La madre Capítulo 24 — LA GUANTERA
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Capítulo 24 — LA GUANTERA

LA GUANTERA

Calle Velázquez, Madrid

Irene notó el cambio antes de identificar exactamente qué había cambiado, con esa percepción periférica que algunas personas desarrollan respecto a los espacios que ocupan todos los días: el asiento del copiloto estaba inclinado un grado distinto del que ella recordaba haberlo dejado, el espejo retrovisor apuntaba ligeramente hacia un ángulo que no era el suyo habitual.

Se quedó sentada en el asiento del conductor, con la llave todavía sin girar en el contacto, repasando mentalmente la última vez que había usado el coche y la sensación de que algo no encajaba del todo se intensificó hasta convertirse en una certeza física que no podía ignorar.

Abrió la guantera.

Dentro, junto a los documentos del coche y un paquete de pañuelos que llevaba meses sin tocar, había un objeto que no era suyo: una llave pequeña, antigua, del tipo que ya casi no se fabricaba, atada con un trozo de cordel a una etiqueta de cartón donde alguien había escrito, con la misma letra pequeña y precisa de la nota en el reverso de la fotografía, un código.

DP-0438.

Irene se quedó mirando la llave durante varios segundos antes de que su memoria, con una rapidez que la sorprendió incluso a ella misma, conectara el código con su significado exacto: era el número de expediente abreviado del caso, la forma corta con la que ella misma se había referido a él internamente durante los meses del juicio, antes de que el caso adquiriera su nombre público completo en los archivos oficiales.

Nadie fuera del sistema judicial de la época debería conocer esa abreviatura. Ni siquiera la prensa, en su momento, había llegado a usar ese número específico en ninguno de los artículos que Irene recordaba haber leído.

Cerró la guantera de golpe, como si pudiera devolver el objeto a la inexistencia con la misma rapidez con la que lo había encontrado, y se quedó sentada en el coche, en el garaje de su propio edificio, sintiendo que las manos le temblaban lo suficiente para que tardara casi un minuto entero en conseguir introducir la llave en el contacto con la firmeza necesaria.

Alguien había entrado en su coche. Alguien con un conocimiento del caso original tan preciso, tan interno, que solo podía proceder de dos fuentes posibles: alguien que hubiera tenido acceso directo al expediente completo en su momento, o alguien que hubiera dedicado años, quizá décadas, a reconstruir cada detalle con la paciencia obsesiva de quien no tiene absolutamente nada más en lo que ocupar su tiempo.

Bajó del coche un momento, todavía dentro del garaje, y examinó la cerradura de la puerta del copiloto con la atención de quien busca pruebas que ya sabe que probablemente no va a encontrar.

No había ningún signo visible de forzado, ningún rasguño en la pintura alrededor de la cerradura, nada que pudiera presentarse como evidencia ante ninguna autoridad aunque hubiera querido hacerlo.

Quien había entrado sabía exactamente qué herramientas usar y cómo usarlas sin dejar ningún rastro físico detectable a simple vista.

Condujo hacia el trabajo esa mañana con una atención redoblada a cada coche que la seguía más de dos manzanas, a cada persona que se detenía demasiado tiempo cerca de su vehículo en los semáforos, entendiendo, con una claridad que ya no podía seguir negando, que su vida cotidiana, la rutina que había mantenido sin sobresaltos durante años, ya no era exactamente la misma rutina segura que había sido hasta la semana anterior.

Llegó al trabajo diez minutos tarde, algo que no le había sucedido en años, y pasó el resto de la mañana incapaz de concentrarse del todo en ningún documento, con la llave pequeña todavía en el bolso, pesando mucho más de lo que su tamaño físico debería permitir.

Durante el almuerzo, sola en su despacho, sacó la llave del bolso y la examinó con más calma de la que había podido permitirse por la mañana.

Era una llave antigua, del tipo que se usaba en cajas de seguridad de bancos hace décadas, y la etiqueta de cartón, además del código, tenía en el reverso algo que no había notado al principio: una dirección, escrita con la misma letra precisa, de una sucursal bancaria que Irene no reconocía, en un barrio de Madrid que no significaba nada para ella todavía, pero que sospechaba que pronto significaría mucho más de lo que estaba preparada para aceptar.