La madre Capítulo 32 — EL PERITO
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Capítulo 32 — EL PERITO

EL PERITO

Apartamento de Sara Bermúdez, Madrid

—¿Cuándo decidiste esto? —preguntó, encontrando a Rubén en la cocina, preparando café con la misma meticulosidad con la que hacía todo lo demás.

—Hace tres días. Necesitamos una opinión profesional sobre las firmas, alguien con credenciales que un tribunal tendría que tomar en serio si esto llega tan lejos.

—Rubén, presionarla con objetos en su coche es una cosa. Llevar las pruebas a un perito oficial es otra completamente distinta. Eso ya no es advertirla. Eso es empezar a construir un caso formal.

—Es exactamente lo que es. —Rubén se sirvió el café, sin alterar el tono calmado que mantenía en cada conversación de este tipo—.

Y es exactamente lo que tenía que pasar en algún momento, Sara.

No puedo seguir indefinidamente con advertencias y fotografías.

En algún punto, esto tiene que convertirse en algo que un tribunal pueda usar, si ella decide no hacer lo correcto por su cuenta.

—¿Y si el perito identifica algo que comprometa el modo en que conseguiste las copias? ¿Si pregunta de dónde sacaste los documentos originales para comparar las firmas?

—Le he dicho que son copias de un expediente familiar antiguo, relacionado con una herencia disputada. No tiene ninguna razón para no creérmelo, y no necesita saber más que eso para hacer su trabajo.

Sara se quedó mirándolo, reconociendo en la fluidez de la respuesta la misma habilidad que Rubén había desarrollado durante años para anticipar cada pregunta antes de que se formulara, una habilidad que en otro contexto ella misma habría admirado profesionalmente, y que ahora, dirigida hacia el objetivo que era, le producía una inquietud que no conseguía aplacar del todo.

—Esto ya no tiene vuelta atrás, ¿verdad? En el momento en que un perito oficial emita un informe, da igual lo que decidas hacer después con ese informe. Va a existir.

—Exactamente. —Rubén la miró directamente, con una expresión que por primera vez en días dejaba ver algo parecido a la duda—.

Y necesito que ese informe exista, Sara, porque sin él, todo lo que tengo es la palabra de un hombre que ya fue condenado una vez por un jurado que no le creyó.

Con él, tengo algo que cualquier tribunal tendría que tomar en serio, independientemente de quién lo presente.

Sara se sentó frente a él, y se quedó en silencio un momento, pensando en todos los años que había dedicado a este caso desde el otro lado, como periodista, como abogada de oficio, siempre desde fuera del sistema que tenía la capacidad real de cambiar algo.

Ahora, viendo a Rubén construir metódicamente las piezas de un caso formal, sintió un vértigo casi profesional: estaba presenciando, en tiempo real, la construcción del expediente que ella misma había soñado durante casi dos décadas con poder presentar algún día, solo que esta vez no era ella quien lo construía, sino el hombre cuya inocencia había defendido durante tanto tiempo sin éxito.

—¿Has pensado en lo que vas a hacer si el informe confirma todo lo que sospechas?

—preguntó finalmente—. No el plan de presión que has estado construyendo.

Me refiero a después. Cuando todo esto termine, sea como sea que termine, ¿qué va a quedar de tu vida que no esté organizado alrededor de Irene Salgado?

Rubén no contestó enseguida, y el silencio que siguió le dijo a Sara más de lo que cualquier respuesta inmediata habría podido decirle.

—No lo he pensado —admitió finalmente—. Y creo que es porque, en algún nivel, todavía no consigo imaginar que exista una versión de mi vida después de esto.

Durante veinticuatro años, cada día tenía el mismo propósito exacto: sobrevivir hasta el siguiente, sin perder de vista por qué merecía la pena seguir haciéndolo.

No sé qué se supone que tengo que hacer con los días, una vez que ese propósito deje de existir.

—Eso me preocupa más que cualquier cosa que le hayas hecho a ella hasta ahora.

—Lo sé. —La miró, y por primera vez desde que se conocían, algo en su expresión pareció pedirle, sin palabras, que no insistiera más en esa dirección, al menos no esa tarde—.

Dame tiempo para llegar hasta el final de esto, Sara.

Después, te prometo que voy a pensar en serio en la pregunta que me acabas de hacer.

Sara asintió, sin estar del todo convencida, pero decidiendo, una vez más, conceder a Rubén el margen de confianza que llevaba tiempo extendiéndole, incluso cuando cada nueva pieza del plan la acercaba más a la sensación de que estaba ayudando a construir algo que, en el fondo, no sabía si terminaría salvando a Rubén o consumiéndolo del todo.