La madre Capítulo 23 — EL COCHE
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Capítulo 23 — EL COCHE

EL COCHE

Aparcamiento de la Audiencia Provincial de Madrid

—Es hora de que sepa que sé que ella sabe —dijo Rubén, esa misma tarde, explicándole a Sara el siguiente paso con la misma calma metódica con la que había explicado cada paso anterior.

—¿La fotografía no fue suficiente?

—La fotografía le dice que alguien sabe del caso. No le dice que yo sé exactamente dónde está, qué coche conduce, a qué hora sale del trabajo. Necesito que entienda el alcance completo de lo que está enfrentando, no solo que algo está sucediendo.

Sara lo miró con la misma inquietud que llevaba sintiendo desde que vio el borrador del plan completo, pero que ya no intentaba disuadirlo con la misma insistencia de las primeras semanas, consciente de que cada intento de frenarlo solo conseguía que él se volviera más reservado sobre los detalles de lo que estaba haciendo.

—¿Qué necesitas de mí?

—Que me ayudes a confirmar cuándo el coche queda solo en el aparcamiento del edificio. Diez minutos, quizá menos.

—¿Y si te ven? ¿Si hay alguna cámara que no has identificado, algún funcionario que decida hacer una ronda justo en el momento equivocado?

—Entonces habré entrado en un coche, sin tocar nada de valor, sin llevarme nada.

En el peor de los casos, es allanamiento menor, quizá ni eso si no hay denuncia.

Y sabemos que no va a haber denuncia, porque denunciar significaría explicar por qué alguien entraría en su coche solo para dejar algo dentro, no para robar nada.

Sara no contestó a eso, porque la lógica de Rubén, otra vez, era impecable, y esa precisión fría era exactamente lo que más le inquietaba de todo el plan: cada paso estaba calculado no solo para conseguir su objetivo, sino para hacerlo de una manera que Irene no pudiera denunciar sin exponerse ella misma.

Aquella misma tarde, mientras Sara esperaba en su propio coche a media manzana de distancia, observando la entrada del aparcamiento subterráneo con el teléfono listo para avisar ante cualquier movimiento inesperado, Rubén bajó las escaleras hasta la planta donde, según había confirmado en sus días de observación previa, Irene aparcaba siempre el mismo vehículo, en la misma plaza reservada para magistrados.

El aparcamiento estaba prácticamente vacío a esa hora, con la mayoría del personal ya fuera del edificio, y las pocas cámaras de seguridad que Rubén había identificado en sus visitas anteriores cubrían ángulos que, con el abrigo adecuado y el sombrero calado lo suficiente, no permitirían una identificación clara salvo que alguien revisara las imágenes específicamente buscándolo, algo que solo ocurriría si Irene decidía denunciar formalmente lo que estaba a punto de encontrar, una decisión que Rubén, con la misma certeza con la que había calculado cada otro detalle del plan, sabía que ella no iba a tomar.

El coche no estaba cerrado con ningún sistema adicional más allá de la cerradura estándar, algo que Rubén había anticipado correctamente a partir de observar, durante días, la rutina relajada con la que Irene trataba su propio vehículo, la confianza de alguien que nunca había tenido motivos para sospechar que necesitaba protegerse de nada.

Abrió la puerta del copiloto con una ganzúa que había comprado, sin ninguna dificultad legal, en una tienda de ferretería, una herramienta que cualquier persona podía adquirir libremente y que, después de algunas semanas de práctica con cerraduras similares compradas en internet, había aprendido a usar con una eficacia que le sorprendió a él mismo la primera vez que lo consiguió en menos de un minuto.

Dentro, todo estaba exactamente como Marina le había descrito sin saberlo, en una de sus conversaciones casuales sobre lo organizada que era Irene en todos los aspectos de su vida: la guantera cerrada con un pequeño seguro, los asientos ajustados con precisión, ni un solo papel fuera de lugar en ninguna de las superficies visibles.

Rubén abrió la guantera, sacó algo de su propio bolsillo, y lo colocó dentro con el mismo cuidado meticuloso con el que había hecho todo lo demás, asegurándose de que quedara visible en cuanto alguien abriera la guantera, pero no tan expuesto que pudiera verse desde fuera del vehículo.

Cerró la puerta, salió del aparcamiento por la rampa peatonal, y caminó hacia el coche de Sara con el pulso, para su propia sorpresa, completamente tranquilo.

—Hecho —fue lo único que dijo, al subir al coche.

—¿Qué dejaste?

—Algo que solo ella va a entender.

Sara puso el coche en marcha y se alejó del edificio sin decir nada más durante varios minutos, mirando de vez en cuando a Rubén por el rabillo del ojo, preguntándose si la calma con la que acababa de cometer lo que técnicamente era un delito, aunque fuera menor, era la misma calma que necesitaría mantener durante todo lo que faltaba por venir, o si en algún momento esa calma iba a empezar a costarle más de lo que él mismo era capaz de admitir todavía.