La madre Capítulo 29 — EL PARADERO
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Capítulo 29 — EL PARADERO

EL PARADERO

Despacho de Irene Salgado, Audiencia Provincial de Madrid

Irene decidió, después de la conversación con Fernando y de la visita de Hugo, que ya no podía seguir reaccionando únicamente a lo que Rubén decidiera hacer.

Necesitaba saber dónde estaba, cómo vivía, con quién, y la única manera de conseguir esa información sin levantar sospechas oficiales era a través de canales que ella misma pudiera controlar completamente.

Llamó a un antiguo compañero de la judicatura, Fermín Alarcón, que se había especializado durante años en derecho administrativo y mantenía, por motivos profesionales legítimos, contactos en el padrón municipal que podían ahorrarle semanas de trámites a cualquiera dispuesto a pedir el favor adecuado.

—Necesito localizar el domicilio actual de una persona. Nada oficial, solo para confirmar un dato.

—¿De qué se trata, Irene? Normalmente no me pides este tipo de cosas.

—Un asunto personal. Preferiría no entrar en detalles.

Fermín se quedó callado un momento, y cuando volvió a hablar, su tono había cambiado, perdiendo la cordialidad rutinaria de los primeros minutos de la llamada.

—Mira, te voy a dar el dato que pides, porque hemos trabajado juntos muchos años y confío en que sabes lo que haces.

Pero quiero decirte algo primero, como amigo: este tipo de consultas, aunque sean informales, dejan rastro.

Si alguna vez alguien revisa con quién has hablado en las últimas semanas, en qué contexto, esto va a aparecer.

Y si lo que estás investigando tiene algo que ver con tu candidatura al Supremo, te recomendaría mucho cuidado con cuántas piedras más mueves antes de esa entrevista.

Irene sintió que la advertencia, aunque bien intencionada, le caía encima con un peso adicional que no necesitaba en ese momento.

—Lo tendré en cuenta. Gracias, Fermín.

—Te mando el dato en un par de horas.

La información llegó, efectivamente, dos horas después: una dirección en un barrio del sur de Madrid, un apartamento alquilado a nombre de una tal Sara Bermúdez Ochoa, donde, según el registro municipal, también figuraba empadronado, desde hacía unos días, un tal Rubén Sotelo Marchena.

Irene se quedó mirando la dirección durante un buen rato, sintiendo que ahora tenía algo concreto, un lugar físico al que podría, si quisiera, presentarse en persona.

Imaginó, durante un instante, cómo sería esa conversación: ella de pie frente a la puerta de un apartamento desconocido, esperando a que alguien abriera, sin saber exactamente qué palabras usar para empezar algo que llevaba veinticuatro años posponiendo.

Pero junto a esa información llegaba también la advertencia de Fermín, resonando con una claridad incómoda: cada paso que daba para protegerse dejaba, a su vez, un rastro nuevo que alguien, en algún momento, podría seguir hasta llegar exactamente a ella.

Abrió un mapa en el ordenador y localizó la dirección exacta, estudiando la zona con la misma atención meticulosa que aplicaría a cualquier expediente profesional: un edificio de apartamentos de tamaño medio, en una calle tranquila, sin nada que llamara especialmente la atención salvo el hecho de que, en algún piso de ese edificio, vivía el hombre que tenía en su poder la información capaz de destruir todo lo que ella había construido durante veinticuatro años.

Se preguntó cuántas veces, durante esos mismos días, Rubén habría hecho exactamente lo mismo que ella estaba haciendo ahora: estudiar un mapa, memorizar una dirección, imaginar una conversación que llevaba años posponiendo.

La simetría de la situación, lo similares que resultaban sus posiciones respectivas pese a estar en lados completamente opuestos de la misma historia, le produjo una sensación de vértigo que no consiguió nombrar del todo antes de cerrar el ordenador y guardar la dirección en un lugar de su memoria que no necesitaba ningún papel para recordar.

Salió del despacho ya entrada la tarde, con la dirección repitiéndose en su cabeza como una letanía que no conseguía silenciar, y condujo hacia su casa por una ruta más larga de la habitual, sin ninguna razón concreta para hacerlo salvo la necesidad de tener unos minutos más antes de tener que volver a fingir, delante de Fernando, que aquel día había sido exactamente igual que cualquier otro, exactamente igual que todos los días tranquilos que ya empezaban a parecerle, en retrospectiva, pertenecientes a otra vida distinta de la suya.