Capítulo 46 — LO QUE TE HICIERON
LO QUE TE HICIERON
Apartamento de Sara Bermúdez, Madrid
Sara llevaba toda la noche despierta, dándole vueltas a la conversación de Rubén con Hugo, y a la mañana siguiente, antes incluso de que él hubiera terminado el café, decidió decir en voz alta algo que llevaba semanas formándose dentro de ella sin que se atreviera a verbalizarlo del todo.
—Lo que estás haciendo se está pareciendo cada vez más a lo que te hicieron a ti.
Rubén dejó la taza sobre la mesa, despacio, sin ninguna sorpresa visible en su expresión, como si hubiera estado esperando exactamente esa frase desde hacía días.
—Explícate.
—El sistema decidió, hace veinticuatro años, que tu vida importaba menos que la conveniencia de cerrar un caso rápido.
Ahora tú estás decidiendo que la vida de Irene, la de Hugo, posiblemente la de gente que ni siquiera conoces todavía, importa menos que tu necesidad de que paguen por lo que te hicieron.
No estoy diciendo que no tengas derecho a esa necesidad.
Estoy diciendo que el método que estás usando para satisfacerla es exactamente el mismo método que te destruyó.
Rubén se quedó en silencio un buen rato, mirando el vapor que subía de su propio café, dejando que las palabras de Sara se asentaran sin la urgencia habitual con la que solía responder a cualquier objeción.
—¿Qué propones que haga en su lugar?
—No lo sé. Honestamente, no lo sé. Sé que la vía legal formal nunca te dio justicia la primera vez, así que entiendo por qué no confías en ella ahora.
Pero también sé que cada paso que has dado hasta ahora ha implicado entrar en espacios donde no debías estar, manipular a gente que no tenía ninguna culpa, como Marina, y ahora empezar a considerar si Hugo también merece formar parte de tu plan.
Eso no es justicia, Rubén. Es venganza con una contabilidad muy cuidadosa.
—¿Prefieres que pare?
La pregunta cayó sobre la cocina con un peso que Sara no esperaba, y se dio cuenta, mientras intentaba formular una respuesta, de que llevaba semanas evitando precisamente esa pregunta, ayudándolo en cada paso sin permitirse examinar del todo hacia dónde conducía el conjunto.
—No sé si quiero que pares —admitió finalmente, con una honestidad que la sorprendió incluso a ella misma—.
Quiero que tengas justicia. Quiero que el mundo sepa lo que te hicieron.
Pero también empiezo a tener miedo de en qué te estás convirtiendo para conseguirlo, y no sé cómo separar esas dos cosas sin traicionar alguna de las dos.
Rubén asintió, despacio, sin ofrecer ningún consuelo fácil ni ninguna promesa que ambos supieran que probablemente no podría cumplir del todo.
—Dame un poco más de tiempo, Sara. Cuando esto termine, sea como sea que termine, prometo que vamos a tener esta conversación con toda la calma que merece. Pero ahora mismo no puedo parar a mitad de camino. No después de todo lo que ya he puesto en marcha.
Sara no insistió más, aunque la inquietud que sentía no desapareció en ningún momento del resto de la mañana, quedándose con ella como un peso constante mientras observaba a Rubén prepararse para salir, con la misma determinación metódica de siempre, hacia la siguiente pieza de un plan que ella ya no estaba segura de seguir comprendiendo del todo.
Se quedó sentada en la cocina mucho después de que él se marchara, repasando mentalmente cada paso que habían dado juntos desde la salida de prisión: la fotografía, el código en el coche, la carta certificada, el bolígrafo en la caja fuerte.
Cada uno de esos pasos, visto de manera aislada, le había parecido en su momento una respuesta proporcionada a una injusticia real y documentada.
Pero ahora, viéndolos en conjunto, como un patrón completo de comportamiento, empezaba a reconocer en ellos algo que la inquietaba mucho más de lo que estaba dispuesta a admitir incluso ante sí misma.
Pensó en los años que ella misma había dedicado a este caso, primero como estudiante de periodismo fascinada por una injusticia evidente, después como profesional comprometida con desenterrar la verdad completa, sin importar cuánto tiempo tardara ni cuántas puertas se le cerraran en el proceso.
Nunca había imaginado, en todos esos años, que el día en que finalmente consiguiera ayudar a Rubén a recuperar algo parecido a la justicia, terminaría sintiendo este tipo de ambivalencia sobre los métodos exactos que él había elegido para conseguirla.
Encendió el ordenador, abrió un documento en blanco, y empezó a escribir, sin saber todavía si aquellas notas terminarían convirtiéndose algún día en un artículo, o si simplemente necesitaba procesar por escrito, con la misma disciplina profesional que aplicaba a cualquier investigación, la complejidad moral de la situación en la que se encontraba.