Capítulo 18 — EL PASILLO
EL PASILLO
Pasillo de la Audiencia Provincial de Madrid
Cuando volvió a salir, todavía con cinco minutos de receso por delante, se encontró con Cristina Olmedo en el pasillo, sola, esperando junto a una ventana con la mirada perdida en el tráfico de la calle, lejos de su abogado y de cualquier otra persona del caso.
Las normas eran claras: una magistrada no debía mantener conversaciones privadas con una acusada fuera de las sesiones formales, ni siquiera conversaciones triviales, y durante veinte años Irene había respetado esa norma sin excepción alguna.
Pero algo en la postura de Cristina, en su soledad concreta frente a esa ventana, hizo que Irene se detuviera a su lado antes de poder decidir conscientemente si debía hacerlo.
—No deberíamos hablar —dijo Cristina, sin mirarla, en voz tan baja que apenas se oía por encima del ruido del pasillo—. Pero gracias por el receso. Necesitaba ese minuto tanto como usted, creo.
—¿Por qué dice eso?
Cristina giró la cabeza, finalmente, y la miró con una expresión que no era ni hostil ni suplicante, sino algo mucho más incómodo: el reconocimiento tranquilo de alguien que ha entendido algo que prefiere no decir en voz demasiado alta.
—Porque usted lo entiende mejor que cualquiera de los demás en esa sala. Lo he notado desde el primer día. Los demás escuchan mi testimonio y oyen un caso. Usted lo escucha y oye algo distinto.
—Soy magistrada, señora Olmedo. Mi trabajo es entender todos los casos que paso, sin distinción.
—Puede ser. —Cristina volvió a mirar hacia la ventana, y por un momento Irene pensó que la conversación había terminado ahí, hasta que ella añadió, casi como una reflexión dirigida a nadie en particular—: Pero hay una diferencia entre entender un caso porque lo has estudiado y entenderlo porque lo has vivido.
Y usted, señoría, no me mira como alguien que solo ha estudiado esto.
Irene no contestó. No había ninguna respuesta que pudiera dar sin confirmar o desmentir algo que no estaba dispuesta a confirmar ni desmentir, y el silencio, en ese momento concreto, le pareció la única opción disponible que no la exponía más de lo que ya se sentía expuesta.
El silencio duró más de lo que debería haber durado, y en ese silencio comprendió que cualquier palabra que pronunciara a continuación corría el riesgo de decir demasiado, simplemente por el tono en que la dijera, por la rapidez o la lentitud con que decidiera contestar.
—El receso termina en dos minutos —dijo finalmente, y se alejó hacia su despacho sin esperar ninguna respuesta, sintiendo en la espalda el peso de la mirada de Cristina Olmedo durante todo el trayecto, como si esa mujer, sin pruebas concretas y sin ningún acceso a información que no fuera pública, hubiera conseguido ver algo que veinticuatro años de cuidado meticuloso debería haber mantenido completamente invisible.
Volvió a entrar en la sala con el tiempo justo, se sentó en su sitio, y durante el resto de la sesión evitó, con un esfuerzo que nadie en la sala podía percibir desde fuera, volver a mirar directamente hacia el lugar donde Cristina Olmedo permanecía sentada, escuchando el resto del interrogatorio con la misma calma resignada de alguien que ya ha dicho lo más difícil y solo le queda esperar a que el sistema decida qué hacer con ello.
Cuando terminó la sesión de aquel viernes, Irene fue la última en salir de la sala, recogiendo sus papeles con una lentitud deliberada que le permitía asegurarse de que Cristina y su abogado ya se habían marchado antes de cruzar ella misma el pasillo.
No quería arriesgarse a otro encuentro como el de antes, no esa misma tarde, no con la fragilidad que todavía sentía bajo la superficie controlada que había conseguido reconstruir.
Caminó hacia el aparcamiento pensando que, de las dos mujeres que se habían cruzado esa mañana en aquel pasillo, ninguna de las dos sabía todavía cuál de ellas iba a tener que rendir cuentas primero, ni cuál de las dos iba a tener menos tiempo del que creía para prepararse para ese momento, ni cuál de las dos, llegado el caso, encontraría a alguien dispuesto a escucharla sin juzgarla primero.