La madre Capítulo 43 — LA CALLE
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Capítulo 43 — LA CALLE

LA CALLE

Calle residencial, barrio sur de Madrid

Caminaron en silencio durante casi una manzana entera, Hugo todavía recuperándose de la sorpresa de haber sido descubierto con tanta facilidad, Rubén estudiándolo con la misma atención meticulosa con la que había estudiado cada otra pieza de este rompecabezas durante semanas.

—Sé lo que mi madre te hizo —dijo finalmente Hugo, rompiendo el silencio con una voz que intentaba sonar firme y conseguía, sobre todo, sonar desesperada—.

Y sé que tengo que asumir mi parte de responsabilidad en esto.

Pero necesito pedirte que pares. Por favor.

Tengo una familia, hijos, una mujer que no sabe nada de esto.

No puedo permitir que mi vida entera se destruya por algo que pasó cuando yo era un adolescente.

—¿Y la vida de Marta? ¿Esa sí podía destruirse sin ninguna consecuencia para nadie más que para ella?

—Eso fue un accidente. Yo no quería que pasara nada de eso.

—Lo sé. —Rubén se detuvo, girándose hacia él con una calma que resultaba más inquietante que cualquier muestra de rabia—.

He tenido veinticuatro años para pensar en los detalles exactos de esa noche, mucho más tiempo del que tú probablemente le has dedicado en total.

Sé que probablemente fue un accidente. Lo que nunca fue un accidente fue lo que vino después: la decisión de dejar que otra persona cargara con la responsabilidad completa de algo que ni siquiera hizo.

—Eso lo decidió mi madre, no yo. Yo era un niño.

—Tenías diecisiete años. La misma edad que tenía mi sobrina cuando empezó a votar en las elecciones de su instituto, lo bastante mayor para entender la diferencia entre lo correcto y lo conveniente, aunque decidieras, en ese momento y en todos los que vinieron después, no actuar según esa diferencia.

Hugo se quedó callado, incapaz de ofrecer ninguna respuesta frente a una acusación que, en el fondo, sabía que era completamente justa, y en ese silencio, algo en su determinación inicial pareció desmoronarse del todo, dejando paso a un gesto que Rubén no esperaba: Hugo se abalanzó hacia él, sin ninguna técnica, sin ninguna estrategia real, con la torpeza pura de alguien que nunca se ha peleado de verdad en su vida adulta, empujándolo contra la pared de un edificio cercano con una fuerza que sorprendió más por su desesperación que por su efectividad real.

Rubén no contraatacó. Se limitó a sostener los brazos de Hugo con una firmeza que neutralizó el empuje sin necesidad de devolver ningún golpe, dejando que el propio impulso de Hugo se agotara contra una resistencia que no cedía ni se transformaba en violencia adicional.

—Esto no te va a ayudar en nada —dijo, con la misma calma de antes, mientras Hugo, sin aliento y visiblemente avergonzado de su propio arrebato, se quedaba inmóvil contra la pared—. Y confirma exactamente lo que necesitaba saber.

—¿Qué necesitabas saber?

Rubén lo soltó, dando un paso atrás, y se quedó mirándolo con una expresión que mezclaba algo parecido a la lástima con una determinación que no había cambiado ni un grado desde el principio de la conversación.

—Que sigues siendo exactamente el mismo niño asustado de hace veinticuatro años, solo que ahora tienes mucho más que perder.

Hugo se enderezó, todavía recuperando el aliento, con la espalda apoyada contra la pared del edificio y una expresión de derrota que parecía sorprenderlo a él mismo más que a Rubén.

—¿Qué quieres de mí, entonces? Si no es dinero, si no es venganza directa, ¿qué es exactamente lo que esperas conseguir con todo esto?

—No lo sé del todo, todavía. —Rubén se metió las manos en los bolsillos del abrigo, mirando hacia la calle vacía con una calma que contrastaba violentamente con la agitación de Hugo—.

Sé lo que quería al principio: que tu madre sintiera, una vez, lo que se siente cuando el sistema decide en tu contra sin que puedas hacer nada.

Pero cada pieza que he ido descubriendo en las últimas semanas ha complicado esa idea original, y ahora ya no estoy seguro de que el objetivo correcto sea solo ella.

—¿Estás diciendo que vienes a buscarme a mí también?

—Estoy diciendo que todavía no he decidido qué papel tienes en lo que viene después. Pero después de esta conversación, después de ver con mis propios ojos que en veinticuatro años no has cambiado nada esencial, sospecho que esa decisión va a ser más fácil de tomar de lo que esperaba.

Hugo se quedó en silencio, mudo ante lo que acababa de escuchar, y se separó de la pared con las piernas todavía temblando ligeramente, caminando de vuelta hacia su coche sin decir nada más, sintiendo que aquella conversación, breve y físicamente humillante como había sido, le había revelado algo sobre sí mismo que llevaba veinticuatro años evitando mirar de frente.