Capítulo 26 — «NO SÉ SI PUEDO»
«NO SÉ SI PUEDO»
Domicilio de Irene Salgado, Madrid
Hugo llegó a las siete y media, sin avisar del todo el motivo exacto de la visita más allá del mensaje escueto que había enviado desde el coche —Voy para allá, llego en veinte minutos— y cuando Fernando abrió la puerta, extrañado por una visita de su hijo entre semana sin previo aviso, Irene ya estaba esperando en el salón, de pie, con los brazos cruzados en un gesto defensivo que no era habitual en ella.
—Voy a necesitar hablar con mi madre un momento solos, Fernando —dijo Hugo, con una formalidad incómoda que hizo que su padre lo mirara con una preocupación inmediata.
—¿Va todo bien?
—Todo bien —contestaron madre e hijo casi al mismo tiempo, con la misma entonación automática que Fernando, esta vez, no se creyó del todo.
Fernando se retiró a su despacho, no sin lanzar una última mirada hacia los dos que dejaba claro que aquella «normalidad» declarada no lo había convencido en absoluto, y en cuanto la puerta se cerró, Hugo se dejó caer en el sofá con el peso completo de cuatro días de tensión acumulada.
—Encontré artículos. De una periodista. Lleva años escribiendo sobre el caso, defendiendo que Rubén Sotelo era inocente.
—Lo sé, Hugo.
—¿Lo sabes?
—Lo sé desde hace una semana. He estado investigando yo también.
Hugo se quedó mirándola, procesando la confirmación de que su madre llevaba el mismo tiempo que él cargando con la misma información, sin que ninguno de los dos hubiera compartido nada con el otro hasta ese mismo momento.
—Mamá, tienes que arreglar esto. Como hiciste entonces. No puedo permitir que esto le llegue a Patricia, a mis hijos. No puedo permitir que Mateo y Clara tengan que enterarse de algo así sobre su padre.
Irene se quedó callada un momento, mirando a su hijo de cuarenta y un años pedirle, con las mismas palabras casi exactas que había usado a los diecisiete, que volviera a resolver un problema que él mismo había creado, sin ofrecer ninguna responsabilidad propia más allá de la petición de ayuda.
—Hugo, esta vez no sé si puedo.
La frase cayó sobre la habitación con un peso que ninguno de los dos esperaba, y por la expresión de Hugo, Irene entendió que era la primera vez, en toda la vida de su hijo, que ella admitía ante él la posibilidad real de que algo estuviera fuera de su control.
—¿Qué quieres decir con que no puedes? Siempre puedes. Eres la persona más capaz que conozco.
—Esta vez la persona que tiene la información no quiere dinero, ni tiene miedo de las consecuencias legales de hablar.
Esta vez la persona que tiene la información pasó veinticuatro años pensando exactamente en este momento, y no hay ninguna negociación que yo pueda ofrecerle que valga más, para él, que finalmente decir la verdad.
Hugo se quedó en silencio, mirando a su madre con una expresión que mezclaba incredulidad y un miedo que parecía estar descubriendo, por primera vez en su vida adulta, en toda su magnitud real.
—Entonces qué hacemos.
—No lo sé todavía. —Irene se levantó del sofá y caminó hasta la ventana, dándole la espalda a su hijo durante un momento, como si necesitara ese espacio para poder pensar con algo de la claridad que la presencia de Hugo le impedía mantener—.
Lo que sí sé es que cualquier cosa que hagamos ahora, cualquier intento de presionarlo o de intimidarlo o de ofrecerle algo a cambio de su silencio, probablemente va a empeorar las cosas en lugar de mejorarlas.
Este hombre ha estudiado nuestro caso durante más años de los que tú llevas siendo padre.
Seguramente conozca el sistema legal mejor que muchos abogados que conozco.
No va a cometer ningún error que podamos usar en su contra.
—¿Y si hablamos con él? ¿Si le pedimos, directamente, que pare?
Irene se giró hacia su hijo, y por un momento pareció que iba a decir algo, pero se contuvo, decidiendo que todavía no era el momento de contarle que ella misma ya tenía la dirección donde Rubén vivía, ni que llevaba días considerando exactamente esa posibilidad sin atreverse a actuar todavía.
—Quizá. Pero antes necesito entender mejor qué es lo que realmente quiere, más allá de la satisfacción obvia de vernos sufrir un poco de lo que él sufrió.
Hugo asintió, sin sentirse del todo tranquilizado por la respuesta, y los dos se quedaron en silencio durante un rato, cada uno procesando a su manera la conversación que acababan de tener, sin saber todavía que esa misma noche, a varios kilómetros de distancia, el hombre del que estaban hablando llevaba ya horas observando, sin que ninguno lo supiera, la rutina diaria del propio Hugo.