Capítulo 40 — EL SUELO DEL DESPACHO
EL SUELO DEL DESPACHO
Domicilio de Irene Salgado, Madrid
Fernando la encontró en el suelo del despacho, no de la planta baja sino del pequeño cuarto que usaba como vestidor en la habitación principal, sentada con la espalda contra la pared y las piernas dobladas contra el pecho, en una postura que él no le había visto adoptar nunca, ni siquiera en los momentos más difíciles de sus treinta años de matrimonio.
—Irene. —Se agachó a su lado, con una urgencia que dejaba claro que esta vez no iba a aceptar ningún «no es nada» como respuesta—. ¿Qué ha pasado?
Ella no contestó enseguida. Tenía el teléfono todavía en la mano, la pantalla apagada hacía varios minutos, y los ojos fijos en un punto indefinido de la pared opuesta, como si todavía estuviera procesando cada palabra de la llamada que acababa de terminar.
—Ha llamado —dijo finalmente, con una voz que Fernando tampoco reconoció del todo, despojada de la firmeza profesional que normalmente la sostenía incluso en los peores momentos—. El hombre del que te hablé. Ha llamado directamente.
—¿Qué te ha dicho?
Irene levantó la vista hacia él, y por primera vez en treinta años de matrimonio, Fernando vio en los ojos de su mujer algo que nunca había estado ahí antes, ni siquiera en los días más duros de su carrera, ni siquiera cuando perdieron a la madre de Irene hacía una década: terror puro, sin ninguna de las capas habituales de control profesional que normalmente lo cubrían todo.
—Necesito contarte algo, Fernando. Algo que debería haberte contado hace muchos años, y que ya no puedo seguir posponiendo.
Fernando se sentó en el suelo junto a ella, sin soltarle la mano, preparándose para lo que fuera que viniera a continuación con la misma determinación silenciosa con la que había afrontado cada crisis anterior de su matrimonio, sin saber todavía que esta era distinta de todas las anteriores, que esta iba a cambiar, de una manera que ninguno de los dos podría predecir todavía con precisión, el resto de la vida que les quedaba por compartir.
—Te escucho. Lo que sea, Irene. Te escucho.
Irene se quedó mirando sus propias manos durante un momento, buscando, sin éxito, alguna manera de empezar que no resultara todavía más brutal que la verdad misma que estaba a punto de contar.
Finalmente, sin levantar la vista, empezó a hablar con una voz que apenas reconocía como propia, distinta de la voz firme y controlada que había usado durante treinta años de matrimonio para hablar de cualquier otro tema, por difícil que fuera.
—Hace veinticuatro años, cuando Hugo tenía diecisiete años, hizo algo terrible. Una chica murió, en una fiesta, después de una discusión con él. Y yo, en lugar de dejar que la justicia siguiera su curso normal, manipulé pruebas para que la culpa cayera sobre otra persona.
Fernando no dijo nada durante un momento que se extendió más de lo que Irene podía soportar sin necesidad de llenarlo con más palabras, más explicaciones, más contexto que pudiera, de alguna manera imposible, hacer que lo que acababa de confesar sonara menos monstruoso de lo que era.
—¿Quién? —preguntó finalmente, con una voz que se esforzaba, sin conseguirlo del todo, por mantenerse neutral—. ¿A quién condenaron en su lugar?
—Un chico de diecinueve años. Rubén Sotelo. Cumplió la condena íntegra, veinticuatro años, sin reducción alguna, porque nunca aceptó fingir un arrepentimiento por algo que no había hecho.
—Y ahora ha salido.
—Hace unos días. Y lo sabe todo, Fernando. Tiene pruebas, documentos, todo lo que necesitaría para destruirme completamente si decide hacerlo.
Fernando se quedó en silencio otra vez, y esta vez Irene no intentó llenar el vacío, esperando, con un terror que no había sentido nunca antes en su vida, la reacción de un hombre al que había mentido, de una manera u otra, durante prácticamente toda la relación que habían construido juntos.
—Necesito tiempo —dijo finalmente Fernando, soltando su mano por primera vez desde que se había sentado a su lado en el suelo—.
No para dejar de quererte, Irene. Eso no va a cambiar esta noche, ni mañana.
Pero necesito tiempo para entender quién es la persona con la que he compartido treinta años de mi vida, porque ahora mismo no estoy seguro de reconocerla del todo.
Se levantó, despacio, y salió de la habitación sin decir nada más, dejando a Irene sentada sola en el suelo del vestidor, con el teléfono todavía en el regazo y la certeza fría de que aquella confesión, por necesaria que hubiera sido, acababa de abrir una distancia entre ellos que ninguna disculpa, por sincera que fuera, podría cerrar de la noche a la mañana.