La madre Capítulo 42 — EL RECONOCIMIENTO
42%

Capítulo 42 — EL RECONOCIMIENTO

EL RECONOCIMIENTO

Calle cercana al apartamento de Sara Bermúdez, Madrid

Rubén notó el coche por primera vez a media tarde, aparcado en un lugar desde el que se podía ver, con cierta claridad, la entrada del edificio donde vivía con Sara.

No era inusual, en sí mismo, ver coches aparcados en esa calle —era una zona residencial con pocos aparcamientos disponibles— pero algo en la manera en que el conductor permanecía dentro, sin salir, sin ninguna actividad aparente que justificara la espera, le activó la misma alerta silenciosa que había desarrollado durante veinticuatro años de prisión, donde aprender a leer las intenciones de los demás antes de que se manifestaran abiertamente había sido, muchas veces, la diferencia entre un día tranquilo y uno violento.

Salió del edificio por la puerta de servicio, dando un rodeo deliberado que le permitió observar el coche desde un ángulo distinto, y entonces lo reconoció: el mismo rostro que había visto, semanas antes, subiendo a un coche frente a una casa en El Viso, rodeado de dos adolescentes con mochilas escolares.

Hugo Salgado.

Rubén sintió, durante un momento, la tentación inmediata de evitarlo, de dar marcha atrás y esperar a que se cansara de vigilar y se marchara, dejando que el encuentro se postergara para un momento que él mismo pudiera controlar mejor.

Pero algo en la situación —la torpeza visible con la que Hugo intentaba pasar desapercibido, la manera en que cambiaba de postura cada pocos minutos como alguien que claramente nunca había hecho algo así antes— le hizo reconsiderar.

Hugo no estaba ahí para hacerle daño. Estaba ahí porque, igual que su madre, había llegado a un punto en que la espera pasiva se había vuelto insoportable, y necesitaba hacer algo, lo que fuera, para sentir que tenía algún control sobre lo que se avecinaba.

Rubén volvió a entrar brevemente en el edificio, subió al apartamento, y se quedó observando desde la ventana del salón, con las cortinas ligeramente entreabiertas, estudiando los movimientos de Hugo con la misma atención clínica que había aplicado a cada otra pieza de este rompecabezas durante días.

Cada pocos minutos, Hugo cambiaba de postura en el asiento del conductor, miraba el teléfono, volvía a guardarlo sin escribir nada, en un patrón de nerviosismo que confirmaba exactamente lo que Rubén ya sospechaba: que aquel hombre no tenía absolutamente ninguna experiencia real en este tipo de confrontación, que toda su vida adulta había transcurrido en un terreno de comodidad construido, sin que él lo supiera del todo, sobre los cimientos de un sacrificio ajeno.

Sara llegó al apartamento poco después, y al ver el coche desde la entrada, subió corriendo las escaleras con una expresión de alarma que Rubén tuvo que calmar antes de que ella misma considerara llamar a la policía.

—Es Hugo Salgado —le explicó—. Lleva ahí más de media hora.

—¿Qué vas a hacer?

—Voy a hablar con él. Es hora de que esta historia tenga, al menos una vez, una conversación directa entre las dos personas que más responsabilidad cargan en ella, sin que ninguna autoridad ni ningún documento medie entre nosotros.

Sara quiso protestar, pedirle que esperara, que pensara con más calma antes de exponerse directamente al hijo de la mujer que llevaba días amenazando, pero algo en la expresión decidida de Rubén le dijo que cualquier objeción llegaría demasiado tarde para cambiar nada.

Rubén caminó directamente hacia el coche, sin ningún intento de ocultarse, y se detuvo junto a la ventanilla del conductor antes de que Hugo, todavía concentrado en vigilar la entrada del edificio, terminara de procesar que el hombre que se acercaba era exactamente la persona a la que había venido a buscar.

—Si vas a seguirme, deberías hacerlo con un coche menos llamativo —dijo Rubén, golpeando suavemente el cristal con los nudillos—. Y deberías cambiar de postura de vez en cuando. Llevas inmóvil casi cuarenta minutos. Cualquiera con un mínimo de entrenamiento te habría detectado en los primeros diez.

Hugo se quedó paralizado durante un segundo entero, con las manos todavía sobre el volante, antes de que su cuerpo reaccionara con una mezcla de pánico y determinación que le hizo bajar la ventanilla en lugar de arrancar y huir, una decisión que sorprendió incluso a Rubén, que había anticipado, basándose en lo que sabía del carácter de Hugo a través de Marina y de sus propias observaciones, una reacción mucho más cobarde.

—Necesito hablar contigo —dijo Hugo, con una voz que apenas conseguía mantener firme.

—Entonces hablemos. Pero no aquí, en mitad de la calle, donde cualquiera podría vernos. Camina conmigo.