La madre Capítulo 25 — LA LLAMADA DE HUGO
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Capítulo 25 — LA LLAMADA DE HUGO

LA LLAMADA DE HUGO

Estudio de arquitectura de Hugo Salgado, Madrid

Llevaba cuatro días sin poder concentrarse del todo en nada, desde que encontró los artículos de Sara Bermúdez aquella noche de viernes, y la sensación de estar cargando solo con un peso que no sabía cómo nombrar había ido creciendo, día tras día, hasta convertirse en algo que ya no conseguía disimular del todo ni siquiera delante de sus propios socios.

Patricia le había preguntado dos veces, en los últimos días, si algo iba mal, y las dos veces Hugo había contestado con la misma versión genérica de siempre —mucho trabajo, mucho estrés, nada de qué preocuparse— sin que ninguna de las dos respuestas consiguiera borrar del todo la mirada de duda que veía en los ojos de su mujer cada vez que la pronunciaba.

La noche anterior, incapaz de dormir, había estado a punto de contárselo todo, sentado en el borde de la cama mientras Patricia leía a su lado, y solo la certeza de no saber por dónde empezar una historia que llevaba veinticuatro años sin contar a nadie había conseguido detenerlo en el último momento.

Sus socios habían notado también que algo no iba bien.

Esa misma mañana, durante una reunión de seguimiento de proyectos, Hugo había perdido el hilo de su propia presentación dos veces, algo que no le había sucedido nunca en quince años de profesión, y la mirada de extrañeza con la que sus colegas habían intercambiado gestos discretos entre ellos le confirmó que su capacidad para mantener la fachada habitual de control absoluto empezaba a resquebrajarse de manera visible para cualquiera que prestara la atención suficiente.

Aquel martes, durante la pausa de la comida, se encerró en su despacho con la puerta cerrada y marcó el número de su madre con una determinación que llevaba días posponiendo, incapaz de seguir cargando solo con la combinación de información incompleta y miedo difuso que había estado acumulando desde el viernes.

—¿Hugo? —La voz de Irene, al otro lado, sonó con una alarma inmediata, poco habitual en una llamada de mediodía entre semana—. ¿Va todo bien?

—Sí, sí, todo bien. —La misma mentira automática de siempre, aunque esta vez le costó más esfuerzo del habitual pronunciarla—. Bueno, no del todo. Necesito hablar contigo de algo, mamá. En persona, si puede ser.

—¿De qué se trata?

Hugo se quedó callado un momento, con el teléfono pegado a la oreja y la mirada fija en un punto indefinido de la pared de su despacho, intentando encontrar las palabras adecuadas para algo que no tenía ninguna manera sencilla de decir por teléfono.

—Es sobre algo de hace mucho tiempo. Algo que pensaba que ya no tenía ninguna importancia, y ahora ya no estoy tan seguro.

El silencio que siguió, al otro lado de la línea, duró lo suficiente para que Hugo entendiera, sin necesidad de ninguna palabra adicional, que su madre sabía exactamente de qué estaba hablando, aunque ninguno de los dos hubiera pronunciado todavía ningún nombre concreto.

—¿Puedes venir esta tarde, después del trabajo? —dijo finalmente Irene, con una voz que se esforzaba por sonar tranquila y no conseguía del todo disimular la tensión por debajo—. Hablamos en persona. Es mejor así.

—Vale. Allí estaré.

Colgó, y se quedó sentado en su despacho durante varios minutos más, sintiendo, por primera vez en días, algo parecido a un alivio extraño: el peso que había estado cargando solo durante cuatro días iba a empezar, en unas horas, a compartirse con la única persona que probablemente entendía mejor que nadie la magnitud completa de lo que estaba en juego.

Volvió a la reunión de la tarde con sus socios fingiendo una normalidad que, esta vez, le costó menos esfuerzo de lo esperado, simplemente porque saber que en unas horas iba a poder hablar con su madre, fuera lo que fuera lo que ella tuviera que decirle, le devolvía una sensación de estructura que llevaba días sin sentir.

Revisó los planos pendientes, aprobó dos presupuestos sin la atención que normalmente les habría dedicado, y a las seis en punto salió del estudio sin despedirse de nadie en particular, conduciendo hacia la casa de sus padres con una mezcla de alivio y temor que no recordaba haber sentido con tanta intensidad desde que era mucho más joven.