frente al escritorio, con la mano todavía sobre el teléfono, sintiendo que el suelo de su despacho, por segunda vez en pocos días, se inclinaba bajo sus pies de una manera que ningún ejercicio de respiración conseguía estabilizar del todo.

No era Rubén. No era Sara Bermúdez, con su agenda personal y su determinación de casi dos décadas.

Era el sistema mismo, actuando con la indiferencia administrativa de un procedimiento rutinario, empezando a acercarse, sin ninguna intención maliciosa específica contra ella, hacia exactamente el mismo punto que Rubén llevaba semanas amenazando con exponer.

Dos fuerzas completamente independientes, convergiendo hacia la misma verdad, sin que ninguna de las dos supiera de la existencia de la otra.

Llamó a Sonia y pidió, con un tono que se esforzó por mantener completamente rutinario, que localizara cualquier documentación complementaria del caso Lago que pudiera quedar archivada en los sótanos del edificio, justificando la búsqueda con la excusa de una solicitud de transparencia que en realidad nunca había llegado a su despacho.

—¿Hay alguna prisa especial, señoría?

—Ninguna en absoluto. Pero prefiero tenerlo localizado antes de que la unidad de revisión vuelva a llamar.

Sonia se marchó a cumplir el encargo, y Irene se quedó sola, repasando mentalmente qué documentos, exactamente, podían existir todavía en aquellos archivos antiguos, y cuáles de ellos, si caían en las manos equivocadas, podrían confirmar de manera irrefutable lo que durante veinticuatro años había conseguido mantener oculto detrás de la autoridad incuestionable de su cargo.

Pensó en llamar directamente al inspector Andrade, ofrecerle su colaboración completa, anticiparse a cualquier sospecha mostrando una transparencia que pudiera, al menos superficialmente, alejar cualquier atención de su propia conducta durante la investigación original.

Pero descartó la idea casi tan rápido como se le ocurrió: cualquier colaboración demasiado entusiasta, viniendo de la propia fiscal del caso original, podría levantar exactamente el tipo de sospecha que necesitaba evitar a toda costa.

Lo más prudente, decidió finalmente, era responder con la cooperación mínima necesaria, sin ningún entusiasmo que pudiera parecer sospechoso, y esperar que el procedimiento administrativo siguiera su curso habitual sin que nadie examinara las cosas con más detalle del estrictamente necesario.

Pasó el resto de la tarde incapaz de concentrarse en ninguno de sus casos activos, repasando mentalmente cada documento que pudiera quedar en los archivos antiguos, intentando recordar con precisión exacta qué había incluido en el expediente oficial y qué había mantenido deliberadamente fuera de cualquier registro escrito.

La memoria, después de veinticuatro años, ya no le ofrecía la certeza absoluta que necesitaba, y esa incertidumbre, sumada a todo lo demás, le resultaba casi tan inquietante como las propias amenazas de Rubén.