Capítulo 34 — EL DESPACHO DE CASA
EL DESPACHO DE CASA
Domicilio de Irene Salgado, Madrid
Irene llegó a casa más tarde de lo habitual, después de una sesión del caso Olmedo que se había alargado por las conclusiones finales de la defensa, y encontró la casa en silencio: Fernando había salido a cenar con su hermano, un compromiso que llevaba semanas en el calendario y que, esa noche concreta, Irene se alegró de que existiera, porque necesitaba unos minutos completamente sola antes de tener que volver a fingir cualquier cosa delante de nadie.
Subió al despacho de la planta de arriba, la habitación donde guardaba sus documentos personales, sus libros de derecho, y la caja fuerte detrás de la balda que llevaba semanas convertida en el centro silencioso de toda su ansiedad.
Encendió la luz, y se detuvo en el umbral antes de terminar de entrar.
Algo estaba fuera de lugar.
No de una manera obvia, no como si alguien hubiera revuelto los cajones o tirado los libros de las estanterías.
Era algo mucho más sutil, mucho más inquietante precisamente por su sutileza: la silla de su escritorio, que ella siempre dejaba orientada hacia la ventana, estaba girada ligeramente hacia la puerta, como si alguien se hubiera sentado en ella y, al levantarse, no hubiera conseguido devolverla a su posición exacta original.
Caminó hacia la balda de libros con las piernas más rígidas de lo que le habría gustado admitir, y la apartó con cuidado, revelando la caja fuerte detrás. La rueda de combinación estaba en una posición distinta de la que ella recordaba haber dejado la última vez que la cerró, hacía solo dos días.
El corazón le latió con una violencia que no recordaba haber sentido nunca, ni siquiera en los momentos más tensos de su carrera judicial, mientras marcaba la combinación con dedos que apenas conseguía controlar.
La caja se abrió. Todo seguía dentro: las joyas de su madre, el dinero en efectivo, la carpeta con los documentos del caso original.
Pero encima de la carpeta, donde ella sabía con certeza que no había nada la última vez que la cerró, había un objeto nuevo: un bolígrafo, antiguo, de los que ya no se fabricaban, con una inscripción diminuta grabada en el cuerpo metálico que Irene no necesitó acercar a la luz para reconocer, porque la reconoció en el instante exacto en que sus dedos lo tocaron.
Era el bolígrafo que ella misma había usado, hacía veinticuatro años, para falsificar las dos firmas.
El bolígrafo que había dado por perdido, hacía años, sin volver a pensar en él, sin sospechar nunca que alguien pudiera haberlo conservado, guardado, esperando exactamente este momento para devolverlo a su sitio.
No habían entrado en su despacho del trabajo, ni en su coche.
Habían entrado en su casa.
Se sentó en el suelo del despacho, con la espalda contra la pared, sosteniendo el bolígrafo entre los dedos con una delicadeza que no sabía explicar del todo, como si aquel objeto diminuto pudiera, de algún modo, hacerle daño físico además del daño que ya le estaba haciendo simplemente con su presencia.
Repasó mentalmente cada sistema de seguridad de la casa: la alarma que Fernando insistía en activar cada noche, las cerraduras que habían cambiado hacía apenas dos años después de un intento de robo en la calle vecina, las cámaras que cubrían la entrada principal y el jardín trasero.
Nada de eso había servido de nada. Quien había entrado conocía exactamente cómo desactivar o evitar cada uno de esos sistemas, con la misma precisión metódica con la que había accedido a su coche, había conseguido fotografías que solo deberían existir en archivos oficiales sellados.
Pensó, con una lucidez repentina que la asustó más que cualquier otra cosa hasta ese momento, que quizá no era solo un hombre actuando solo.
Quizá había alguien más, alguien con conocimientos técnicos que Rubén Sotelo, con veinticuatro años de aislamiento carcelario, no podría haber adquirido por sí mismo.
Esa posibilidad, la de no saber exactamente cuántas personas estaban involucradas ni qué recursos tenían disponibles, le resultó, de algún modo, todavía más aterradora que la certeza de un solo enemigo con un objetivo claro.
Guardó el bolígrafo de nuevo en la caja fuerte, cerró la puerta, y se quedó sentada un rato más en el suelo de su propio despacho, en su propia casa, comprendiendo que ningún espacio, ni siquiera el más íntimo, era ya completamente suyo.