Capítulo 44 — LA PIEZA QUE FALTABA
LA PIEZA QUE FALTABA
Apartamento de Sara Bermúdez, Madrid
Hablamos. Intentó pegarme, sin mucho éxito.
Sara dejó lo que estaba haciendo y se sentó frente a él, con la expresión de quien intuye que lo que está a punto de escuchar es más importante de lo que el resumen breve sugiere.
—¿Estás bien?
—Estoy bien. Físicamente, no me hizo absolutamente nada. —Rubén se quedó callado un momento, organizando sus pensamientos con la misma precisión metódica de siempre—. Pero confirmó algo que necesitaba confirmar antes de decidir mi próximo paso.
—¿Qué confirmó?
—Que Hugo Salgado, a sus cuarenta y un años, con una familia, un negocio próspero, toda la vida que el sistema le permitió construir sin ninguna consecuencia real, sigue exactamente tan asustado, tan incapaz de asumir responsabilidad directa por sus propios actos, como lo estaba aquella noche en la terraza hace veinticuatro años.
No ha cambiado nada esencial en él. Solo ha tenido más tiempo para esconderse detrás de una vida que parece normal desde fuera.
—¿Y eso por qué te importa, exactamente?
Rubén se quedó pensativo, mirando el vaso de agua sin tocarlo todavía, buscando la manera correcta de articular algo que llevaba formándose en su cabeza desde el momento mismo en que soltó a Hugo contra la pared de aquel edificio.
—Porque mi plan original se centraba completamente en Irene.
En hacerle sentir, a ella específicamente, el peso de lo que hizo.
Pero ahora me pregunto si eso es justo, o si estoy dejando que el verdadero origen de todo esto, el chico que causó la muerte de Marta y después dejó que su madre construyera toda una mentira para protegerlo, se libre de cualquier consecuencia real simplemente porque decidió esconderse detrás de ella en lugar de actuar por sí mismo.
—¿Estás diciendo que quieres incluir a Hugo en lo que sea que estés planeando?
—Estoy diciendo que todavía no lo he decidido.
Pero después de esta tarde, ya no estoy seguro de que destruir solo la carrera de Irene sea, en realidad, justicia completa.
Quizá la verdadera pieza que me faltaba no era una prueba documental.
Era ver con mis propios ojos que el daño no terminó la noche en que murió Marta.
Siguió viviendo, sin consecuencias, en la persona que lo causó.
Sara se quedó mirándolo, midiendo con cuidado cada palabra antes de decidir cómo responder, consciente de que estaba presenciando algo que llevaba semanas temiendo sin conseguir nombrarlo del todo: el momento en que el objetivo original de Rubén, ya complicado de por sí, empezaba a ramificarse hacia algo todavía más amplio, más difícil de contener.
—Rubén, si empiezas a incluir a Hugo en esto, las consecuencias se multiplican. No solo legalmente. Emocionalmente. Tendrías que decidir qué hacer con dos personas en lugar de una, y cada decisión adicional es una oportunidad adicional para que algo salga mal.
—Lo sé. —Se levantó, dejando el vaso de agua todavía intacto sobre la mesa, y caminó hasta la ventana del salón, mirando hacia la calle donde, horas antes, el coche de Hugo había estado aparcado—.
Pero también sé que si dejo a Hugo completamente fuera de esto, estaría haciendo exactamente lo mismo que el sistema hizo conmigo: decidir, de manera unilateral, quién merece pagar y quién no, basándome en quién resulta más fácil de alcanzar.
—Eso no es lo mismo en absoluto, y lo sabes.
—Quizá no. Pero tampoco estoy seguro de que sea tan diferente como me gustaría pensar.
Sara no insistió más esa noche, decidiendo que Rubén necesitaba tiempo para procesar lo que la confrontación con Hugo le había revelado antes de tomar cualquier decisión irreversible, aunque la inquietud que sentía, observándolo de pie junto a la ventana con la mirada perdida en la calle vacía, no desapareció en ningún momento del resto de la noche, ni siquiera mucho después de que los dos apagaran finalmente la luz, cada uno despierto por separado, pensando en versiones distintas del mismo miedo.