Capítulo 36 — LA SOSPECHA SOBRE MARINA
LA SOSPECHA SObrE MARINA
Audiencia Provincial de Madrid
El fin de semana le había dado a Irene tiempo suficiente para repasar, con la metodología analítica de toda una vida profesional, cada posible vía por la que alguien hubiera podido obtener acceso a información tan específica sobre su caso original, su rutina diaria, y ahora, su propia casa.
Llegó a una conclusión que no le gustó nada: alguien con acceso a su entorno inmediato, alguien capaz de observar sus rutinas sin levantar sospechas, tenía que estar proporcionando, consciente o inconscientemente, información que terminaba llegando hasta Rubén Sotelo.
Revisó, primero, los registros de entrada al edificio de los últimos dos meses, buscando cualquier visitante inusual, cualquier patrón que se desviara de lo normal.
Después, con más reticencia, empezó a revisar algo que nunca había considerado necesario revisar antes: los movimientos de Marina, su letrada de confianza durante nueve años, la persona con más acceso directo a su agenda, sus documentos, y los detalles más íntimos de su rutina profesional.
No encontró nada concluyente en los registros oficiales.
Pero al revisar las cámaras de seguridad de la cafetería frente al edificio —un favor que pidió, sin explicar el motivo exacto, a un antiguo contacto en la policía municipal que gestionaba las cámaras de tráfico de la zona— encontró algo que le heló la sangre: Marina, sentada en la misma mesa, en al menos cuatro ocasiones distintas durante el último mes, con un hombre cuya cara, en las imágenes granuladas de las cámaras de baja resolución, no conseguía identificar con certeza, pero cuya complexión y forma de moverse le resultaban inquietantemente familiares.
Pasó casi una hora repasando las grabaciones, fotograma a fotograma, intentando capturar un ángulo lo bastante claro de la cara del hombre para poder compararlo con algo, con cualquier imagen que pudiera tener de Rubén Sotelo, aunque la única que existía era la fotografía granulada de hacía veinticuatro años que ella misma había manejado durante el juicio, y que ya no estaba del todo segura de que coincidiera con el aspecto que tendría ahora un hombre de cuarenta y tres años después de dos décadas y media de prisión.
La complexión coincidía. La altura, calculada de manera aproximada comparando con el marco de la puerta de la cafetería, también. Pero sin una imagen clara de la cara, Irene no podía confirmar nada con la certeza absoluta que necesitaba antes de actuar.
Llamó a Marina a su despacho esa misma tarde, con un pretexto administrativo cualquiera, y la observó con una atención que Marina, acostumbrada a la confianza habitual entre las dos, no pareció notar al principio.
—Marina, necesito preguntarte algo, y necesito que seas completamente honesta conmigo.
—Por supuesto, señoría. ¿Qué pasa?
—¿Has hablado con alguien, en las últimas semanas, sobre mi agenda? ¿Sobre mis casos, mis horarios, cualquier detalle de mi trabajo?
Marina se quedó pensativa un momento, sin ninguna alarma visible todavía en su expresión, repasando mentalmente sus propias conversaciones recientes con la inocencia de quien no tiene absolutamente nada que ocultar.
—He hablado con un hombre, en la cafetería de enfrente, varias veces. Es simpático, comemos cerca, hablamos de cosas generales. No le he contado nada confidencial, señoría, solo... cosas normales. Sobre el trabajo en general, lo duro que es a veces, ese tipo de cosas.
El estómago de Irene se contrajo con una certeza fría que ya no necesitaba ninguna confirmación adicional.
—Descríbemelo. Con todo el detalle que puedas.
Marina lo describió con la precisión incómoda de alguien que, sin saberlo, ha estado prestando mucha más atención de la que admitiría a un desconocido: pelo oscuro, con algunas canas prematuras, una manera particular de sostener la taza de café con las dos manos, una cicatriz pequeña cerca de la ceja izquierda que solo se notaba si te fijabas con atención.
Cada detalle que añadía confirmaba, con una precisión que a Irene le resultaba casi insoportable, que el hombre que había estado cultivando la confianza de Marina durante semanas no podía ser ninguna otra persona.
—Señoría, está empezando a asustarme con tantas preguntas. ¿Quién es ese hombre, de verdad?
Irene se quedó mirando a Marina, calculando exactamente cuánto podía revelar sin exponerse demasiado, sabiendo que cualquier mentira adicional, en este momento concreto, podría costarle la última persona de su entorno profesional en la que todavía confiaba sin reservas.
—Es alguien de un caso muy antiguo, de hace muchos años. No puedo darte más detalles ahora mismo, pero necesito que confíes en mí cuando te digo que esto es serio, y que no debes volver a hablar con él bajo ninguna circunstancia.