Capítulo 41 — LA DIRECCIÓN
LA DIRECCIÓN
Estudio de arquitectura de Hugo Salgado, Madrid
Hugo no le había contado a su madre lo que pensaba hacer, en parte porque sabía que ella intentaría disuadirlo con argumentos que probablemente eran correctos, y en parte porque, por primera vez en su vida adulta, sentía la necesidad de resolver algo por sí mismo, sin que nadie más cargara con el peso de arreglarlo en su lugar.
Llamó a Diego Ferrán esa misma mañana, el antiguo compañero de instituto cuyo primer mensaje, semanas atrás, había desencadenado todo lo que estaba sucediendo ahora.
—Necesito que me ayudes con algo —dijo, sin preámbulos—. Necesito localizar a Rubén Sotelo. En persona.
Diego se quedó callado un momento al otro lado de la línea, con la misma cautela de alguien que empieza a sospechar que ha abierto una puerta mucho más peligrosa de lo que pretendía.
—Hugo, no creo que sea buena idea. Si la periodista esa, Bermúdez, está construyendo algo contra ti, lo último que necesitas es darle munición adicional acercándote a él directamente.
—Necesito hablar con él. De hombre a hombre. Necesito entender qué quiere exactamente, y necesito que sepa que estoy dispuesto a asumir mi parte de responsabilidad, sea lo que sea que eso signifique.
—¿Y si lo que quiere es destruirte? ¿Has pensado en eso?
—Lo he pensado constantemente durante los últimos días, Diego. Y prefiero enfrentarlo directamente que seguir esperando a que decida cuándo y cómo hacerlo.
Diego suspiró, y Hugo pudo escuchar, a través del silencio que siguió, el sonido de unas teclas pulsándose al otro lado de la línea.
—No tengo una dirección exacta de Rubén. Pero tengo algo que podría servirte: la dirección de Sara Bermúdez, la periodista. Si están conectados de la manera en que sospecho, es razonable pensar que él esté viviendo con ella, o al menos pasando mucho tiempo en su apartamento.
—Dámela.
—Hugo, en serio, piénsalo dos veces antes de...
—Dámela, Diego. Por favor.
Diego le dictó la dirección, un apartamento en un barrio del sur de Madrid, con una resignación que dejaba claro que sabía que cualquier advertencia adicional sería inútil frente a la determinación que percibía en la voz de su antiguo compañero de instituto.
Hugo colgó el teléfono, escribió la dirección en una nota de su propio móvil, y se quedó mirándola durante varios minutos, sintiendo una mezcla de determinación y terror que no recordaba haber sentido con tanta intensidad desde la noche misma en que todo esto había empezado, hacía veinticuatro años, en una terraza que todavía visitaba en sueños más a menudo de lo que estaba dispuesto a admitir ante nadie.
Pensó en llamar a Patricia, en contarle al menos parte de lo que estaba a punto de hacer, pero descartó la idea casi tan rápido como se le ocurrió.
Patricia no sabía nada todavía, ni de Marta, ni de Rubén, ni de la decisión que su propia madre había tomado hacía veinticuatro años para protegerlo.
Contárselo ahora, antes de saber siquiera cómo iba a resolverse la situación, solo añadiría una capa más de pánico a algo que ya era suficientemente difícil de gestionar.
Salió del estudio a media tarde, con la excusa improvisada de una reunión con un proveedor que en realidad no existía, y condujo hacia la dirección que Diego le había dado, repasando mentalmente, una y otra vez, lo que pensaba decir cuando finalmente se encontrara cara a cara con el hombre cuya vida entera había quedado destruida por una decisión que ni siquiera había sido suya, sino de su madre, actuando para protegerlo de algo que él mismo, en el fondo, sabía que merecía algún tipo de consecuencia.
Aparcó a media manzana del edificio, apagó el motor, y se quedó observando la entrada con una paciencia que no sabía que poseía, sin saber todavía que la persona a la que esperaba ya lo había detectado mucho antes de lo que él mismo era capaz de imaginar.
Pasaron casi cuarenta minutos sin que nada sucediera, y en ese tiempo Hugo tuvo ocasión de repasar, una y otra vez, las palabras exactas que pensaba usar, ensayando mentalmente distintas versiones de una disculpa que nunca había llegado a articular en voz alta ante nadie, ni siquiera ante sí mismo, en veinticuatro años completos.