La madre Capítulo 38 — LA LLAMADA OCULTA
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Capítulo 38 — LA LLAMADA OCULTA

LA LLAMADA OCULTA

Domicilio de Irene Salgado, Madrid

El teléfono sonó a las diez y cuarto de la noche, con un número que la pantalla mostraba simplemente como «Desconocido», sin ningún prefijo identificable, sin ningún patrón que Irene pudiera reconocer de ninguna llamada anterior.

Se quedó mirando la pantalla durante varios segundos, con Fernando ya dormido en la habitación contigua, sintiendo una certeza que no necesitaba ninguna confirmación racional para sentirse absoluta.

Contestó.

—¿Sí?

Silencio al otro lado. No el silencio vacío de una llamada perdida o una conexión fallida, sino un silencio con presencia, con la textura concreta de alguien que está ahí, escuchando, decidiendo el momento exacto en que va a hablar.

—Irene Salgado —dijo finalmente una voz de hombre, calmada, sin ninguna prisa, con una precisión en cada sílaba que sugería a alguien que había ensayado esas dos palabras durante mucho más tiempo del que cualquiera podría imaginar.

—¿Quién es usted?

—Sabe exactamente quién soy. Lleva semanas sabiéndolo, desde la primera fotografía.

Irene se quedó de pie en mitad de la cocina, con el teléfono pegado a la oreja con tanta fuerza que empezaba a dolerle.

La voz al otro lado de la línea, esa voz que durante veinticuatro años había existido sólo como una abstracción en su cabeza, una pieza más de un expediente cerrado, se convertía de pronto en algo completamente real, con un timbre concreto, con un acento que situaba a su dueño en algún lugar de Madrid sin más precisión que esa.

—¿Qué quiere?

—Hablar. Solo eso, por ahora. —Una pausa, calculada, antes de continuar—. Lleva veinticuatro años construida sobre algo que decidió hacer en cuarenta y ocho horas. Yo he pasado el mismo tiempo exacto pensando en este momento, en esta llamada concreta, en lo que iba a decirle cuando por fin llegara.

—¿Y qué va a decirme?

—Que sé exactamente lo que hizo. Que tengo todas las pruebas que necesito para demostrarlo. Y que la única pregunta que todavía no he decidido cómo responder es qué voy a hacer con esa información, ahora que finalmente tengo su atención completa.

Irene se apoyó contra la encimera de la cocina. Las piernas, de pronto, no le sostenían con la firmeza habitual, y se obligó a mantener la voz lo más controlada posible, aunque cada palabra le costaba un esfuerzo que esperaba que él no pudiera detectar.

—¿Por qué ahora?

—Porque quería que tuviera tiempo de entender, por sí misma, cada pieza que le he ido enviando, antes de escuchar mi voz por primera vez. Quería que el peso se acumulara despacio, no de golpe. Imagino que eso suena cruel. No tengo ninguna intención de disculparme por ello.

—¿Cómo entró en mi casa?

—Esa es una pregunta sobre el método. No voy a contestarla, porque el método no es lo importante.

Lo importante es que entendiera, con esa entrada concreta, que no hay ningún espacio en su vida que pueda considerar completamente seguro, igual que yo nunca tuve ningún espacio seguro durante veinticuatro años, ni siquiera el espacio diminuto de mi propia celda, que el sistema podía revisar, registrar y alterar sin necesitar ninguna explicación.

Irene cerró los ojos un momento. Cada palabra de Rubén estaba construida con la misma precisión calculada que ella misma había usado, hacía veinticuatro años, para construir argumentos que sonaran razonables incluso cuando no lo eran del todo.

—¿Qué espera que haga ahora?

—Por ahora, nada. Solo quería que escuchara mi voz, que entendiera que detrás de cada objeto que ha encontrado hay una persona real, con una historia real, no una amenaza abstracta que pueda resolver con suficiente tiempo y suficientes contactos.

Irene se quedó callada un momento, apoyada todavía contra la encimera. La conversación, lejos de terminar, apenas empezaba a abrir un espacio que los dos, de alguna manera extraña, necesitaban llenar después de veinticuatro años de silencio mutuo.

—¿Por qué me cuenta todo esto por teléfono, en vez de venir a buscarme en persona? —preguntó finalmente, casi sin pensarlo, genuinamente curiosa por primera vez desde que había contestado.

—Porque todavía no estoy seguro de qué versión de mí mismo se presentaría delante de usted si lo hiciéramos cara a cara tan pronto. El teléfono me da una distancia que necesito, por ahora, para seguir pensando con claridad.