Capítulo 27 — LA MENTIRA
LA MENTIRA
Domicilio de Irene Salgado, Madrid
Hugo se marchó poco después de las diez, sin que ninguno de los dos hubiera llegado a ninguna solución concreta más allá de la promesa vaga de Irene de «pensar en algo», una promesa que ella misma sabía, mientras la pronunciaba, que no tenía ningún contenido real detrás.
Fernando salió de su despacho en cuanto oyó el coche de Hugo alejarse por la calle, y encontró a Irene todavía sentada en el sofá, en la misma postura en la que había permanecido durante la última media hora de la conversación con su hijo, con la mirada fija en un punto de la pared que no contenía absolutamente nada de interés.
—¿Vas a contarme qué está pasando?
—No es nada que tenga que preocuparte, Fernando. Un asunto del trabajo de Hugo, problemas con un cliente.
Lo dijo con la misma fluidez entrenada de siempre, la voz firme, la mirada estable, todos los marcadores físicos de la verdad que veinte años de experiencia profesional le habían enseñado a proyectar incluso cuando estaba mintiendo.
Pero Fernando, sentándose a su lado en el sofá con un movimiento lento, deliberado, la miró con una expresión que Irene no le había visto nunca antes en treinta años de matrimonio: la expresión específica de alguien que, por primera vez, ha decidido no creer una palabra de lo que su pareja acaba de decir, y que ha decidido, también, no decirlo en voz alta todavía.
—Llevas días rara, Irene. Desde antes de esto. Desde la cena en que te pregunté por tus dudas sobre los casos antiguos.
—Estoy cansada, eso es todo. La entrevista del Supremo, el caso Olmedo, ahora esto de Hugo. Es mucho de golpe.
—Puede ser. —Fernando le cogió la mano, con un gesto que era a la vez cariñoso y, de algún modo que Irene no conseguía nombrar del todo, también una advertencia—.
Pero llevamos treinta años juntos, y nunca te había visto mentirme con tanta práctica.
Eso me preocupa más que cualquier problema de trabajo que pudieras contarme directamente.
Irene no contestó. No tenía ninguna respuesta que pudiera dar sin acercarse más de lo que estaba dispuesta a acercarse a una verdad que llevaba veinticuatro años protegiendo con éxito, y el silencio, otra vez, le pareció la única opción disponible.
Fernando no insistió más esa noche. Pero cuando subieron a la habitación y se metieron en la cama, sin apagar la luz todavía, le dijo una última frase antes de darse la vuelta hacia su lado:
—Cuando estés lista para contarme la verdad, voy a estar aquí. Pero no me pidas que siga creyendo que todo esto es solo cansancio, porque los dos sabemos que no lo es.
Irene se quedó mirando el techo mucho después de que la respiración de Fernando se volviera regular, pensando que la distancia entre ellos, esa misma noche, se había ensanchado de una manera que ningún viaje pendiente ni ninguna cena de aniversario iba a poder cerrar del todo mientras ella siguiera eligiendo, una vez más, el silencio por encima de la verdad.
Pensó en las decenas de ocasiones, a lo largo de treinta años de matrimonio, en que Fernando le había contado cosas difíciles sobre su propio trabajo, sobre sus propias dudas, sobre momentos en los que él mismo se había sentido inseguro o equivocado, confiando en que ella supiera qué hacer con esa vulnerabilidad sin usarla nunca en su contra.
Y pensó que ella, durante esos mismos treinta años, nunca le había devuelto exactamente esa misma confianza, manteniendo siempre una zona completamente sellada de su propia historia que ni siquiera la persona con la que compartía su vida entera tenía permiso para tocar.
Se preguntó, ya muy tarde, casi a punto de quedarse dormida sin haberlo decidido del todo, si esa incapacidad suya para compartir lo más difícil era la misma incapacidad que, sin darse cuenta, le había transmitido a Hugo: la convicción silenciosa de que algunos errores son demasiado grandes para confesarlos, y que la única opción razonable, frente a algo así, es enterrarlos tan hondo que ni siquiera las personas que más te quieren puedan encontrarlos.
Esa idea, formulada con tanta claridad por primera vez, la mantuvo despierta todavía un rato más, dándole vueltas a la posibilidad incómoda de que su silencio de treinta años no hubiera sido únicamente un acto de autoprotección, sino también, sin que ella lo hubiera planeado nunca de manera consciente, una lección que su propio hijo había aprendido a la perfección: que cuando algo te avergüenza lo suficiente, la solución no es enfrentarlo, sino encontrar a alguien capaz de hacer que el problema desaparezca sin que tú tengas que ensuciarte las manos.