Capítulo 33 — LA CONFIRMACIÓN
LA CONFIRMACIÓN
Despacho de Joaquín Ferrer, calle Alcalá, Madrid
El despacho de Joaquín Ferrer ocupaba la segunda planta de un edificio antiguo cerca de la Puerta de Alcalá, con las paredes cubiertas de diplomas enmarcados y certificaciones de cursos de grafología forense acumulados durante más de tres décadas de ejercicio profesional.
—Ha dicho por teléfono que se trata de un asunto de herencia —dijo Ferrer, ajustándose las gafas mientras extendía sobre la mesa las dos copias que Rubén le había entregado, la declaración original y una muestra de comparación que Rubén había conseguido, semanas antes, de otro documento público firmado por la misma persona en una fecha posterior—.
Documentos de hace casi un cuarto de siglo.
Eso complica un poco el análisis, pero no lo imposibilita.
—Entiendo que necesita tiempo.
—Un par de días, para hacerlo con el rigor que un caso como este merece.
—Ferrer se inclinó sobre los documentos, examinando con una lupa de aumento los trazos de cada firma, comparándolos con una atención que a Rubén le recordó, incómodamente, la misma atención meticulosa con la que él mismo había estudiado el expediente durante años—.
Pero le puedo decir, incluso ahora, sin necesidad del análisis completo, que hay algo que llama la atención de inmediato.
—¿Qué es?
—Mire aquí. —Ferrer señaló un punto concreto de la firma cuestionada—.
La presión del trazo cambia de manera abrupta en este punto exacto, algo que normalmente indica una pausa, una vacilación, como si la persona que firmó hubiera necesitado un segundo de más para decidir cómo continuar.
Eso no es típico de una firma genuina, donde el gesto suele ser fluido de principio a fin, casi automático.
Es mucho más típico de alguien intentando reproducir la firma de otra persona, deteniéndose justo donde su memoria del trazo original se vuelve menos segura.
Rubén sintió que algo en su pecho, una tensión que llevaba semanas cargando sin nombrarla del todo, se aflojaba ligeramente por primera vez.
—¿Está diciendo que la firma es falsa?
—Estoy diciendo que hay indicios preliminares fuertes en esa dirección.
El informe completo, con el análisis comparativo detallado, podría confirmarlo con un grado de certeza que cualquier tribunal tomaría en serio.
Pero antes de seguir adelante, señor... —Ferrer consultó sus notas— Sotelo, necesito preguntarle algo directamente, porque mi experiencia me dice que las herencias familiares rara vez requieren este nivel de precisión forense.
¿Hay algo más en juego aquí de lo que me ha contado?
Rubén se quedó callado un momento, calculando, como hacía con cada decisión desde que había salido de prisión, exactamente cuánta verdad podía permitirse revelar sin comprometer nada esencial.
—Hay más en juego de lo que le he contado. Pero por ahora, solo necesito el informe técnico. El resto, cuando llegue el momento, se lo explicaré con todo el detalle que merece.
Ferrer lo miró un momento más, con la curiosidad profesional de alguien que ha visto, a lo largo de los años, demasiados casos extraños para sorprenderse con facilidad, y finalmente asintió, volviendo su atención a los documentos.
—Tendrá el informe el lunes.
Rubén se levantó para marcharse, pero antes de llegar a la puerta, Ferrer añadió algo más, sin levantar la vista de los papeles que ya había empezado a organizar sobre su mesa de trabajo.
—Una última cosa, señor Sotelo. En treinta y dos años de profesión, he visto muchos documentos antiguos relacionados con herencias, divorcios, disputas familiares de todo tipo.
Casi nunca llegan acompañados de la tensión que he notado en usted durante esta consulta.
No es asunto mío preguntarle más de lo que está dispuesto a contarme, pero si en algún momento necesita que mi informe se presente formalmente ante alguna instancia oficial, quiero que sepa que mi trabajo se sostiene exclusivamente sobre la evidencia técnica, sin importar quién sea el cliente ni cuáles sean las consecuencias de mis conclusiones.
—Es exactamente lo que necesito que sea.
Salió del despacho hacia la calle Alcalá con una sensación que no había sentido en mucho tiempo: la certeza tranquila de que, por primera vez desde que había salido de prisión, estaba construyendo algo con la solidez suficiente para sostenerse por sí mismo, independientemente de lo que decidiera hacer con ello después.
Caminó varias manzanas sin rumbo concreto, dejando que el ruido de la ciudad le llenara la cabeza de algo distinto de los cálculos constantes que llevaba semanas haciendo, permitiéndose, por unos minutos, la ilusión momentánea de que aquello que estaba construyendo podría, eventualmente, terminar de una manera que no implicara seguir cargando con el peso de Irene Salgado durante el resto de su vida.