Capítulo 22 — SIN HERRAMIENTAS
SIN HERRAMIENTAS
Despacho de Irene Salgado, Audiencia Provincial de Madrid
Después de guardar la fotografía, Irene se quedó un rato pensando en qué opciones tenía realmente disponibles, y la conclusión a la que llegó, después de repasar mentalmente cada una de ellas, no le gustó nada.
No podía denunciar la entrega del sobre sin explicar por qué una fotografía antigua de una víctima de un caso cerrado hacía veinticuatro años le producía tanta inquietud como para justificar una denuncia formal.
No podía pedir protección policial sin levantar preguntas sobre el motivo concreto de esa protección.
No podía, sobre todo, acudir a ningún canal oficial sin arriesgarse a que alguien, en algún momento del proceso, empezara a hacer exactamente las preguntas que ella necesitaba evitar a toda costa.
Llamó de nuevo a Mariano, esta vez con una pregunta distinta de la de la semana anterior.
—¿Hay alguna orden de alejamiento, alguna condición de libertad vigilada, algo que pueda usarse legalmente si alguien... molesta a una persona relacionada con un caso antiguo?
—Depende del caso y de las condiciones de la condicional. ¿Por qué?
—Curiosidad profesional, otra vez.
Mariano se rió, sin malicia, pero con un deje de incredulidad que dejaba claro que ya no se creía del todo la versión de la «curiosidad profesional».
—Déjame revisarlo.
La respuesta llegó una hora después, por mensaje: Nada. Salida sin condiciones especiales, cumplimiento íntegro de condena, sin libertad vigilada porque no hay condena pendiente de cumplir. Legalmente, es un hombre libre sin ninguna restricción, igual que cualquier otro ciudadano.
Irene leyó el mensaje tres veces, comprendiendo poco a poco la magnitud completa de lo que significaba: no había ningún mecanismo legal, ninguna orden judicial, ningún recurso administrativo que ella pudiera activar contra Rubén Sotelo sin revelar, en el proceso, exactamente la razón por la que necesitaba activarlo.
Cualquier intento de usar su posición, su cargo, sus contactos dentro del sistema, para protegerse de él, requeriría primero admitir ante alguien, en algún punto del proceso, por qué necesitaba esa protección.
Era, comprendió con una ironía que no le pasó desapercibida, exactamente la misma posición en la que había estado Rubén durante veinticuatro años: sin herramientas, sin recursos legales que sirvieran de algo, atrapado dentro de un sistema que ella misma conocía mejor que casi nadie y que, por primera vez en su carrera, no tenía ninguna manera de hacer funcionar a su favor.
Se quedó mirando la ventana de su despacho, el tráfico de la calle moviéndose con la normalidad de un lunes cualquiera, y pensó que toda su carrera, todo su conocimiento acumulado durante décadas sobre cómo funcionaba realmente el sistema judicial español, no le servía absolutamente de nada frente a un hombre que solo necesitaba paciencia y la voluntad de esperar el momento adecuado.
Se preguntó, sin conseguir responderse del todo, si esa misma sensación de impotencia absoluta era la que Rubén había sentido cada uno de los días de los últimos veinticuatro años, y si esa pregunta, formulada con tanta honestidad por primera vez, era ya en sí misma una forma de empezar a pagar algo que todavía no había decidido cómo pagar.
Repasó mentalmente, una vez más, cada opción disponible.
Podía contratar a alguien de fuera del sistema, algún profesional de seguridad privada que pudiera investigar a Rubén sin que el rastro llevara directamente hasta ella.
Podía intentar contactar con él directamente, ofrecerle algo —dinero, un acuerdo, cualquier cosa que pudiera satisfacer lo que fuera que estuviera buscando— antes de que la situación escalara más.
O podía, sencillamente, esperar a ver qué hacía él a continuación, una opción que cada hora que pasaba le resultaba menos soportable, porque esperar significaba ceder el control completo de su propio destino a un hombre al que nunca había llegado a conocer en persona.
Sacó una hoja de papel del cajón de su escritorio, algo que no hacía casi nunca en la era de los ordenadores, y empezó a escribir, con su propia letra, una lista de nombres: personas que podrían ayudarla, personas que podrían perjudicarla si llegaban a enterarse de algo, personas cuya lealtad necesitaba evaluar antes de dar cualquier paso más.
A mitad de la lista, se detuvo, releyó lo que había escrito, y rompió el papel en pedazos pequeños que después tiró, uno a uno, en la papelera de su propio despacho, comprendiendo que ni siquiera ese gesto tan básico de organización podía hacerse ya con la confianza de antes.