Capítulo 45 — LA LLAMADA DESDE EL COCHE
LA LLAMADA DESDE EL COCHE
Domicilio de Irene Salgado, Madrid
El teléfono de Irene sonó mientras todavía estaba procesando, sentada sola en el salón después de que Fernando se marchara a pasar la noche en casa de su hermano, la magnitud completa de la distancia que se había abierto entre ellos la noche anterior.
Era Hugo.
—¿Diga?
—Mamá. —La voz de su hijo, al otro lado, temblaba con una intensidad que Irene no le había escuchado nunca, ni siquiera en los momentos más difíciles de su vida adulta—. Lo encontré. Hablé con él.
Irene sintió que el suelo, durante un segundo, se inclinaba bajo sus pies con una violencia que no esperaba.
—¿Qué has hecho, Hugo?
—Fui a buscarlo. Necesitaba hablar con él, pedirle que pare, explicarle que tengo una familia, que no puedo permitir que esto destruya todo lo que he construido.
—¿Y qué pasó?
Un silencio, al otro lado de la línea, que se extendió lo suficiente para que Irene escuchara, de fondo, el sonido del motor de un coche en marcha, la respiración irregular de su hijo intentando recuperar algo de control.
—Intenté hablar con él razonablemente. Y después...
—Hugo se detuvo, y cuando continuó, su voz sonaba todavía más rota que antes—.
Después perdí el control. Intenté pegarle.
No conseguí nada, mamá. Ni siquiera consiguió hacerme daño de verdad, solo me sostuvo como si yo fuera un niño pataleando, y me dijo algo que no consigo dejar de escuchar en la cabeza.
—¿Qué te dijo?
—Que sigo siendo exactamente el mismo niño asustado de entonces.
Irene cerró los ojos, sintiendo una mezcla de emociones que durante un momento no consiguió separar del todo: furia hacia Hugo, por haber actuado por su cuenta, por haber convertido una situación ya extremadamente delicada en algo todavía más peligroso; terror ante las implicaciones de que Rubén hubiera tenido, ahora, un contacto físico directo con su hijo, una variable completamente nueva que ella no había anticipado ni podía controlar; y, debajo de todo eso, en un lugar que no quería examinar demasiado de cerca, un pensamiento que la asustó más que cualquier otra cosa que había sentido en las últimas semanas.
Que quizá, en algún nivel innombrable, Hugo se merecía exactamente lo que Rubén le había dicho.
—Vuelve a casa ahora mismo —dijo, finalmente, con la voz más firme que consiguió fabricar—.
No hables con nadie más. No hagas absolutamente nada más por tu cuenta.
Necesitamos pensar juntos cuál es el siguiente paso, y necesitamos hacerlo sin que tú sigas actuando solo, sin avisarme, cometiendo errores que ya no podemos permitirnos cometer.
—Mamá, lo siento. De verdad. No pensé que las cosas se complicarían tanto.
—Las cosas se complicaron hace veinticuatro años, Hugo. Tú solo acabas de empezar a verlo con claridad.
Hugo no contestó a eso, y el silencio que siguió, roto solo por el sonido del motor del coche todavía en marcha, le confirmó a Irene que su hijo, por primera vez quizá en toda su vida adulta, estaba empezando a comprender la magnitud completa de algo que había pasado veinticuatro años evitando mirar de frente.
—Ven a casa. Ahora.
—Voy para allá.
Colgó, y se quedó sentada en el salón, completamente sola, sintiendo que la situación, que ya le había parecido fuera de control la noche anterior, acababa de escalar hacia un territorio todavía más impredecible, donde ahora no solo tenía que gestionar las acciones calculadas de Rubén Sotelo, sino también las decisiones impulsivas y desesperadas de un hijo que, exactamente como él mismo acababa de confirmar sin saberlo, seguía siendo incapaz de afrontar las consecuencias de sus propios actos sin que alguien más cargara con el peso de resolverlo en su lugar.
Se preguntó, mientras esperaba a que Hugo llegara, qué clase de madre había sido realmente durante todos esos años, si la protección constante que le había ofrecido había sido en realidad amor, o si había sido, sin que ella lo reconociera nunca del todo, una manera de mantener controlado algo que necesitaba seguir oculto para su propio beneficio tanto como para el de su hijo.
La pregunta, formulada con tanta honestidad por primera vez, le resultó casi tan dolorosa como cualquier otra revelación que los últimos días le hubieran traído.