La madre Capítulo 37 — LA CONFRONTACIÓN
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Capítulo 37 — LA CONFRONTACIÓN

LA CONFRONTACIÓN

Despacho de Irene Salgado, Audiencia Provincial de Madrid

—No entiendo por qué me pregunta esto, señoría. —Marina empezaba a notar, por fin, que aquella conversación no era una verificación rutinaria, y la alarma en su voz crecía con cada pregunta adicional—. ¿He hecho algo mal?

—Necesito que me digas exactamente qué le has contado a ese hombre. Cada detalle que recuerdes.

—Cosas normales. Que llevábamos un caso complicado, el de la señora Olmedo. Que usted tiene la entrevista del Supremo... —Marina se detuvo, y por primera vez algo parecido al miedo cruzó su expresión—. Señoría, ¿quién es ese hombre? ¿He puesto en peligro algo?

Irene se quedó mirándola un momento, calculando cuánto podía revelar sin convertir a Marina en alguien que entendiera demasiado, y decidió, finalmente, ofrecer solo la parte de la verdad estrictamente necesaria.

—Ese hombre está relacionado con un caso antiguo que tuve hace muchos años.

Un caso que se ha vuelto a abrir, de manera extraoficial, y que podría tener implicaciones serias para mí.

No has hecho nada deliberadamente mal, Marina, pero necesito que entiendas que cualquier información que le hayas dado, sin saberlo, puede haber sido usada en mi contra.

Marina se quedó pálida, procesando la idea de que sus conversaciones despreocupadas con un desconocido amable hubieran servido, sin que ella tuviera ninguna manera de saberlo, como una fuente de información para alguien con intenciones que ni siquiera podía empezar a imaginar.

—Lo siento muchísimo, señoría. Si hubiera sabido...

—No podías saberlo. Por eso es tan efectivo lo que ha hecho.

—Irene se levantó, caminando hasta la ventana con las manos firmemente entrelazadas detrás de la espalda, una postura que llevaba usando toda su carrera para proyectar control incluso en los momentos en que sentía exactamente lo contrario—.

Necesito que a partir de ahora seas extremadamente cuidadosa con cualquier persona nueva que se acerque a ti, especialmente si parece interesada, aunque sea de manera casual, en mi trabajo.

Y necesito que, si ese hombre vuelve a aparecer, me lo digas inmediatamente, sin hablar con él, sin darle ninguna información adicional.

—Por supuesto, señoría. Lo siento mucho.

—No es culpa tuya, Marina. —Irene se giró hacia ella, suavizando por un momento el tono profesional que había mantenido durante toda la conversación—. Es culpa de alguien que sabe exactamente cómo aprovecharse de la confianza de la gente buena. Vamos a asegurarnos de que no vuelva a conseguirlo.

Marina asintió, todavía visiblemente afectada, y se quedó un momento más sentada frente al escritorio, como si necesitara ese tiempo adicional para terminar de procesar la magnitud de lo que acababa de descubrir sobre sus propias conversaciones de los últimos meses.

—Señoría, si me permite preguntarlo... ¿hay algo más que debería saber? Para protegerme mejor, quiero decir. Para reconocer si alguien más intenta acercarse con las mismas intenciones.

Irene se quedó pensando la respuesta más tiempo del que la pregunta, en apariencia sencilla, debería haber requerido.

—Lo más importante que necesitas saber es que esta persona es extremadamente paciente y extremadamente inteligente.

No va a presentarse como una amenaza obvia.

Va a parecer exactamente lo que parecía él: alguien simpático, interesado en ti como persona, sin ninguna otra intención visible.

Esa es precisamente la razón por la que funciona tan bien.

—¿Debería preocuparme por mi propia seguridad?

La pregunta golpeó a Irene con una fuerza que no esperaba, obligándola a confrontar, por primera vez de manera tan directa, la posibilidad de que su propio silencio durante todas estas semanas hubiera puesto en riesgo a alguien completamente inocente, alguien que solo había cometido el error de confiar en la persona equivocada en el momento equivocado, exactamente la misma descripción que Rubén había usado para describirse a sí mismo hacía veinticuatro años.

—No creo que tenga ningún interés en hacerte daño directamente, Marina. Su interés está centrado en mí. Pero quiero que tengas cuidado, de todas formas, y que confíes en tu instinto si algo te parece extraño en el futuro.

Marina se levantó para marcharse, todavía con preguntas que claramente no se atrevía a formular, y al llegar a la puerta se detuvo un momento, mirando hacia atrás con una expresión que mezclaba lealtad profesional y una preocupación genuina que Irene no esperaba sentir tan profundamente como la sintió en ese instante.

—Lo que necesite, señoría, cuente conmigo. Llevamos nueve años trabajando juntas. Sea lo que sea esto, no voy a dejar que le pase nada malo si está en mi mano evitarlo.

Irene esperó a que la puerta se cerrara del todo antes de permitirse, finalmente, dejar que la expresión de control profesional que había mantenido durante toda la conversación se desmoronara un poco, comprendiendo que la lealtad genuina de Marina, en ese momento concreto, le resultaba casi más difícil de soportar que cualquier amenaza directa que hubiera recibido hasta entonces.