La madre Capítulo 19 — LA MISMA PISTA
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Capítulo 19 — LA MISMA PISTA

LA MISMA PISTA

Estudio de arquitectura de Hugo Salgado, Madrid

Hugo se había quedado en el estudio mucho después de que sus socios se fueran, con la excusa de terminar unos planos que en realidad podían esperar perfectamente hasta el lunes, porque la idea de volver a casa y fingir normalidad delante de Patricia y de los niños le resultaba, esa noche, más agotadora que cualquier trabajo pendiente.

Las maquetas a medio terminar seguían sobre la mesa, igual que dos días antes, pero Hugo ya no las miraba con el mismo interés profesional.

Llevaba todo el día distraído, cometiendo pequeños errores en cálculos que normalmente hacía sin pensar, y sus socios habían empezado a notarlo lo suficiente para preguntarle, con la delicadeza de quien no quiere parecer indiscreto, si todo iba bien.

Abrió el navegador del ordenador y escribió, por primera vez en veinticuatro años, el nombre completo de Rubén Sotelo en un buscador, con la misma sensación de transgresión silenciosa que debía de sentir cualquier persona que abre una puerta que lleva mucho tiempo cerrada con la certeza de que detrás no hay nada bueno esperando.

Los primeros resultados eran lo que esperaba: artículos de hacía décadas sobre el juicio, fotografías granuladas de un Rubén mucho más joven entrando y saliendo de los juzgados, breves menciones de la sentencia final.

Pero al seguir bajando por la página, encontró algo que no esperaba: una serie de artículos mucho más recientes, firmados por una periodista llamada Sara Bermúdez, que defendían con un detalle meticuloso que el caso original tenía fallos profundos, que las pruebas presentadas nunca habían sido tan sólidas como el juicio había hecho parecer, que existían líneas de investigación completas que jamás llegaron a explorarse a fondo.

Hugo leyó el primer artículo completo, después un segundo, sintiendo que cada párrafo le apretaba algo en el pecho que llevaba veinticuatro años sin necesitar nombrar.

La periodista no mencionaba su nombre en ningún momento —en ningún artículo de los que encontró aparecía ninguna referencia a un segundo implicado, a otra persona presente aquella noche— pero la insistencia con la que cuestionaba la versión oficial, año tras año, artículo tras artículo, sugería a alguien que sabía, o sospechaba con fundamento, que la historia completa de lo que pasó en aquella terraza nunca había llegado a contarse del todo.

Buscó más información sobre la propia Sara Bermúdez, intentando entender qué tipo de persona dedicaría casi veinte años de su carrera a un solo caso, y encontró una entrevista antigua, de hacía una década, donde ella explicaba su motivación con una sinceridad que a Hugo le resultó perturbadora precisamente por lo razonable que sonaba: «No me importa quién es culpable o inocente como cuestión moral abstracta.

Me importa que el sistema, cuando se equivoca, casi nunca tiene que rendir cuentas por ello.

Alguien tiene que seguir preguntando, aunque tarde veinte años en obtener una respuesta. »

Cerró el ordenador de golpe cuando llegó al último párrafo de un artículo de hacía solo dos años, donde Sara Bermúdez escribía: Algún día, cuando Rubén Sotelo finalmente recupere su libertad, espero que el verdadero responsable de lo que pasó aquella noche sienta, aunque solo sea durante un instante, el peso de veinticuatro años que él nunca tuvo que cargar.

Se quedó sentado en la oscuridad de su despacho, con el ordenador cerrado y las manos todavía temblando ligeramente sobre la mesa, sin saber —y esa ignorancia era, en cierto modo, la parte más aterradora de todo— si aquella frase estaba dirigida genéricamente a cualquier lector que hubiera seguido el caso durante años, o si, de algún modo que no conseguía imaginar, Sara Bermúdez sabía exactamente quién era él, y estaba escribiendo, sin nombrarlo, directamente para que él lo leyera.

A varios kilómetros de distancia, en un despacho distinto, su madre cerraba en ese mismo momento las mismas páginas, sin que ninguno de los dos supiera todavía que estaban siguiendo, por caminos completamente separados, exactamente el mismo rastro.

Hugo apagó el ordenador del estudio y se quedó un rato más sentado en la oscuridad, con la única luz de la calle filtrándose por la persiana entreabierta, intentando decidir qué hacer con lo que acababa de descubrir.

Pensó en llamar a su madre, marcar su número y simplemente preguntarle, sin rodeos, si conocía el nombre de Sara Bermúdez.

Llegó a coger el teléfono dos veces, y las dos veces lo dejó otra vez sobre la mesa sin marcar nada, incapaz de encontrar las palabras que pudiera usar sin tener que admitir, primero, por qué había estado buscando esa información en internet a las once de la noche de un viernes.