La madre Capítulo 28 — LOS HIJOS DE HUGO
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Capítulo 28 — LOS HIJOS DE HUGO

LOS HIJOS DE HUGO

Calle residencial, barrio de El Viso, Madrid

Rubén llevaba aparcado frente a la casa de Hugo desde las siete y media de la mañana, observando el chalet de dos plantas con el mismo cuidado metódico con el que había observado, semanas antes, el edificio de los juzgados, anotando mentalmente los horarios, las rutinas, los detalles pequeños que terminaban, casi siempre, revelando más de lo que cualquiera de sus dueños imaginaba.

No tenía intención de acercarse. Todavía no.

Solo necesitaba completar el mapa que llevaba semanas construyendo, y la vida de Hugo Salgado —la última pieza de ese mapa que todavía no había confirmado en persona— era una pieza que necesitaba ver con sus propios ojos antes de decidir si tenía algún papel que jugar en lo que venía después.

A las ocho y cuarto, la puerta del chalet se abrió, y dos adolescentes salieron cargados con mochilas escolares, discutiendo algo entre ellos con la energía despreocupada de quien todavía no ha tenido que enfrentarse a ninguna versión seria de la palabra «consecuencias».

El chico, que debía de tener quince o dieciséis años, llevaba el pelo peinado hacia un lado con el mismo gesto despreocupado con el que cualquier adolescente de esa edad lo llevaría; la chica, más joven, caminaba unos pasos por delante, revisando algo en su teléfono con la concentración absoluta que solo los adolescentes parecen capaces de aplicar a una pantalla.

Rubén los observó caminar hasta la esquina, donde un autobús escolar los esperaba junto a otros niños del barrio, y sintió algo que no esperaba sentir: no rabia hacia ellos, que evidentemente no tenían ninguna culpa de nada de lo que había sucedido antes de que ninguno de los dos naciera, sino una tristeza concreta y específica al pensar que esos dos adolescentes, en algún momento de los próximos días o semanas, iban a tener que aprender una versión de la historia de su propio padre que nadie, hasta ahora, les había contado.

Pensó en Marta, que nunca llegó a tener la oportunidad de convertirse en una madre que viera a sus propios hijos subir a un autobús escolar cualquier mañana de octubre.

Pensó en sí mismo a los diecinueve años, sin hijos, sin ninguna posibilidad real de tenerlos durante los siguientes veinticuatro, viendo pasar frente a él, desde la ventanilla de un coche prestado, la vida normal y completa que el sistema le había arrebatado sin que él hubiera hecho nada para merecerlo.

El autobús se llevó a los dos hermanos, y Rubén se quedó un rato más frente a la casa, hasta que vio a Hugo salir también, con traje y maletín, subir a su propio coche y alejarse en dirección al centro, sin notar en ningún momento el vehículo aparcado a media manzana de distancia ni al hombre que, desde dentro, llevaba ya casi una hora observándolo todo.

Arrancó el coche unos minutos después, satisfecho con lo que había confirmado, aunque todavía sin decidir del todo qué papel iban a jugar esos dos adolescentes, si alguno, en el plan que seguía construyendo pieza a pieza.

Lo único que sabía con certeza, mientras se alejaba de aquella calle tranquila, era que cualquier decisión que tomara a partir de ahora iba a tener que pasar, inevitablemente, por la pregunta de cuánto daño colateral estaba dispuesto a aceptar para conseguir lo que había venido a buscar.

Condujo de vuelta hacia el apartamento de Sara con las ventanas bajadas, dejando que el aire frío de la mañana le despejara un poco la cabeza, intentando ordenar los pensamientos contradictorios que la visión de aquellos dos adolescentes le había dejado.

Por un lado, la confirmación de que Hugo había construido exactamente la vida que el sistema le permitió construir, sin obstáculos, sin condena, libre de las consecuencias que él mismo había tenido que pagar por algo que ni siquiera había hecho.

Por otro lado, una incomodidad creciente ante la idea de que cualquier cosa que decidiera hacer a partir de ahora pudiera, de manera directa o indirecta, alcanzar también a esos dos chicos que no tenían absolutamente ninguna responsabilidad en nada de lo ocurrido.

Cuando llegó al apartamento, Sara ya se había marchado a una cita relacionada con otro de sus artículos, y Rubén se quedó solo, sentado a la mesa de la cocina, con el cuaderno de anotaciones abierto delante de él, repasando una vez más cada pieza del plan, preguntándose si existía alguna versión de lo que estaba construyendo que pudiera alcanzar a Irene sin que el impacto se extendiera también hacia las personas que la rodeaban, personas que, como Mateo y Clara, no habían elegido absolutamente nada de lo que estaba a punto de caer sobre sus vidas.