Capítulo 21 — EL SOBRE
EL SObrE
Despacho de Irene Salgado, Audiencia Provincial de Madrid
El sobre estaba sobre su mesa cuando llegó esa mañana, colocado encima de la pila habitual de correspondencia administrativa con una precisión que a Irene, en cuanto lo vio, le pareció deliberada: ni torcido, ni mezclado con el resto, sino exactamente centrado, como si quien lo hubiera dejado allí hubiera querido asegurarse de que fuera la primera cosa que ella viera al sentarse.
No llevaba remitente. Tampoco sello de correos, lo que significaba que alguien lo había entregado en mano, en algún momento entre el final de la jornada del viernes y el inicio de la de hoy, a través de un sistema de seguridad que Irene siempre había considerado, hasta ese momento, razonablemente estricto.
Llamó a Sonia antes de abrirlo.
—¿Sabes quién dejó esto en mi despacho?
Sonia entró, miró el sobre con una curiosidad genuina que descartaba de inmediato cualquier complicidad.
—No, señoría. Estaba ahí cuando llegué esta mañana, encima de su mesa. Pensé que lo había dejado usted misma el viernes.
—No fui yo.
Sonia se quedó un momento más, esperando alguna instrucción, y cuando Irene no añadió nada, salió del despacho con la misma curiosidad sin resolver con la que había entrado, dejándola sola con el sobre y con una sensación de frío que no tenía ninguna relación con la temperatura de la habitación.
Lo abrió con cuidado, casi con la delicadeza forense de quien sospecha que el contenido puede ser una prueba en algún proceso futuro, aunque no podría haber explicado ante ningún tribunal qué tipo de proceso imaginaba exactamente.
Dentro había una sola fotografía.
Marta Lago, sonriendo, con el pelo recogido en una coleta alta y una camiseta que Irene reconoció en el instante exacto en que sus ojos terminaron de procesar la imagen completa: era la misma fotografía, la misma exacta fotografía, que ella misma había seleccionado entre decenas de otras hacía veinticuatro años para incluirla en el sumario original, como parte del material gráfico que acompañaba la descripción de la víctima.
No era una copia tomada de algún periódico de la época, ni una imagen recuperada de redes sociales o de algún archivo público.
Era, hasta donde Irene podía recordar con la precisión de quien había manejado aquel expediente con sus propias manos, una copia exacta del original que constaba en el sumario judicial, un documento que en teoría solo debía existir en los archivos oficiales del caso, fuera del alcance de cualquier persona sin acceso autorizado.
Le dio la vuelta a la fotografía. En el reverso, escrito a mano con una letra pequeña y precisa que no reconoció pero que, por algún motivo, le pareció exactamente del tipo de letra que esperaría de alguien que hubiera dedicado años a anotar documentos legales con cuidado meticuloso, había una sola frase:
Algunas cosas no se pierden, aunque el sistema decida archivarlas.
Irene se quedó sentada, con la fotografía todavía en la mano, sintiendo que el despacho entero, con sus estanterías de códigos legales y sus diplomas enmarcados, se reducía de pronto a ese único objeto: una fotografía de una chica de dieciséis años, muerta hacía veinticuatro años, devuelta a su mesa por alguien que claramente tenía acceso a información que no debería tener, o que conocía el caso con un detalle que solo alguien directamente implicado podría conocer.
Guardó la fotografía en el cajón cerrado con llave, junto a la nota del registro civil de días anteriores, y se quedó mirando ese cajón durante un tiempo que no se permitió medir, entendiendo, con una certeza que ya no podía seguir posponiendo, que esto no era una amenaza abstracta ni una posibilidad remota.
Esto ya había empezado.
Se levantó, caminó hasta la ventana de su despacho, y dejó la vista perdida en el tráfico de la calle sin ver realmente nada de lo que pasaba al otro lado del cristal.
Pensó en llamar a Mariano otra vez, o a algún otro contacto que pudiera ayudarla a identificar quién había tenido acceso, en algún momento de los últimos veinticuatro años, al material gráfico original del sumario.
Pero cualquier pregunta de ese tipo, formulada a la persona equivocada, podía convertirse en exactamente el tipo de rastro que ella misma necesitaba evitar.
Volvió a sentarse, abrió el cajón una última vez antes de la sesión de la tarde, y miró la fotografía de Marta una vez más, esa sonrisa congelada de una chica de dieciséis años que nunca llegaría a cumplir diecisiete.
Notó, por primera vez en mucho tiempo, algo que se parecía sospechosamente al remordimiento puro, sin la protección habitual de la distancia profesional que durante veinticuatro años le había permitido pensar en aquel caso como un expediente más entre los muchos que había gestionado a lo largo de su carrera.
Cerró el cajón, giró la llave, y se preparó para entrar en la sala como si nada hubiera cambiado, aunque ambos sabían, ella y la fotografía guardada bajo llave, que ya nada iba a volver a ser exactamente igual.