Capítulo 30 — LA DECLARACIÓN
LA DECLARACIÓN
Domicilio de Irene Salgado, Madrid
El correo certificado llegó a media tarde, mientras Irene todavía estaba en el trabajo, y fue Fernando quien lo recibió, firmando el acuse de recibo sin sospechar que el remitente, identificado solo con las iniciales R.S.M.
y una dirección de un barrio que no significaba nada para él, iba a cambiar por completo el resto de la noche.
—Esto llegó para ti —dijo, dejando el sobre acolchado sobre la mesa de la cocina en cuanto Irene entró por la puerta—. Certificado. Tuve que firmar.
Irene reconoció las iniciales del remitente antes incluso de que su mente terminara de procesar conscientemente lo que significaban, con esa misma rapidez instintiva con la que un cuerpo reconoce el peligro antes de que la razón consiga ponerle nombre.
—Gracias. Voy a revisarlo en el despacho.
—¿Va todo bien?
—Sí. Trabajo.
Subió al despacho con el sobre todavía sin abrir, cerró la puerta, y se sentó frente al escritorio con las manos temblando lo suficiente para que le costara dos intentos rasgar el papel por el borde correcto.
Dentro había una sola hoja: una fotocopia, de una calidad casi perfecta, de la declaración original que ella misma había redactado y manipulado hacía veinticuatro años, con las dos firmas alteradas marcadas con un círculo a lápiz, y al final, escrito con la misma letra pequeña y precisa de las dos comunicaciones anteriores, una nota breve:
Esto es solo una copia. El original sigue exactamente donde lo dejaste, esperando.
Y hay diecinueve páginas más donde se explica, con todo el detalle que un tribunal necesitaría, por qué estas firmas no coinciden con el resto del expediente.
Tienes hasta que se confirme tu nombramiento en el Supremo para decidir qué hacer con esta información. Después de esa fecha, voy a decidir yo.
Irene leyó la nota tres veces, sintiendo que cada lectura le confirmaba, con más claridad que la anterior, la magnitud completa de lo que estaba enfrentando.
No era un hombre actuando por impulso, ni por rabia descontrolada después de veinticuatro años de espera.
Era alguien que había construido, con la misma paciencia metódica que ella misma habría admirado en cualquier otro contexto profesional, un caso completo contra ella, documentado, fechado, con un plazo concreto y una amenaza explícita de lo que sucedería si ese plazo se agotaba sin que ella hiciera nada.
Rubén Sotelo no había perdido nada en veinticuatro años. Lo había guardado todo, cada pieza, cada detalle, esperando exactamente este momento.
Y ahora, por primera vez desde que todo esto había empezado, Irene entendió con una certeza absoluta que el reloj que durante días había sentido correr de manera abstracta, difusa, acababa de adquirir una fecha límite concreta, y que ya no le quedaba ningún margen para seguir posponiendo la decisión sobre qué iba a hacer al respecto.
Bajó a la cocina, sirvió dos copas de vino sin que Fernando le hubiera pedido ninguna, y se sentó frente a él en la mesa donde habían cenado tantas veces durante treinta años, intentando decidir, en el espacio de los pocos segundos que tardó en sentarse, si esta era finalmente la noche en que le iba a contar la verdad completa, o si todavía necesitaba un poco más de tiempo para reunir el valor necesario.
—Fernando.
Él levantó la vista del libro que estaba leyendo, reconociendo de inmediato algo distinto en el tono de su voz, algo que llevaba días esperando sin saberlo.
—¿Qué pasa?
Irene se quedó mirando la copa de vino sin tocarla, con el peso completo de la carta que tenía guardada arriba, en el cajón cerrado con llave, junto a la fotografía y la nota del registro civil, cada objeto acumulado en ese cajón pesando un poco más sobre su capacidad de seguir manteniendo el silencio que había sostenido durante veinticuatro años.
—Necesito contarte algo. Y necesito que me prometas que vas a escucharlo todo antes de decir nada.
Fernando cerró el libro, despacio, y se quedó mirándola con una expresión que mezclaba alivio y miedo a partes iguales, como si llevara semanas esperando exactamente esa frase y, ahora que por fin llegaba, no estuviera del todo seguro de querer escuchar lo que venía después.